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Tema 2: Desde la opción por los pobres.
Haciendo experiencia de Dios...
1. Una llamada del Señor
El Señor condujo a Francisco entre los leprosos (cf. Test 2).
La opción evangélica en favor de los pobres sigue siendo
aún hoy, y lo seguirá siendo siempre, una obra y una llamada
del Señor. A esta llamada se responde libremente como una consecuencia,
un elemento constitutivo de la vocación recibida del Señor;
y esta misma respuesta, dada con disponibilidad y alegría, es ya
fruto del Espíritu del mismo Señor. Queda claro pues, que
la opción por los pobres en Francisco no fue fruto del resentimiento,
de la lucha política o de una protesta por una igualdad de clases
sociales.
La opción preferencial por los pobres sigue decididamente el ejemplo
de Cristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por amor de los hombres
(cf. 2 Cor 8, 9). Su finalidad no es otra que la construcción del
Reino de Dios en la paz y la justicia. En el seguimiento de las huellas
de Cristo encontramos, pues, el fundamento de «la opción
por los pobres» que libera del espíritu partidista, cualquiera
que sea, que necesariamente se encuentra en las opciones políticas
e ideológicas. Este fundamento desde Cristo da un colorido particular
al amor con que Dios se puso de parte de los pobres (cf. Lc 4, 18) y al
infatigable compromiso de todo aquel que se pone de parte de los mismos,
que no se deja vencer fácilmente porque cuenta con el soplo de
la esperanza cristiana.
2. De la palabra a los actos
Esta opción preferencial por los pobres exige un gran «discernimiento
de espíritu» (cf. 1 Cor 12, 10): el estudio, el intercambio
de opiniones y la oración son igualmente necesarios. Pero, cuando
el Señor llama a un hermano, a toda una comunidad, o a un grupo
de personas, el seguimiento de Cristo debe revestir entonces formas concretas,
aunque sean modestas, de modo que se vea con claridad que se le da más
peso a la vida que a las palabras (a menudo tan numerosas).
Esta acción concreta ilumina el sentido de las palabras: la opción
preferencial por los pobres está al servicio de los pobres, no
de la pobreza. Porque la pobreza es una noción abstracta, de la
que se puede discutir interminablemente. Los pobres, en cambio, son concretos;
tienen un nombre y un rostro, un origen y un destino en el espacio y en
el tiempo, como nosotros. Ellos son nuestros vecinos y coinquilinos, pero
¿están nuestros ojos en condiciones de reconocerlos (cf.
Lc 24, 16)?

Tabla que representa a San Francisco
de Asís
y varias escenas de su vida
3. En fraternidad
Para las hermanas y hermanos menores, y para todos aquellos que se aproximan
al carisma franciscano, los seres humanos nunca son objetos a los que
uno se acerca armado de teorías o estrategias. La opción
preferencial por los pobres no es una actitud de funcionario, ni una teoría
política, ni una pastoral de asistencia social. Se trata más
bien de “estar con”, de escuchar imparcialmente, sin juicios
ni soluciones prefabricadas, de otorgar una atención afectuosa
y fraterna que reconoce en todo ser humano a un hermano, a una hermana
de Jesús.
4. Cambio de “lugar social”
«Ir hacia» significa «dejar algo». Quien propone
soluciones para los demás, permanece tranquilamente donde está,
mientras que quien pasa al lado de los pobres y hace de ello su programa
de vida, crea una relación nueva con los pobres. Lejos de endurecerse,
está siempre pronto para una nueva misión. Jesús
mismo sigue siendo el punto de referencia: Él es el Camino (cf.
Jn 14, 6). ¿Acaso no estuvo Él siempre en camino a la búsqueda
de la voluntad del Padre, en medio de los hombres que buscan dignidad
y derechos, paz y curación ?interior y exterior?, en medio de los
hombres en búsqueda de salvación? Este constante cambio
de «lugar social» se asemeja a una búsqueda incansable
y a un hacerse cargo de la misión de salvación de Jesús,
misión que fundamenta toda fraternidad y toda comunidad.
5.- Como “menores”…
Subsiste siempre la tentación de que el hermano menor o el simpatizante
del carisma franciscano se transformar en «líder» de
los pobres, y no en un pobre entre los pobres. Para evitar esta eventualidad
es necesaria una constante toma de conciencia de la minoridad, y un arraigamiento
profundo en la misma, que encuentra también en Cristo su fundamento
último (cf. FIp 2, 8). ¿Tenemos conciencia de que identificarse
con ser menor puede llegar a ser una experiencia dolorosa que ponga a
la persona en situación de “minoridad” frente a una
mayoría? El seguimiento de Cristo, en general, así como
la opción preferencial por los pobres, en particular, no es, humanamente
hablando, ni plausible ni accesible para la mayoría. ¿Quién
está dispuesto a hacer una experiencia de escasa o nula relevancia
en la sociedad de hoy, incluso en nuestra Iglesia? ¿Quién
está dispuesto a sobrellevar el desprecio y el sufrimiento que
se deriva de la práctica de actitudes que priorizan la minoridad,
la opción por los pobres? ¿Quién está dispuesto
a aceptar el sufrimiento que nace de la lucha entre el sufrimiento infligido
a los hermanos humanos por otros hermanos humanos?
La desigualdad, la injusticia, la opresión unido a sus causas,
desafían hoy en día de manera apremiante a la persona que
se identifica con lo franciscano, pero no únicamente a ellos, sino
a todo creyente, incluso a toda persona. Tomarse en serio esta problemática
es tomarse en serio la propia vida.
6.- Un estilo franciscano
De cuanto hemos dicho emerge la necesidad de acentuar cuanto hizo Francisco,
el «hermano de todos los hombres», e incluso de todas las
«religiones». Este estilo se caracteriza por:
? el respeto y la consideración positiva de los demás;
? el rechazo absoluto de la fuerza y de cualquier forma de poder y de
dominio ante los hombres, las religiones y las culturas;
? la prontitud en superar cualquier prejuicio de clase y de raza, con
la conciencia de que todos los seres humanos son hermanas y hermanos;
? el reconocimiento del valor de los «pequeños» pasos;
? la disponibilidad para dar el primer paso.
7. Una misión compartida por todos
Es importante recordar que la opción preferencial por los pobres,
al igual que el seguimiento de Cristo, no puede ser solamente una llamada
individual o un hecho de algunos privilegiados investidos de una gracia
especial. La invitación a la conversión concierne a todos
aquellos que se hallan inmersos en un mismo proyecto, sea de vida, sea
educativo, sea social, sea del tipo que sea. Debido al fundamento cristológico
que le es propio, este estilo de vida no puede considerar si resulta prescindible
o no este elemento de la opción preferencial por los pobres, como
el que tiene ante sí varios menús. Precisamente porque en
los pobres nos hallamos con el rostro más palpable y concreto de
Cristo, hemos de considerarlos como auténticos “sacramentos
de Dios”. A partir de ahí, nuestra vida entrará en
crisis: una crisis que cuestiona nuestras opciones, que hace salir al
misionero de sí mismo, que le lleva a convertirse en buen samaritano,
con el riesgo de que también pueda ocupar el lugar del apaleado.
A pesar de ese riesgo, la opción por los pobres no es susceptible
de ser elegida: es constitutiva al ser y a la vocación de todo
franciscano y franciscana, y por ende, a todo aquel que de una manera
u otra entra a formar parte de esta gran familia.
Por tanto, la opción por los pobres no debemos considerarla como
una obra aislada o dirigida contra algo o contra otra tendencia, sino
más bien como la obra del Espíritu Santo que crea cosas
nuevas en todos los ámbitos de la vida. Además, esta forma
visible de opción preferencial por los pobres es considerada en
la misma legislación actual de la Orden de Hermanos Menores como
consecuencia viva e inmediata del Evangelio más que como ley: la
llamada a la conversión concierne a cada uno en su propio corazón,
pero quiere también transformar nuestras estructuras y comportamientos,
nuestras relaciones, nuestras implantaciones y nuestros proyectos.
8. CONCLUSIÓN
Con mucha frecuencia los primeros pasos son muy modestos, pero conviene
que sea así para todo aquel que cabalmente opte por un estilo de
vida en «minoridad». Sin embargo, nunca habría que
dejar de volver a ponerse en camino en el seguimiento de Cristo, de una
manera cada vez más comprometida, a veces dolorosa, pero siempre
solidaria y gozosa. Ese es el sentido profundo de la opción preferencial
por los pobres. Nunca deberíamos dejar de recomenzar, sin pensar
en detenernos en el camino.
ALGUNAS CUESTIONES PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL Y EN GRUPO:
- ¿Tiene sentido optar por los pobres hoy en día cuando
las estadísticas no hacen más que arrojar datos en la línea
de un crecimiento numérico de este grupo de personas? ¿Por
qué?
- En mi vida cotidiana, ¿qué cabida tienen aquellas personas
que son más marginadas, que cuentan con menos recursos, que me
piden auxilio o limosna por la calle, que se sienten violadas en su dignidad
como personas?
- Partiendo de nuestra realidad, de nuestros alumnos, ¿crees
posible el sueño de globalizar la solidaridad?
- La opción por los pobres no excluye tratar a los “ricos”.
Desde lo expuesto, ¿qué postura habría que tomar
hacia ellos?
- ¿Qué recursos se te ocurre que se podrían emplear
para sensibilizar a nuestros alumnos en la realidades de marginación?
Y esa sensibilización, ¿a qué concreciones se podría
ver sometida?
TEXTOS PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL:
De la biografía de San Francisco, según la Vida Primera
de Tomás de Celano, primer biógrafo del santo (nº 17):
Después, el santo enamorado de la perfecta humildad se fue a
donde los leprosos; vivía con ellos y servía a todos por
Dios con extremada delicadeza: lavaba sus cuerpos infectos y curaba sus
úlceras purulentas, según él mismo lo refiere en
el testamento: “Como estaba en pecado, me parecía muy amargo
ver leprosos; pero el Señor me condujo en medio de ellos y practiqué
con ellos la misericordia”. En efecto, tan repugnante le había
sido la visión de los leprosos, como él decía, que
en sus años de vanidades, al divisar de lejos, a unas dos millas,
sus casetas, se tapaba la nariz con las manos.
Mas una vez que, por gracia y virtud del Altísimo, comenzó
a tener santos y provechosos pensamientos, mientras aún permanecía
en el siglo, se topó cierto día con un leproso, y, superándose
a sí mismo, se llegó a él y le dio un beso. Desde
este momento comenzó a tenerse más y más en menos,
hasta que, por la misericordia del Redentor, consiguió la total
victoria sobre sí mismo.
También favorecía, aun viviendo en el siglo y siguiendo
sus máximas, a otros necesitados, alargándoles, a los que
nada tenían, su mano generosa, y a los afligidos, el afecto de
su corazón. Pero en cierta ocasión le sucedió, contra
su modo habitual de ser -porque era en extremo cortés-, que despidió
de malas formas a un pobre que le pedía limosna; en seguida, arrepentido,
comenzó a recriminarse dentro de sí, diciendo que negar
lo que se pide a quien pide en nombre de tan gran Rey, es digno de todo
vituperio y de todo deshonor. Entonces tomó la determinación
de no negar, en cuanto pudiese, nada a nadie que le pidiese en nombre
de Dios.
De la biografía de San Francisco, según la Vida Primera
de Tomás de Celano, primer biógrafo del santo (nº 76):
El padre de los pobres, el pobrecillo Francisco, identificado con todos
los pobres, no se sentía tranquilo si veía otro más
pobre que él, no era por deseo de vanagloria, sino por afecto de
verdadera compasión. Y si es verdad que estaba contento con una
túnica extremadamente mísera y áspera, con todo,
muchas veces deseaba dividirla con otro pobre.
Movido de un gran afecto de piedad y queriendo este pobre riquísimo
socorrer de alguna manera a los pobres, en las épocas más
frías solicitaba de los ricos del mundo que le dieran capas y pellicos.
Como éstos lo hicieran devotamente y más a gusto de lo que
él pedía de ellos, el bienaventurado Padre les decía:
“Os lo recibo con esta condición: que no esperéis
verlo más en vuestras manos”. Y al primer pobre que encontraba
en el camino lo vestía, gozoso y contento, con lo que había
recibido.
No podía sufrir que algún pobre fuese despreciado, ni
tampoco oír palabras de maldición contra las criaturas.
Ocurrió en cierta ocasión que un hermano ofendió
a un pobre que pedía limosna, diciéndole estas palabras
injuriosas: “¡Ojo, que no seas un rico y te hagas pasar por
pobre!” Habiéndolo oído el padre de los pobres, San
Francisco, se dolió profundamente, y le mandó que se desnudase
delante del pobre y, besándole los pies, le pidiera perdón.
Pues solía decir: “Quien dice mal de un pobre, ofende a Cristo,
de quien lleva la enseña de nobleza y que se hizo pobre por nosotros
en este mundo”.
De las Constituciones Generales de la Orden de Hermanos Menores
Art. 97 “A ejemplo de San Francisco, a quien Dios condujo entre
los leprosos, todos y cada uno de los hermanos opten en favor de los “marginados”,
de los pobres y oprimidos, de los afligidos y enfermos, y, gozosos de
convivir entre ellos, trátenlos con misericordia”.
“En comunión fraterna con todos los menores de la tierra
y observando los acontecimientos actuales desde la condición de
los pobres, afánense los hermanos porque los pobres mismos tomen
mayor conciencia de su propia dignidad humana y la protejan y acrecienten”.
Art. 8. 2: “Los hermanos, recordando que la altísima pobreza
trae su origen de Cristo y de su pobrecilla Madre, y teniendo presentes
las palabras del Evangelio: “Anda, vende todo lo que tienes y repártelo
a los pobres”, esfuércense por compartir la suerte de los
pobres”.
Art. 87.3 : A fin de que la Iglesia aparezca siempre y cada vez más
como sacramento de salvación de nuestro tiempo, establezcan los
hermanos fraternidades en ámbitos de gente pobre y en núcleos
secularizados, considerándolas como elementos privilegiados de
evangelización”.
Del documento: “Llenar la Tierra con el Evangelio de Cristo”,
de Hermann Schalück, ex-ministro general de la Orden de Hermanos
Menores
Sentimos que el Evangelio nos desafía a revisar nuestra vida
de pobreza, nuestras opciones de vida, tanto personales como de Fraternidad.
Nos reta a revisar la historia y la realidad a partir de los pobres, asumiendo
y dando prioridad a sus necesidades vitales. Nos invita a vivir con lo
estrictamente necesario, en espíritu de condivisión, solidaridad
y fraternidad. Nos llama a oponernos a toda forma de injusticia y a tomar
conciencia de los sistemas de exclusión engendrados por el actual
orden internacional que, siguiendo su propia lógica, sacrifica
vidas humanas.
El grito de los pobres reclama con insistencia profetas y evangelizadores
que tengan el valor de estar a su lado, fecundando sus luchas y sus organizaciones
con la visión de la fe y con la experiencia de Dios, e identificando
con claridad cuáles son las situaciones y las raíces del
“pecado social”. Urge que seamos profetas y evangelizadores
capaes de armonizar fe y vida, haciendo de la opción evangélica
por los pobres una realidad vida y constitutiva de nuestra forma de existencia
evangélica y, consiguientemente, de nuestra misión evangelizadora.
En la medida en que vivamos nuestro carisma, sobrará crear nuevas
teologías o especulaciones para hacer una opción por los
pobres: para optar por los pobres basta con vivir “nuestra minoridad,
nuestra pobreza evangélica y nuestra identidad franciscana”.
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