El Cántico del hermano sol

Francisco era profundo creyente, pero era también gran sentidor y fino poeta. Se sincronizan en él la vivencia religiosa y la expresión poética, como se manifiesta en el Cántico de las criaturas, canto exponencial y sapiencial de su visión cósmica y de su relación ecológica y religiosa con Dios creador y con los seres creados. El mundo interior del Pobrecillo sintonizaba con el mundo exterior y, de algún modo, lo simbolizaba, porque su propia estructura psíquica y espiritual gozaba de la intimidad y consanguinidad de los seres que componen el medio ambiente. Logró una síntesis difícilmente superada entre arqueología interior y ecología exterior.

Lo que demuestra que un sincero encuentro con la naturaleza presupone un clarificador encuentro con uno mismo. Y que el dinamismo de la propia intimidad exige la presencia del mundo real.

Francisco simpatizaba y sintonizaba con la naturaleza y todos sus seres no sólo por razones religiosas, sino también por su inclinación natural y por su simpatía instintiva y cordial. El "Loado seas mi Señor con todas las criaturas" es un grito festivo y celebrativo. El Creador y los seres creados se armonizan en el reconocimiento de alabanza. Ese reconocimiento agradecido se encuentra de forma clara y expresa en su Alabanzas al Dios altísimo, en el apasionado capítulo XXIII de la Regla no bulada, que es reiterado canto de alabanzas por las maravillas que ve, palpa y participa tanto del mundo sobrenatural como del natural. "Trata de imaginar al mismo universo que comienza a cantar y a hacer resonar su voz. No son ya simples voces humanas, sino planetas y soles que giran".

Este Cántico no es un texto improvisado, ya que es expresión poética de otros textos religiosos que aparecen repetidamente en sus diversos escritos. Es la expresión sublime y poética de su inspiración genial, hecha verso y musicalidad, pues se trata de un texto para ser declamado o cantado. En tono lírico-místico comienza el Cántico: "Altísimo, omnipotente, buen Señor: tuyas son las alabanzas, la gloria, el honor y toda bendición". El grito festivo de Francisco parte del Dios Altísimo, ya que Él es el origen y la fuente de todos los seres creados. No parte de abajo, sino de arriba. No parte de la evolución, sino de la creación. Pero desde un arriba que ilumina y clarifica lo de abajo. Para el autor de este Cántico, el arriba y el abajo tienen su arco arbotante en el Dios creador. Todo lo que desciende es gracia, y todo lo que asciende converge en su origen creador. Descendiendo del Altísimo, la mirada de Francisco se fija y se deleita en las criaturas que están en los cielos: el sol, la luna, las estrellas; la atmósfera con sus fenómenos: el viento, el aire, el nublado, la lluvia y todo tiempo (bueno y malo). Del cielo su atención baja a la tierra y a todo lo que contiene y embellece: agua, fuego, plantas, hierbas, flores y frutos, con sus propias cualidades y virtudes.

Es muy interesante el observar que Francisco no mira ni contempla en abstracto los seres cantados y admirados. No. Les da una calificación y significación. Es una persona que sabe descubrir lo específico de cada realidad natural. Por ello no podría ser un panteísta. Se llena de admiración y expresa su pasmo con adjetivos muy significativos para él.

Sus adjetivos verbales son como caricias de su espíritu hacia todos los seres cantados. Sólo los espíritus supremos son capaces de acariciar con su mirada y de cantar con la sonrisa. El sol es bello y radiante; la luna y las estrellas son claras, preciosas y bellas; el agua es útil y humilde, preciosa y casta; el fuego es bello y jocundo, robusto y fuerte; las flores son coloridas. El autor de este Cántico expresa su estado anímico ante los efectos psicológicos y espirituales que le produce el espectáculo maravilloso del universo. El universo entero es realidad y es lenguaje, es presencia y es símbolo, es materialidad y es significación. La primera realidad de esta secuencia de seres y de imágenes es la del señor hermano sol. De hecho, el Cántico de las criaturas se le suele llamar también el Cántico del hermano sol por la importancia que da a este astro. Es un cántico que brota desde la musicalidad interior y desde la luz que habitaban en su autor. El mundo lo llevamos dentro. De ahí la necesidad de internalizar la belleza de la naturaleza si pretendemos construir una ecología consistente, resistente y permanente.

Francisco de Asís era muy intuitivo y observador no sólo con las personas, sino también con las cosas y los seres de la naturaleza. Pero se trata de una intuición sentida y vivida.

Por ello, tal vez nos sorprendan ciertos adjetivos aplicados a las realidades cantadas. Valga, como ejemplo, la expresión: "Loado seas, mi Señor, por la hermana agua, la cual es muy útil, humilde, preciosa y casta". Que sea útil, es evidente. Que sea preciosa, estamos tomando conciencia en estos tiempos de profunda crisis de ella. Que sea casta, es decir, transparente (mientras no esté contaminada), salta a la vista. Pero, ¿por qué la llama humilde si ella ocupa casi tres cuartas partes del planeta, y con sus mares, océanos y grandes ríos es el símbolo de la inmensidad y de la grandeza?

Francisco transitaba mucho por caminos, valles, montañas y al lado de torrentes y de arroyos; y observó que el agua siempre desciende, nunca sube, hasta llegar al nivel más bajo, como es el del río y el del mar. Es decir, el agua descendiendo es el símbolo de la humildad. Francisco aprende las grandes enseñanzas de las cosas naturales y de todos los seres, que, además de su contenido específico y útil, son símbolos para los espíritus que quieren ver e interpretar el ser y el significar de cada realidad ambiental.

El universo vivido y cantado por Francisco está lleno de sentido y de misterio, donde las cosas no son simples cosas, sino, además, referencias y significado. Frente a la concepción mecanicista del mundo de muchos científicos, la visión franciscana ayudaría a una nueva cosmología, donde lo útil y la interpretación matemática no se opongan a la dimensión del misterio y de la referencia simbólica. En esta perspectiva, es muy aleccionador y significativo el testimonio del científico A. Einstein, para quien "el sentimiento religioso cósmico es la motivación más fuerte y más noble de la investigación científica".

La visión ecológica franciscana nos abre a ese estremecimiento del misterio, que se puede descubrir y sobrecogernos en la contemplación del universo. Ese sentimiento podrá servir de luz y de criterio para ofrecer nuevas perspectivas ambientales a los científicos, a los técnicos y a los poderes fácticos de la economía y del poder político en su concepción de la naturaleza y en sus relaciones mercantiles con los recursos naturales.