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Tema 4º: Desde la opción por la evangelización.

...mediante el anuncio explícito, acompañado de las obras, del Reino.

(Texto extraído del documento Llenar la tierra con el Evangelio de Cristo, del ex-ministro general Hermann Schalück).

INTRODUCCIÓN

Hallándonos en una nueva etapa de la historia, somos conscientes de que, para cumplir nuestra misión, debemos esforzarnos por conocer las situaciones concretas en las que vive el hombre actual y por abrirnos a la acción del Espíritu. Francisco de Asís insiste en que los hermanos anhelen, por encima de todo, «tener el Espíritu del Señor y su santa operación».

Anhelar tener el Espíritu de Señor comporta situarse ante la presencia de Dios y observar con atención las señales que El nos transmite aquí y ahora. Nuestra evangelización debe tener en cuenta los signos de los tiempos, sin olvidar nunca el momento y el lugar donde nos encontramos.
La etapa histórica que estamos viviendo presenta signos evidentes de transición. Y, como en todos los momentos de transición histórica, el ser humano experimenta una sensación de vacío, de falta de sentido y de normas, de incertidumbre y de crisis. Pero en el corazón del momento concreto que nos ha tocado vivir resuenan también, limpias, las llamadas del Espíritu. Nuestra hora es la «hora de Dios», un tiempo de gracia.

La experiencia, incluso mística, de fe, de encuentro con Dios y con Jesucristo, centro del designio amoroso del Padre, nos hace contemplar todas las «cosas» a la luz del Señor. La certeza de que la luz de Dios resplandece con toda su belleza en el rostro de Jesucristo no exime del deber permanente [de la Iglesia y, por tanto, de los hermanos menores] de escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, de manera adecuada a cada generación, pueda responder a los permanentes interrogantes de los hombres sobre el sentido de la vida presente y futura y sobre la relación mutua entre ambas.

1. BREVE DESCRIPCIÓN DE NUESTRA REALIDAD

El advenimiento de la «razón», con el iluminismo, y de la «producción», con la revolución industrial, en los siglos XVIII y XIX, son la clave de la visión con que la sociedad considera cada vez más al hombre y al mundo, tanto en Occidente como en Oriente. Rasgos que lo caracterizan:

  • Emergencia del individuo, «sujeto de sí y de la historia»: la persona ha proclamado su libertad frente a cualquier instancia exterior (religión, tradición, autoridad...), y se ha definido como individuo, rehusando todo cuanto pueda limitar su conciencia y su libertad de autodeterminación. Dotado de razón, libre y autónomo, se ha erigido en sujeto y dueño de su propio destino.
  • Un mundo plural y pluricéntrico: el mundo actual se caracteriza cada vez más por la «diferenciación». Aunque algunos «sistemas» se mundializan cada vez más ?por ejemplo, el sistema de «mercado»?, se advierte, no obstante, un proceso expansivo del pluralismo cultural. Incluso en sociedades que se caracterizaban hasta hace poco por una gran homogeneidad están apareciendo o reapareciendo particularismos étnicos, regionales, lingüísticos, etc. Asistimos a la fragmentación del universo cultural en una multitud de «espacios vitales» que algunos denominan «nuevas tribus».
  • Proceso de secularización: buscando liberarse de todo lazo externo y siguiendo un proceso de secularización que va afirmándose y propagándose cada vez más en todo el mundo, el hombre actual procura emanciparse de instancias que han regulado la vida humana a lo largo de milenios, como lo sobrenatural, las religiones, las tradiciones, los ritos, etc.
  • Nuevo orden internacional: la evolución mundial de los últimos siglos ha sentado las bases de la llamada «mundialización» de las relaciones. Crece progresivamente la interdependencia, a todos los niveles, en una «implicación» cada vez más global. El ejemplo más claro de este fenómeno nos lo ofrece la economía, cuya fuerza e incidencia en los más diversos campos de la vida humana la ha convertido en guía y base del proceso de interdependencia actualmente en curso.
  • Crisis de la calidad de vida: viene dada por el desequilibrio de lo vital, y por las crisis afectiva y espiritual a que la persona se ve sometida. Con respecto a lo primero, la avidez por poseer, que induce a la instrumentalización de los recursos naturales, ha desembocado en la lógica de la «depredación» y generado un desarrollo insostenible. Respecto a lo segundo, el vacío afectivo y espiritual de la persona llega hasta tal punto que puede hablarse de una verdadera crisis afectivo?espiritual, causada por el desplazamiento a un segundo plano del ámbito afectivo y espiritual en aras de la prioridad concedida al proceso productivo.

2. NUESTRA ORDEN FRENTE A ESTOS RETOS SE PRESENTA COMO FRATERNIDAD EVANGELIZADORA

Desde nuestro carisma, que nos constituye en Fraternidad evangelizadora, indicamos ahora los puntos que deben estar presentes en nuestra actividad evangelizadora en el mundo de hoy. Propongo, en primer lugar, algunos imperativos que deben tenerse siempre en cuenta, puesto que brotan de nuestro carisma. A continuación enumero una serie de prioridades que merecen nuestro empeño, atención y cuidado, según las urgencias y necesidades de los diversos lugares y situaciones.

2.1. Algunos imperativos básicos que emergen como exigencias imprescindibles de nuestra actividad evangelizadora en el mundo de hoy son:

a) Testigos de Dios.

Como consagrados, una de nuestras características ha de ser la de captar la presencia de Dios, escucharlo, contemplarlo, testimoniarlo con nuestra vida y anunciarlo con la palabra. El futuro dependerá mucho de nuestra capacidad de testimoniar a Dios, presente en nuestro complejo mundo, traduciendo en la vida la experiencia que tenemos y adquirimos de Él en nuestro seguimiento de Jesucristo pobre, tras las huellas de Francisco de Asís. Situados en un mundo terrible y bello, hemos de vivir como hombres de Dios, «con el corazón vuelto al Señor».
Por eso, es importante crear en nuestro mundo lugares de experiencia de Dios y, a la vez, desenmascarar los «falsos dioses» de nuestra época. Es un compromiso profético?crítico. Y, para que sea verdaderamente eficaz, debemos por encima de todo anhelar «tener el Espíritu del Señor y su santa operación», condición necesaria para contemplar, en toda su profundidad, el misterio encerrado en el ser humano, en los acontecimientos, en la historia, en la naturaleza y en cuanto apunta al Dios viviente.

b) Vida en Fraternidad:

Siguiendo a Jesucristo en Fraternidad, éste es justamente el lugar desde donde nos insertamos en la historia y en la Iglesia. La Fraternidad ha sido la «gran novedad» que hemos procurado comprender y expresar cada vez mejor en los últimos decenios, superando toda lectura individualista de la vocación franciscana. El ser hermanos, viviendo en Fraternidad y desde la Fraternidad, nos lleva a cultivar nuestra forma de vida, dándole calidad y hondura. Somos hermanos, no simples compañeros; no vivimos en una pensión, sino que convivimos en una Fraternidad donde el constante aprender a ser hermanos menores es parte integrante de nuestra formación permanente.

Y esta Fraternidad la vivimos, como menores, en el corazón del mundo, compartiendo sus signos de vida y de muerte, sobre todo los de los más pobres. Esta inserción es perenne memoria de nuestra itinerancia y supone la superación de toda forma de «fraternidad de invernadero», encerrada en sí misma. Como Fraternidad estamos llamados a ser «evangelio vivo» y a llevar al corazón del mundo una mirada de fe, de esperanza y de amor, en la que los gestos concretos precedan a las palabras. De ese modo la Fraternidad será, por sí misma, testimonio y anuncio vivo y creíble del Evangelio.

c) Compromiso en defensa de la vida

Ante los muchos signos de muerte que tienden a sofocar y cercenar al hombre en su identidad profunda y en su integridad constitutiva, asumimos la defensa y la promoción de la vida. Descubrimos la presencia del pecado personal y social y las raíces antievangélicas que anidan en los sistemas y estructuras de muerte. Ante tales situaciones, nos sentimos llamados a una conversión personal y social continua y a empeñarnos en obtener los «cambios» necesarios y la «liberación» integral.

Sobre el ser humano y sobre la creación entera se abaten muchas violencias. La defensa de la vida empezará por el respeto a la dignidad de la persona humana y por la salvaguardia de la creación. Ahí se asienta el fundamento de todas las opciones posteriores. Sin ese respeto no existe auténtica promoción humana, ni verdadera liberación, ni opción por los pobres o salvaguardia de la creación. En él entrevemos la posibilidad de que el hombre y la creación se desarrollen según el plan de Dios.

2.2. Prioridades

Hablar de algunos objetivos como prioritarios no significa asumirlos sólo temporalmente ni excluir otros. Se indican como guías de la labor evangelizadora que, como hermanos menores, debemos realizar teniendo en cuenta la diversidad de lugares y de situaciones. Estas prioridades son:

a) La inculturación:

Entendiendo por cultura el modo peculiar como los hombres de un pueblo cultivan sus propias relaciones con la naturaleza, entre ellos y con Dios; y teniendo en cuenta que el reconocimiento del «otro» en su identidad propia, nos lleva a no reducirlo a nosotros ni a nuestros intereses, a nuestros sueños ni a nuestra cultura; entonces la evangelización no es ni puede entenderse nunca como trasplante de una cultura o de unos elementos culturales. Ningún modelo cultural puede aprisionar el Evangelio. Como afirma el Concilio Vaticano II, la Iglesia, «en virtud de su misión y su naturaleza, no está ligada a ninguna forma particular de cultura». Y Pablo VI escribe: «El Evangelio y, por consiguiente, la evangelización, no se identifican ciertamente con la cultura y son independientes respecto a todas las culturas».

Por eso es necesaria la inculturación. Ésta presupone, en primer lugar, que la labor evangelizadora prosiga la encarnación del anuncio de Jesucristo en la historia y en las diversas culturas. ¡Ese es el elemento central!

La inculturación es un imperativo para toda la Fraternidad evangelizadora, en su seguimiento de Jesús. No es algo opcional o sectorial. Nuestra itinerancia evangélica comporta una solidaridad socio?cultural que debe manifestarse en una cercanía que reconoce y respeta la alteridad. Las relaciones han de cimentarse en la reciprocidad, el diálogo, el respeto, la escucha. Esta inculturación aceptará la alteridad y será fiel tanto a la identidad del mensaje evangélico como a la de las culturas concretas, armonizando con particular fecundidad la unidad de la fe y la diversidad de sus manifestaciones.

San Francisco de Asís con el lobo y las palomasb) Misión ad gentes:

Cuando hablamos de evangelización ad gentes pensamos sobre todo en el anuncio explícito de Jesucristo a los pueblos o grupos humanos que nunca han oído la alegre Noticia, el Evangelio de Jesucristo, o que han perdido su primitivo vigor. En tales casos, ayudamos en la construcción de la Iglesia particular hasta su sólida madurez.

Procuramos estar presentes siempre como Fraternidad misionera. El testimonio de la vida en Fraternidad es, en sí mismo, presencia evangelizadora.

Todos los hermanos deben cultivar con generosidad esta conciencia misionera como parte integrante del propio carisma. En efecto, Francisco, obediente a la palabra de Jesús: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio .a toda la creación», dice, también hoy, a toda la Orden: «Para esto os ha enviado (el Hijo de Dios) al mundo entero, para que de palabra y de obra deis testimonio de su voz y hagáis saber a todos que no hay otro omnipotente sino él».

c) Opción por los pobres

Nuestra evangelización se dirige, en primer lugar, a las personas y llega, a través de éstas, a los sistemas y a las estructuras. Lo importante son los seres humanos que viven en una sociedad y en una cultura concretas. Así pues, evangelizamos al trabajador, no ?directamente? el trabajo; evangelizamos a los pueblos, no sus sistemas de gobierno; son evangelizados los hermanos menores, en su Fraternidad, no la institución Provincia o la institución Orden.

Así, el tema del pobre brota de personas reales, aunque sumidas en relaciones y sistemas que causan o reflejan situaciones inhumanas. La solidaridad, que nos exige respetar al otro en su identidad y en sus diferencias respecto a nosotros, nos impele a compartir la condición del otro en los pobres.

Siguiendo a Jesús, pobre, humilde y huésped, adoptamos «la vida y condición de los pequeños de la sociedad, morando siempre entre ellos como menores», conduciéndonos de tal manera que «nadie se sienta distanciado (de nosotros), sobre todo los que de ordinario se encuentran más desprovistos de cuidados sociales y espirituales». Se trata, ciertamente, de compartir su vida y de vivir «en este mundo como promotores de la justicia y como heraldos y artífices de la paz», defendiendo «los derechos de los oprimidos»; «plenamente persuadidos de la importancia y gravedad de los problemas sociales», esforzándonos en que «los derechos y la dignidad humana de todos se vean respetados y garantizados».

d) Justicia, paz y salvaguardia de la creación

También sentimos con fuerza el deber de colaborar activamente y de manera adecuada a cada situación, con la vida, con las obras y la palabra, en la promoción de la justicia y de la paz. Y otro tanto hay que afirmar respecto a la salvaguardia de la creación, que aparece hoy en día «herida de muerte».
Sin duda, Francisco es un testigo particularmente eficaz de la paz, la justicia y la salvaguardia de la creación, vividas como don de Dios en Cristo e irradiadas de modo convincente. En ese espíritu alimentamos una visión de fondo que subraya la relación fraterna de todos los seres de la creación. Bien conocido es el respeto de Francisco a todas las criaturas. Procuraba unirse a todos los seres creados para alabar con ellos al Creador. Y no lo hacía desde una visión genérica y abstracta de las cosas. Según él, todos los seres, animales y cosas, deben ser tratados con cortesía, respetando su individualidad, su idiosincrasia y su propio lugar en el concierto de la creación.

En un mundo crucificado por violencias, guerras, integrismos radicales, discordias y divisiones, sentimos la urgencia de la exhortación de Francisco a ser, cada vez más y en todas partes, artífices de paz e instrumentos de reconciliación, empezando por aquellos con quienes vivimos y a quienes servimos: la Fraternidad, la comunidad local y nacional. En permanente espíritu de discernimiento y guiados siempre por criterios evangélicos, procuramos colaborar con los movimientos locales y con los organismos nacionales e internacionales, promoviendo la paz entre todos los pueblos, las etnias, razas, culturas y religiones.

e) Actitud ecuménica y diálogo interreligioso

Hoy en día existe mayor conciencia de la necesidad y de la urgencia del diálogo ecuménico. Se han dado importantes pasos, que han conducido a la Iglesia a un diálogo ecuménico más franco y abierto. También esta revestido de esta urgencia el diálogo entre las religiones, lo que supone conocer la riqueza de cada una de ellas.

Francisco alienta a los hombres a una convergencia en la diversidad que es capaz de mantener viva la esperanza y abierto el camino que conduce a la comunión. Cuando la Santa Sede quiso recordar al mundo la urgencia del diálogo interreligioso, lo hizo indicando un lugar: Asís. ¿Por qué Asís? Exhortando a la Familia franciscana y a todos los católicos a encarnar y defender el «espíritu de Asís», Juan Pablo II explica el porqué de esta elección con las siguientes palabras: «Elegí esta ciudad de Asís como lugar para nuestra jornada de oración por la paz debido a lo que representa el Santo que aquí se venera, san Francisco, conocido y respetado por infinidad de personas en todo el mundo como un símbolo de paz, de reconciliación y de fraternidad».

La tradición franciscana nos invita también a prestar una particular atención al diálogo con nuestros hermanos musulmanes, especialmente en los lugares donde crece inquietantemente el fenómeno del fundamentalismo. La presencia silenciosa franciscana en estos países es signo de un camino de diálogo que queremos mantener siempre abierto.

CONCLUSIÓN

En nuestros días muchos se lamentan y se dejan llevar por el pesimismo. Pero quienes, con fe en el Señor de la historia, procuran acoger e interpretar los signos de muerte y los signos de resurrección, perciben que el momento de la historia que nos ha tocado vivir es una oportunidad, una ocasión propicia que entraña muchas riquezas y posee un inmenso deseo de realización y de plenitud. Es el tiempo de gracia que el Señor nos ha concedido vivir.

El horizonte es esperanzador y se traduce en una actitud de fe vivida en solidaridad. Solidarios en la esperanza, caminamos con confianza, entreviendo aquí y ahora signos de vida capaces de infundir ánimo y de responder con fecundidad a los nuevos tiempos y espacios. Nuestra forma de vida evangélica contiene el fundamento idóneo para convertir nuestras Fraternidades en células vivas, cuyo suelo fecundan la fe y la esperanza con una solidaridad sin fronteras.

Nuestra acción evangelizadora debe alimentarse de esta esperanza y solidaridad, a fin de ser fermento, sal y luz en el corazón de la humanidad, afrontando los desafíos y las urgencias del presente. Así podrá indicar caminos aptos para testimoniar y anunciar el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.


Para el diálogo:

  • - En cuanto miembro de un colegio franciscano, ¿te sientes llamado a ser misionero del Evangelio con tus alumnos? ¿Podrías aportar algunos signos de que esta tarea se está llevando a cabo en tu centro, tanto a nivel personal como colectivo?
  • - ¿Con qué dificultades te encuentras a la hora de ser educador-evangelizador?
  • - De las prioridades que se enumeran, ¿cuáles crees que son más urgentes a tener en cuenta en tu realidad social y en tu colegio? ¿apuntarías otras que ahí no aparecen y que consideras imprescindibles o al menos tan importantes como las que ahí aparecen?



ORACIONES A FRANCISCO Y A MARÍA

San Francisco, que recibiste los estigmas en La Verna,
el mundo tiene nostalgia de ti como icono de Jesús Crucificado.
Tiene necesidad de tu corazón abierto a Dios y al hombre,
de tus pies descalzos y heridos,
y de tus manos traspasadas e implorantes.
Tiene nostalgia de tu voz débil,
pero fuerte por el poder del Evangelio.
Ayuda, Francisco, a los hombres de hoy a reconocer
el mal del pecado y a buscar su purificación en la penitencia.
Ayúdalos a liberarse también de las estructuras del pecado
que oprimen a la sociedad actual.
Reaviva en la conciencia de los gobernantes
la urgencia de la paz en las naciones y entre los pueblos.
Infunde en los jóvenes tu lozanía de vida,
capaz de contrastar las insidias
de las múltiples culturas de muerte.
A los ofendidos por cualquier tipo de maldad
concédeles, Francisco, tu alegría de saber perdonar.
A todos los crucificados por el sufrimiento,
el hambre y la guerra, ábreles de nuevo
las puertas de la esperanza.
Amén.
(Juan Pablo II, «Plegaria a san Francisco», La Verna, 17-IX-1993).

María,
Madre de nuestro Hermano y Señor Jesucristo, pobre y crucificado,
Madre de nuestra Familia,
Madre de los pobres:
Escucha nuestra súplica confiada.
Muchos pueblos carecen de pan material y espiritual.
Muchas mentes y muchos corazones carecen del pan de la verdad y del amor.
Muchos hombres carecen del pan de la palabra y del pan del Señor.
Arranca del corazón humano el egoísmo que empobrece.
Que los pueblos del mundo entero acojan la Luz verdadera
y caminen por sendas de Paz y de Justicia
en el respeto mutuo
y la solidaridad injertada en la humanidad de nuestro Dios.
Señor de la Porciúncula:
Ilumina nuestra esperanza,
purifica nuestros corazones,
acompáñanos, en los caminos de la evangelización,
hacia un mundo cada vez más justo
y más libre para todos.
Amén. Roma,
(Oración conclusiva del documento Llenar la tierra con el Evangelio de Cristo)