La justicia de todos los días
El
Señor nos ha llamado a vivir según el Evangelio, no en solitario,
sino en una comunidad de hermanos. En ella encontramos el lugar
privilegiado de nuestro encuentro con Dios. No sólo queremos vivir
juntos, orientados hacia la misma meta y ayudándonos a alcanzarla,
sino que además nos volvemos los unos hacia los otros para amarnos
mutuamente, según el mandamiento del Señor.
Debemos considerarnos todos como hermanos, reverenciarnos mutuamente,
manifestarnos con simplicidad nuestras necesidades, prestarnos los
más humildes servicios, evitar las discusiones, las murmuraciones,
el enfado, los juicios negativos; en una palabras, debemos amarnos
de obra y no de palabra solamente, y eso con la ternura de una madre
para con sus hijos.
"Los hermanos, seguidores de san Francisco, están obligados
a llevar una vida radicalmente evangélica en espíritu de oración
y devoción y en comunión fraterna; a dar testimonio de penitencia
y minoridad; y, abrazando en la caridad a todos los hombres, anunciar
el Evangelio al mundo entero y a predicar con las obras la reconciliación,
la paz y la justicia (Constituciones generales, 1, 2). |