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Tema 6º: Un proyecto eclesial: el Pueblo
de Dios.
…y al servicio del Reino de Dios.
1. Introducción
En un estudio de la espiritualidad franciscana de hace algunos años,
B. Duclos hace una serie de interrogantes entre los cuales uno suena así:
"¿Qué iglesia es ésta en la que Francisco confió? Un interrogante que
puede hacer pensar. ¿Cómo ha sido la vivencia eclesial de Francisco?:
¿posibilitadora, un freno, una decepción?
Lo que sí queda claro, como punto de partida, es que para Francisco
la vida en la Iglesia es algo incuestionable y necesario. Su prescripción
"sean católicos"(1R 19, 1; 2R 2, 2-3) es tan innegociable como la de "que
vendan los bienes" (2R 2,5). En el momento histórico en el que vive Francisco
la herejía cátara envuelve su radicalismo teórico en una feroz crítica
a la institución eclesial. Francisco ha tenido siempre claro que ese no
era su camino, hasta el punto de no considerar hermano a quien ande por
caminos extraños a la estructura eclesial (CtaO 44). El "firmes en la
fe católica" de Col 1,23 fue un ideal práctico, tanto para Francisco como
para Clara.
Francisco fue resolviendo su vivencia eclesial en lo concreto de su
relación con personas y situaciones. De su acogida a los diversos papas
que conoció, no queda duda: Inocencio III, les permitió comenzar el camino
evangélico; Honorio III, le aprobó la regla; Juan de san Pablo, le ayudó
en su primera entrevista con el Papa, etc.
Francisco cree necesitar de la organización eclesial para el cultivo de
su fe. La necesita para que la eucaristía tenga sentido, para que se le
dé el perdón y con él la certeza de que Dios va acogiendo su vida, para
que la fraternidad, ministerio de la iglesia cercana, adquiera toda su
dimensión espiritual, de modo que andar en la senda de la iglesia es tener
garantía de que se anda tras los pasos de Jesús.
Francisco, quizá sin ser consciente de ello, fue profecía de una iglesia
nueva. Al amparo del pensamiento de Francisco, no sólo se ha vivido la
fe en la Iglesia con una fidelidad básica, sino que incluso se ha abierto
un espacio para tratar de vivir lo cristiano en modos plurales y diversos,
verdadero favor de la profecía franciscana dentro de la Iglesia.
Iglesia que ha ido pasando del triunfalismo viejo a la humildad, de
la humildad a una cierta esperanza en tiempos del Vaticano II, de la esperanza
a la sinceridad en los primeros tiempos del posconcilio, de la sinceridad
a un grado de desconocimiento al hacer frente a la modernidad, del desconcierto
al desánimo en una época de secularización aguda de la sociedad, del desánimo
a la pasividad de la posmodernidad, de la pasividad a la vieja nostalgia
que rebrota o a la búsqueda humilde pero tenaz que también brota. Lo que
sí es cierto es que vivir la fe en ámbitos europeos, tan a la defensiva,
no es fácil.
Se pueden presentar dos correctivos que ayuden a activar el ser cristiano
de la Iglesia: el descubrimiento de la Iglesia cercana y la irrenunciable
pluralidad. Acostumbrados a entender, sentir y vivir el tema de la Iglesia
en coordenadas mundiales, quizá hoy el creyente necesite descubrir el
valor de la Iglesia cercana, la sensación de que la fe revierte, se trasvasa,
se construye en los pequeños ámbitos de lo diario. Pueden surgir aquí
muchos valores ocultos, colaboraciones útiles y compromisos eficaces.
Esto, claro está, va indisolublemente unido a la conciencia de pluralidad
en el cuerpo eclesial. No revive, organiza, se ofrece la fe en modos únicos.
Despojarse de la uniformidad que envuelve a muchos sectores de la realidad
eclesial será tarea a realizar con notable esfuerzo. Pero los resultados
serían positivos
2. Iglesia y religiosidad
La perspectiva que inmediatamente parece imponerse a quien en la sociedad
se interroga sobre la realidad de la Iglesia es la indiferencia: es una
indiferencia masiva, producida no por ideas sino, sobre todo, por cambios
sociales y culturales que hacen difícil el vivir como creyente. Comienza
con el abandono en la práctica religiosa; sigue el deterioro en torno
a ciertos valores para terminar en una evidente desafección a lo religioso.
Esta indiferencia, situada en una época postristiana, hace que, para los
jóvenes, ésta no sea un término de llegada sino un punto de partida.
Nadie duda que Francisco fue una persona fuertemente religiosa. Su marco
social y su trayectoria creyente hablan expresamente. Él mezcló profundamente
fe y religión. Por eso sus formas religiosas se han situado en el marco
de lo eclesial: la eucaristía se aprende en la Iglesia, la Palabra se
relee y se ora en la Iglesia, la reconciliación se hace en el seno de
la Iglesia. Una recia espiritualidad para una recia fe.
En estos momentos de religiosidad a veces sin control, al franciscano
se le pide evitar, a todo precio, comportamientos religiosos que se hallen
vacíos de experiencia creyente. Siendo totalmente respetuosos con cualquier
movimiento religioso, el franciscano pone esa nota de fraterno contraste
que quiere mantener la vieja certeza de que es mucho más importante llegar
a experiencias vivas de fe que a liturgias, del tipo que sean, que no
llevan dentro la pregunta sobre Dios y que no mueven a tomar postura concreta
a favor del hermano.
Dentro, sobre todo, de la comunidad eclesial, el franciscano está llamado
a no colaborar en formas excesivas de religiosidad que rehuyen la reflexión
crítica, tan necesaria para vivir con certeza la fe cristiana; trata de
hacer unidad entre los movimientos de religiosidad popular tradicionales
y las orientaciones eclesiales que dimanan del Vaticano II; despoja cuanto
puede a las formas religiosas de toda utilidad, lucro económico o prestigio
social para que el valor de profecía cristiana no sufra merma.
Puesto que al franciscano se le dice que la identidad religiosa del
futuro pasará por el diálogo interreligioso, tiene que hacer un esfuerzo
por acercarse de forma práctica a las diversas religiones de su entorno,
para lo que tendrá que salir de modos cerrados de vivir la fe y valorar
los aspectos positivos de otros modos de sentir a Dios. Además, y no tanto
para defenderse del "enemigo" sino para aportar más al hecho hermoso de
la experiencia de Dios, el franciscano tendrá que aprender a darse una
explicación coherente con su fe en Jesucristo en los modos de la Iglesia
Católica. Lo que quiere decir que ya no servirá recurrir a fórmulas dogmáticas
preestablecidas, sino ante todo, habrá que buscar las raíces de la fraternidad
cristiana y acumular experiencias de comunión que hagan valorar el don
de su fe vivida en una iglesia concreta y, desde ahí, las experiencias
creyentes ajenas.
Es, quizá, el franciscano joven a quien más directamente se dirige la
problemática de la religiosidad de hoy. Y ello en tres direcciones: por
un lado tal vez se le esté pidiendo vivir una religiosidad moderada y
gozosa, huyendo tanto de excesos extraños como de carencias a la moda;
además se le exige un esfuerzo a nivel de formación cristiana, pues los
modos de religiosidad heredada difícilmente soportan el embate de lo secular
sin una formación sólida en cuestiones de fe; finalmente el joven franciscano
utilizará correctamente la fuerza de la religiosidad si logra adquirir
una buena experiencia de fe, si logra dar cuerpo a su proceso cristiano,
pasando por las diversas etapas de la catequesis hasta lograr dar con
un estilo de vida cristiana inserto en la comunidad eclesial de modo estable.
Los caminos del misterio se trasforman en caminos de fe.
3. Iglesia y seguimiento
Dicen los teóricos que ha sonando para la Iglesia la hora del seguimiento.
En rigor, nunca ha dejado de sonar, desde la primera hora evangélica,
porque la comunidad cristiana sin seguimiento es pura esterilidad. Pero
las condiciones seculares de la sociedad de hoy, la deserción del ámbito
eclesial de colectivos sociales vivos, la crisis en que se mueven las
estructuras religiosas, hacen más necesario que nunca el cultivo del seguimiento
a Jesús. El seguimiento, y los supuestos gestos y valores históricos de
la fe, tendrían que ser signo de identidad y de futuro para los creyentes.
Porque por el seguimiento se sabe quien está verdaderamente del lado del
Evangelio. Y por él también puede tener la fe en un horizonte que la ayude
a superar cualquier situación difícil.
Los teólogos nos hacen ver que el seguimiento tiene rango "cristológico".
Eso quiere decir que, al hablar del seguimiento, no estamos hablando
de algo periférico a la vida cristiana. Estamos hablando de su mismo núcleo,
de aquello que, caso de no estar presente, lo cristiano queda cuestionado
en su misma esencia. Esto proviene de la misma realidad de Jesús: despojar
a Jesús de su ser seguidor del Padre, de su deseo salvífico, es hacer
irreconocible al Jesús de los evangelios. Lo que da una idea clara de
lo delicado y decisivo de la cuestión.
Para que el seguimiento sea equilibrado es preciso caer en la cuenta
de sus componentes. Precisamente porque el seguimiento ha podido ser una
teoría lírica pero inoperante, quizá por eso mismo abandonada, habrá que
decir que la estructura del seguimiento contiene un componente místico
y otro situacional. El primero apunta a las experiencias místicas de lo
cristiano: la mirada al Jesús del Mensaje, el trabajo orante, el sentido
de la comunidad de creyentes, el vivir una celebración como recuerdo vivo
de la gesta de Jesús, etc. Mientras que el situacional se refiere a la
inserción social, la colaboración ciudadana, la pregunta por el hoy, el
anhelo de la nueva sociedad, etc. Ambos elementos tendrían que ir lo más
correctamente equilibrados para que el componente místico no derive en
una alienación religiosa o el situacional no termine en modos desorientados
de andar por la vida.
4. Educando para la vida de fe en la Iglesia
Existe un dinamismo que atañe a todo proyecto educativo y subraya el
carácter de proceso, es decir, pone de manifiesto las diversas etapas
por las que se va logrando la maduración humana y cristiana de los jóvenes.
La consecuencia que trae este dinamismo para nuestros colegios no está
al margen de la institución escolar en sí misma: en la sociedad moderna,
la escuela es una institución "iniciadora" en el sentido antropológico
de la palabra: su objetivo es la formación de la identidad y la introducción
en la comunidad adulta. Cumpliendo con esta característica, se propone
a nuestros colegios, de manera especial, "formar la identidad cristiana"
de los que asisten a los mismos, desde una oferta de libre aceptación,
y conducirlos a la plena incorporación de la comunidad cristiana.
Nuestros colegios son, por lo tanto, lugares de iniciación cristiana,
donde se debe organizar un proyecto de pastoral de forma que se facilite
y potencie el proceso de iniciación. La pastoral en nuestros centros debe
asumir como eje conductor el estilo característico de dicha iniciación:
se organiza respetando y asumiendo todas las etapas de la evangelización
desde el desinterés o la increencia hasta llegar al seguimiento de Jesús
desde el interior de la comunidad cristiana.
En este proceso que los colegios pueden ofrecer, cobran especial importancia
los primeros momentos, que podríamos llamar de "preevangelización", donde
se intenta fomentar el interés y preparar al alumno a abrirse a la oferta
de la fe. Por eso debe emplear sus mejores esfuerzos en una buena pedagogía
a este respecto, para situar a la persona en camino, en un aprendizaje
constructivo mediante el cual pueda integrarse plenamente en la comunidad
cristiana.
La función iniciadora en nuestros colegios nos advierte al mismo tiempo
sobre la necesidad y la urgencia de formar la comunidad cristiana en el
seno de la escuela, pues sólo desde la comunidad y en la comunidad puede
nacer y crecer la fe cristiana. Nos referimos a la comunidad cristiana
que no confunde con la comunidad educativa, aunque esté integrada en ella
como fermento de la masa.
5. A modo de resumen
En la Iglesia hoy, el franciscano está llamado a vivir en referencia
a la Iglesia con aprecio y libertad. En aprecio porque se sigue viendo
la necesidad de la comunidad creyente en la historia para hacer viable
el proceso cristiano personal. Si algo es claro para el seguidor de Francisco
es que no tiene sentido una fe en la desconexión, en la ignorancia del
hermano creyente y menos en la disputa y el distanciamiento. Pero, por
otro lado, el franciscano no puede renunciar a vivir su fe en la mayor
libertad posible, en la flexibilidad más tolerante, sin cerrar ninguna
puerta, ninguna posibilidad. No es una simple táctica, sino la certeza
hecha camino diario de que el Espíritu sopla donde quiere (Jn 3, 8).
Al franciscano se le llama, a sí mismo, a hacerse presente en las estructuras
débiles de la comunidad eclesial. Es aquel "cargar con los achaques de
los endebles" de Rom 15, 1. Hoy la debilidad eclesial está en ámbitos
como ciertos modos de vida religiosa con difícil futuro, en el sector
juvenil que quizá encuentra pocos apoyos en los organismos eclesiales,
en la realidad de la mujer que no termina de encontrar su puesto en la
gestión eclesial, en los sectores sociales a los que no llega la cobertura
del Estado, en el mundo casi olvidado de sacerdotes y religiosos-as que
un día fueron hermanos y hoy, al secularizarse, pasan al olvido.
Es, sobre todo, el franciscano joven quien, quizá, ve menos la necesidad
de estructurar lo cristiano en el marco de la realidad eclesial. Los catecumenados
juveniles, serios y bien trabados, tendrían el peligro de construir un
proceso de fe, por ser tan peculiar, desligado de la realidad eclesial.
Además, no se vería como verdadero aliciente el que ese proceso terminara
en una inserción en un medio eclesial común, parroquia o similar. Sin
pretender formar para la estructura, habría que ver la aportación que
un grupo de adultos puede aportar a la maduración del joven y como la
adultez de la fe puede tener dinamismos tan vivos como los de la época
juvenil, esto, claro está, requiere en la comunidad adulta una capacidad
notable de acogida y de apertura a dinamismos nuevos. El anquilosamiento
institucional pone en fuga a no pocos jóvenes creyentes.
El franciscano tendría que estar en la institución eclesial como la
intuición evangélica lo más activada posible. Para lo cual será necesario:
no formar parte excesiva del personal organizativo de la estructura eclesial,
aprendiendo a nadar un poco en los márgenes; ocuparse, lo más posible,
en actividades de periferia o en campos nuevos que se vayan abriendo;
no poner el acento de manera única en tradiciones y costumbres religiosas
heredadas, sino preguntarse cómo conjugar el Evangelio con las nuevas
búsquedas de la persona de hoy; fomentar de manera sensata la sorpresa,
lo imposible, lo inesperado, haciendo de contrapeso a quien desea tenerlo
todo atado y controlado; abrir caminos de intemperie y de desamparo social
allí donde lo cristiano no cuenta, con la finalidad de hacer un pequeña
siembra de humanidad y, con ella, una modesta siembra de fe. Si, como
lo creemos, a Francisco no se le cortaron las alas de la esperanza en
la iglesia de su tiempo, con más razón podemos esperar que no ocurra eso
al franciscano de hoy. ¿No está la comunidad de creyentes decididamente
del lado de la esperanza?
Cuestiones para el diálogo
1. ¿Es la Iglesia de hoy, tanto en sus estructuras como en su ser evangelizadora,
creadora de esperanza?
2. ¿Tienen nuestros jóvenes interés en vivir la fe?, ¿dentro de la estructura
eclesial?, ¿se les suscita este interés?, ¿en el colegio?
3. ¿Se dan buenas condiciones para vivir la fe dentro de la estructura
eclesial más cercana a nosotros?
4. ¿Qué valores o qué aspectos cuestionables tiene la religiosidad que
vive el creyente en nuestros ambientes?
TEXTOS PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL
Y EN GRUPO:
1. "CUEVA DE LADRONES" (CARLO CARRETO, He buscado y he encontrado, Ed.
Paulinas, 3ª Ed., Madrid 1983).
¡CUÁN CONTESTABLE me resultas, oh Iglesia, y, sin embargo, cuánto te
amo!
¡Cuánto me has hecho sufrir, y, sin embargo, cuánto te debo!
Querría verte destruida, y, sin embargo, necesito tu presencia.
Me has proporcionado tantos escándalos y, sin embargo, me has hecho entender
la santidad.
Nada he visto en el mundo más oscurantista, más comprometido ni más falso,
ni he tocado nada más puro, más generoso y bello. Cuántas veces he tenido
deseos de darte en los morros con la puerta de mi alma, y cuántas veces
he suplicado poder morir entre tus brazos seguros.
No, no puedo liberarme de ti, porque soy tú, aunque no por completo.
Además, ¿dónde iría?
¿A construir otra?
Pero no podría construirla sin los mismos defectos, porque llevo dentro
los míos. Y si la construyera, sería mi Iglesia, no la de Cristo.
Soy lo bastante viejo para comprender que no soy mejor que los demás.
El otro día un amigo mío escribió una carta a un periódico: "Dejo la Iglesia,
porque, con su comprensión para con los ricos, no se la puede creer".
¡Me da pena!
O es un sentimental que no tiene experiencia, y le excuso; o es un orgulloso,
que cree ser mejor que los demás, más digno de crédito que los otros.
Ninguno de nosotros es digno de crédito mientras está en la tierra.
San Francisco gritaba: "Tú me crees santo, y no sabes que puedo tener
aún hijos con una prostituta, si Cristo no me sostiene".
La credibilidad no es propia de los hombres; es sólo propia de Dios y
de Cristo.
Lo propio de los hombres es la debilidad o, al máximo, la buena voluntad
de hacer algo bueno con la ayuda de la gracia, que brota de las venas
invisibles de la Iglesia visible.
¿Es que la Iglesia de ayer fue mejor que la de hoy? Por ventura, ¿era
más digna de crédito la Iglesia de Jerusalén que la de Roma?
Cuando Pablo llegó a Jerusalén llevando en el corazón su sed de universalidad
en alas del viento de su poderoso aliento carismático, ¿tal vez los discursos
de Santiago sobre la circuncisión o la debilidad de Pedro, que se entretenía
con los ricos de entonces (los hijos de Abrahán) y que daba el escándalo
de comer sólo con los puros, pudieron ocasionarle dudas sobre la veracidad
de la Iglesia que Cristo acababa de fundar e inducirle a fundar otra en
Antioquía o en Tarso?
¿Acaso a santa Catalina de Siena, viendo que el Papa hacía _¡y cómo lo
hacía!_ una sucia política contra su ciudad, la ciudad de su corazón,
podía venirle a la cabeza la idea de irse a las colinas de Siena, transparentes
como el cielo, y hacer otra Iglesia más transparente que la de Roma, tan
viscosa, llena de pecados y politicante?
No, no lo creo; porque tanto Pablo como Catalina sabían distinguir entre
las personas que forman la Iglesia, "el personal de la Iglesia" _diría
Maritain_, y esta sociedad humana llamada Iglesia que, a diferencia de
todas las colectividades humanas, "ha recibido de Dios una personalidad
sobrenatural, santa, inmaculada, pura, indefectible, infalible, amada
como una esposa por Cristo y digna de ser amada por mí como madre dulcísima".
Aquí está el misterio de la Iglesia de Cristo, verdadero e impenetrable
misterio.
Tiene el poder de darme la santidad, y está fabricada toda ella, desde
el primero hasta el último, de pecadores únicamente; ¡y de qué pecadores!
Tiene la fe omnipotente e invencible de renovar el misterio eucarístico,
y está formada de hombres que bracean en la oscuridad y que se debaten
todos los días con la tentación de perder la fe.
Es portadora de un mensaje de pura transparencia, y está encarnada en
una pasta sucia, como está sucio el mundo.
Habla de la dulzura del Maestro, de su no violencia, y a lo largo de la
historia ha enviado ejércitos enteros a destripar infieles y a torturar
heresiarcas.
Transmite un mensaje de evangélica pobreza, y no hace más que buscar dinero
y alianzas con los poderosos.
Basta leer el proceso hecho por la Inquisición a santa Juana de Arco para
convencernos de que Stalin no fue el primero que falsificó las cartas
y prostituyó a los jueces.
Basta pensar lo que se le hizo firmar al inocente Galileo, bajo amenaza,
para convencernos de que, aun siendo Iglesia, los hombres de la Iglesia,
el personal de la Iglesia, son malos hombres y personal sumamente ordinario,
capaz de cometer errores tan grandes como la trayectoria recorrida por
la tierra en torno al sol.
Es inútil querer buscar otra cosa en la Iglesia sino este misterio de
infalibilidad y de falibilidad, de santidad y de pecado, de debilidad
y de valor, de credibilidad y de no credibilidad.
Quienes sueñan con cosas diversas de esta realidad no hacen más que perder
el tiempo y comenzar siempre desde el principio. Y, además, demuestran
no haber entendido al hombre.
Porque el hombre es tal como nos lo presenta la Iglesia; con su maldad
y, al mismo tiempo, con su invencible coraje que la fe en Cristo le ha
dado y le hace vivir la caridad de Cristo.
Cuando era joven no entendía por qué Jesús, pese a la negación de Pedro,
quiso hacerle jefe, sucesor suyo y primer papa. Ahora ya no me sorprendo
y entiendo cada vez mejor que haber fundado la Iglesia sobre la tumba
de un traidor, de un hombre que se asusta ante la cháchara de una sirvienta,
era como una advertencia continua para mantener a cada uno de nosotros
en la humildad y en la conciencia de la propia fragilidad.
No, no salgo de esta Iglesia fundada sobre una piedra tan débil, porque
llegaría a fundar otra sobre una piedra todavía más débil, que soy yo.
Por otra parte, ¿qué importan las piedras? Lo que vale es la promesa de
Cristo y el cemento que une las piedras, que es el Espíritu Santo. Solamente
el Espíritu Santo es capaz de hacer la Iglesia con piedras mal talladas,
como somos nosotros.
Sólo el Espíritu Santo puede mantenernos unidos, pese a nosotros, pese
a la fuerza centrífuga que nos suministra nuestro orgullo sin límites.
Yo, cuando oigo protestar contra la Iglesia, me siento a gusto y lo tomo
como una meditación seria, profunda, que brota de una sed de bien y de
una visión clara y libre de las cosas.
"Tenemos que ser pobres..., evangélicos..., no hemos de creer en la alianza
con los poderosos, etcétera".
Pero al fin oigo que esta protesta se refiere a mi párroco, a mi obispo,
a mi papa, como personas; se refiere también a mí como persona, y me veo
en la misma barca, en la misma familia, consanguíneo de pecadores matriculados
y pecador yo mismo.
Entonces trato de protestar contra mí mismo y me doy cuenta de lo difícil
que es la conversión.
Porque podría darse, y se da, que mientras estoy en el salón tras un opíparo
banquete, discutiendo sobre los candentes problemas del colonialismo portugués
con los amigos, sociólogos refinados, yo olvide a mi mujer en la cocina
o a mi madre mientras lava completamente sola los platos usados en el
festín. ¿O es que tal vez el espíritu del colonialismo no está en el fondo
de nuestros corazones?
Porque puede suceder, y sucede, que en el mismo instante en que yo me
lanzo con furor contra los pecados cometidos por el orgullo racial de
los blancos sobre los negros, descubra que soy el tipo que siempre tiene
razón, que le dice a su padre que no entiende nada porque es un pobre
campesino y quema todos los días un poco de incienso ante ese ídolo que
ha tenido la suerte de ser un "director", un "jefe", un "empleado", un
"maestro" y, si es mujer, "un bonito cuerpo".
Entonces es cuando recuerdo la palabra de Jesús: "No juzguéis para que
no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados,
y con la medida con que midáis seréis medidos" (Mt 7,1-2).
No, no está mal protestar contra la Iglesia cuando se la ama; el mal está
en criticarla poniéndose fuera, como los puros. No, no está mal lanzarse
contra el pecado y las cosas feas que vemos; el mal está en cargárselas
a los otros y en creerse inocentes, pobres, mansos.
Este es el mal.
2.
EL OBRAR DE LA IGLESIA: HACER PRESENTE EL EVANGELIO (José I. González
Faus: ¿PARA QUÉ LA IGLESIA?, Cuadernos CJ 121)
"La Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, misionera puesto que toma
su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según
el propósito de Dios Padre" (Vaticano II, Ad gentes, 2).
Por ser sacramento histórico de salvación, debemos añadir que la Iglesia
es intrínsecamente misionera, evangelizadora. Msr. Romero... decía que
la esencia de la Iglesia está en su misión. Junto a él, grandes obispos
latinoamericanos (E. Angelelli, Jaime Nevares...) hablaban de poner en
contacto (o acercar) el Evangelio y la realidad, la Palabra y la vida.
Y la definición del Vaticano II nos aclara en qué consiste ese ser misionera
de la Iglesia.
2.1. La misión
Evangelización no es lo mismo que proselitismo o propaganda. A éste
no le importa eliminar la libertad del oyente, y se atiene sobre todo
al resultado numérico. La Coca Cola o Nike no evangelizan, aunque estén
en todo el mundo.
La evangelización es una oferta de salvación que se dirige primariamente
a la libertad del interlocutor y que pretende respetarla. No busca manipular,
sino hacer presente el Evangelio, de modo que quede ofrecido como posibilidad
siempre abierta y siempre significativa. El proselitismo mira más a la
satisfacción y la seguridad del agente. La evangelización debe mirar sólo
al bien en libertad del destinatario.
La Iglesia es misionera y evangelizadora no porque busque meramente "aumentar
su número de clientes", sino porque está en posesión de una Buena Noticia
decisiva para la humanidad (aunque ésta no lo sepa): la del "amor de Dios
revelado en Cristo Jesús" (Rom 8,39). Es decir: por la misma razón por
la que es señal de salvación.
2.2. Constitución misionera
Esta tarea misionera constituye lo primario de la voluntad de Dios sobre
su Iglesia, y esto podemos afirmarlo con seguridad teológica. Antes que
ninguna otra cosa, Dios quiere una iglesia misionera, evangelizadora:
señal perceptible y significativa de que hay una salvación de Dios para
los hombres, la cual no sólo aguarda en el Más_Allá, sino que marca definitivamente
a esta historia.
La respuesta creyente a esa buena noticia es lo que congrega a varones
y mujeres como Iglesia, y envía a esos congregados a continuar la misión
de Cristo. La Iglesia puede convivir con la doble imagen social: de la
sociedad ya cristiana, o del simple fermento. Con lo que no puede coexistir
es con la pérdida de su significatividad sacramental.
De acuerdo con eso debemos decir que Dios no ha querido en su Iglesia
unas estructuras arbitrarias o caprichosas que sean obstáculo para su
misión, sino que más bien le ha dado una gran libertad para organizarse
del modo que más posibilite su misión, que más facilite la comunión y
la evangelización en el sentido dicho.
Al elemento principal de la estructura que el Resucitado deja en su Iglesia
le llamamos por eso "apostolado", y no sé si nos hemos dado cuenta de
la importancia de esa designación: la Iglesia se estructura, ante todo,
para ser apostólica, y para vivir el Evangelio. No por afanes de poder
o de seguridad, ni aunque revista de sagrados esos afanes.
La historia enseña que la organización de la Iglesia en los primeros siglos
no se hizo de acuerdo a un plan previo, dejado por el Maestro, sino según
las necesidades y posibilidades históricas, leídas desde el Evangelio.
De ahí la pluralidad de configuraciones de las iglesias primitivas, que
se refleja en el Nuevo Testamento y se ve confirmada por la investigación
histórica.
Sin embargo, no son pocos los que hoy suscribirían la afirmación de Juan
Martín Velasco: uno de los mayores obstáculos hodiernos para la evangelización
está en las estructuras mismas de la Iglesia.
Por más que se quiera apelar a la voluntad de Dios como justificación
de unas estructuras, si éstas resultan antievangélicas y antievangelizadoras,
podemos sospechar legítimamente de esa presunta voluntad divina. Como
mínimo, habrá que presumir que las cosas son más complejas de lo que sugiere
esa apelación simplista a la voluntad de Jesucristo.
2.3. Evangelizar con obras
Si lo primero que quiere Dios es una iglesia evangelizadora, tanto hacia
fuera como hacia dentro (es decir: que su misma presencia y su vida resulten
un anuncio), eso significa que hoy, en pleno siglo XXI, en un mundo plural
y en un Occidente descristianizado, la Iglesia está llamada a evangelizar
mucho más con los gestos que con las palabras. No todo el que dice "Señor,
Señor" evangeliza, sino el que cumple la voluntad del Padre. A la definición
que dio el Vaticano II de la Iglesia como sacramento, se le puede aplicar
también aquella consideración de san Agustín: "cuando al gesto se le añade
la palabra, aparece el sacramento".
Si la Iglesia no es evangelizadora en este sentido sacramental ("práxico"
podríamos decir) se convertirá en aquello a lo que pretende reducirla
nuestra sociedad consumista: un mero elemento decorativo, útil, como las
flores, para dar relieve a ciertos momentos de una vida pagana, tales
como bodas, entierros y demás. Así podría
encontrar la Iglesia una audiencia e incluso un respeto en nuestra sociedad
(las flores nunca son molestas); pero estará siendo infiel a su misión.
En cambio, si la Iglesia es evangelizadora en el sentido dicho, acabará
por encontrarse con el rechazo y la cruz de su Fundador.
Prueba de lo dicho son estas palabras de la Asamblea del episcopado latinoamericano
en Puebla, que no necesitan más comentario por su diafanidad: "El pueblo
de Dios, como sacramento universal de salvación, está enteramente al servicio
de la comunión de los hombres con Dios y con el género humano entre sí...
Cada comunidad eclesial debería esforzarse por constituir... un ejemplo
de modo de convivencia donde logren aunarse la libertad y la solidaridad.
Donde la autoridad se ejerza con el Espíritu del Buen Pastor. Donde se
viva una actitud diferente frente a la riqueza. Donde se ensayen formas
de organización y estructuras de participación, capaces de abrir camino
hacia un tipo más humano de sociedad. Y sobre todo, donde inequívocamente
se manifieste que, sin una radical comunión con Dios en Jesucristo, cualquier
otra forma de comunión puramente humana resulta a la postre incapaz de
sustentarse y termina fatalmente volviéndose contra el mismo hombre" (273).
Y todo esto lo percibe y lo confirma la misma Iglesia cuando, en una de
las últimas plegarias eucarísticas, pide para sí misma ser "un recinto
de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos
encuentren en ella un motivo para seguir esperando". Exactamente. Pero
¡cuánto necesitamos pedir eso!
Sin entrar ahora en la necesaria reforma estructural de la Iglesia (...),
podemos enunciar el siguiente principio: la Iglesia de Jesucristo debería
tener el máximo posible de espiritualidad y el mínimo indispensable de
organización. No son pocos en la Iglesia los que hoy creen que estamos
quizás al revés. A. Machado hablaba de "esta iglesia espiritualmente huera
pero de organización formidable".
Para ello, entiendo que la Iglesia debe pasar del binomio que hoy parece
constituirla: la díada clérigos_laicos que algunos defienden a rabiar,
a la otra fórmula de "comunidad con servicios", que obligaría al ministerio
eclesiástico a pasar de lo sacral a lo eclesial, de lo personal a lo servicial
y de lo vertical a lo colegial, como ya expresé en otra ocasión.
Esta alusión al ministerio nos llevará en el próximo capítulo a otra reflexión...
Antes debemos exponer las consecuencias de ese ser misionero de la Iglesia.
2.4. Buena Noticia para los pobres
El tesoro que hace misionera a la Iglesia es definido por la Palabra
de Dios como "buena noticia para los pobres" (Is 61; Lc 4). Jesús pone
ahí, y en la esperanza para enfermos y marginados, el criterio de autenticidad
y validez de su misión (Mt 11, 2ss).
La evangelización, por tanto, debe ser definida como evangelización de
los pobres. Sin que obste a ello su carácter universal: la buena noticia
se dirige a todos nosotros en la medida en que aceptemos colocarnos de
alguna manera en el lugar de los pobres y al lado de ellos.
Por eso, según Juan XXIII, la iglesia misionera es "iglesia de los pobres".
No basta con que una iglesia más o menos "de los ricos" diga excelentes
palabras en favor de los pobres. Como Iglesia de Jesucristo nos quedan
aún muchos pasos que dar para aparecer ante el mundo como iglesia de los
pobres.
La Edad Media acuñó una expresión ya clásica (aunque olvidada hoy): "nuestros
señores los pobres". Si ello es así, no basta con que la Iglesia diga
algunas palabras favorables a ellos, es preciso además que ellos tengan
alguna palabra (o muchas) que decir en la Iglesia y a la Iglesia.
2.5. La plenifcación de Cristo
La carta a los Efesios, explicando la "recapitulación de todas las cosas
en Cristo", define a la Iglesia como aquella que encuentra su plenitud
en la medida en que el mundo se cristifica plenamente (1, 23). La definición
es un poco complicada pero muy rica; y necesita una mínima aclaración.
La carta da esa definición para explicar cómo es posible que, si acaba
de decir que "Cristo es cabeza de todo", diga después que "por eso, Dios
se lo ha dado a la Iglesia". Se insinúa ahí una tensión dinámica entre
Iglesia y universo: la Iglesia vendría a ser como el mundo según Dios
"en concentrado " (aquí radica su carácter de señal o de sacramento);
y el mundo como una iglesia en expansión.
Pero para que esta explicación no suene a proselitista hay que comprender
dos cosas:
a. Lo que la carta quiere enseñar es que todo el mundo está ya cristificado,
posee un germen erístico que es su verdad más profunda, y que puede ser
la traducción, tras la Pascua, del Reinado de Dios anunciado por Jesús.
Por ello es tarea de la Iglesia _como servicio al Reino_ que esa semilla
llegue a su plenitud.
b. Cristificar no es lo mismo que eclesializar ni siquiera que cristianizar.
Ya hemos dicho que a la Iglesia le sirve tanto el modelo de la "conversión"
del mundo como el del fermento en el mundo. En ambos puede cumplir su
misión y en ambos puede dejar de cumplirla. Pues de acuerdo con la enseñanza
de Jesús, el mundo no realizará su dimensión erística por el hecho de
decir "Señor, Señor", ni porque los papas tengan poder temporal, ni porque
haya una fiesta de Cristo Rey en la liturgia, sino porque da de comer
y de beber a los que no tienen, viste a los desnudos y visita a los enfermos
y a los presos...
Queda así claro cómo el obrar "plenificador" de la Iglesia pone en acto
su carácter de "sacramento ". Y se comprende también por qué Vaticano
II, tras haber definido el ser de la Iglesia como sacramento de salvación,
comienza así su enseñanza sobre el obrar de la Iglesia: "Los gozos y las
esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo,
sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas,
tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente
humano que no encuentre eco en su corazón... La Iglesia, por ello, se
siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia"
(GS 1,1).
Es como decir que la misión de la Iglesia es ser levadura en la masa,
y no bastión, o quiste, o gueto o parcela separada: y, mucho menos, "imperio".
"La Iglesia, tan lastrada por opciones erróneas tomadas en momentos críticos
y por la serie de callejones sin salida en que incide una y otra vez,
me transmitió la fe y, mediante ella, el elemento más presentable de mi
ajetreada existencia. De no haber existido el Pentecostés de hace casi
dos mil años ni yo ni ninguno de nosotros hubiera tenido el acceso al
conocimiento salvador del mensajero singular de Dios que nació como hombre,
vivió, actuó y predicó como hombre, murió en una cruz y resucitó: Jesús
de Nazaret... Por eso estoy profundamente agradecido, como a ningún otro
poder histórico, a esa misma Iglesia que me irrita, me tortura, me acongoja
y me preocupa" (Walter Dirks, Der Singende stotterer [= el cantor tartamudo]).
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