Como ya dije, en nuestra Fraternidad también hoy encontramos muchos
hermanos que continúan abrazando a los “leprosos” y
“excluidos” de nuestros días. Pero al mismo tiempo
sentimos también, el peso de los obstáculos, en nosotros
mismos y en nuestras fraternidades, que nos alejan de ellos. Algo o mucho
debe cambiar para poder vivir con más radicalidad la dimensión
profética de nuestra vida en favor de los pobres y excluidos. En
la Palabra de Dios y en nuestra legislación encontramos una nueva
llamada a unirnos a la misión de su Jesús y a su estilo
de realizarla, asumiendo proyectos más exigentes de solidaridad
con los excluidos.
1. La profecía es un elemento constitutivo de la Vida Consagrada
y de nuestra forma vitae. Considero que el despertar de la conciencia
sobre la dimensión profética de nuestra vida es un don
del Espíritu que hemos de acoger y al que debemos responder.
2. La opción preferencial por los excluidos y los “leprosos”
de nuestros días ha de considerarse como algo fundamental en
nuestra vida. Los pobres nos evangelizan y nos ayudan a descubrir el
rostro de Dios y a renovar nuestras fraternidades. La cercanía
a los grupos humanos considerados “sobrantes” en nuestras
sociedades sigue siendo una urgencia para todos los consagrados y principalmente
para nosotros Hermanos Menores.
3. Estoy plenamente convencido que la apertura a los excluidos va de
la mano de la apertura al Dios de Jesús, “lleno de clemencia
y rico en misericordia”. Dar prioridad al Señor en nuestras
vidas es condición para abrazar a los excluidos en clave evangélica
y franciscana.
4. Siento urgente la necesidad de formarnos y profundizar en una espiritualidad
integral, alimentada por una lectura contextualizada de la Palabra de
Dios, que nos renueve y nos capacite para cumplir nuestra misión
profética y crear fraternidades que sean signos del Reino, abiertas
a la acogida y a la solidaridad con los más pobres.
5. Veo necesario involucrarnos en el diálogo intercultural e
interreligioso, como opción por los excluidos. En este sentido
considero esencial la formación en dicho diálogo como
un elemento decisivo en la formación de la vida franciscana del
futuro.
6. Sin renunciar a las muchas y buenas obras asistenciales, necesarias
también en estos momentos, hemos de comprometernos más
en la promoción de una cultura en que se respete verdaderamente
la dignidad de los excluidos.
7. Es importante analizar y reflexionar sobre nuestra propia experiencia
de exclusión dentro de nuestras fraternidades, ya que ello nos
va a ayudar a no excluir a los demás ni en la iglesia ni en la
sociedad en general.
8. Necesitamos abrirnos a una mayor colaboración con los laicos
y con los otros miembros de la vida consagrada y muy particularmente
de la Familia franciscana.