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Tema 5º: Un proyecto cristiano: el Hombre Nuevo
....a imagen de Cristo y con la fuerza del Espíritu....

1. UNA PREOCUPACIÓN POR EL HOMBRE

Una de las características de la cultura de nuestro tiempo es la preocupación por el hombre. La filosofía, la teología, las ciencias humanas demuestran una sensibilidad especial por clarificar el origen, el destino y la realidad concreta del hombre. Casi todas las ciencias, directa o indirectamente, formulan algún interrogante antropológico. Tanto los que defienden como los que atacan la antropología, en el fondo tratan de clarificar la cuestión humana.

Todos los humanismos de este siglo, de rostro humanizante, se preocupan de dar respuesta al interrogante de ¿qué es el hombre? Los fenomenólogos y los existencialistas nos repiten hasta la saciedad que nunca se ha hablado y escrito más del ser humano y, al mismo tiempo, jamás ha sido más enigmático y desconocido que ahora.
También el concilio Vaticano II, en la constitución Gaudium et spes, ha expresado su preocupación antropológica y subraya el hecho de que el género humano se halla hoy en un período nuevo, caracterizado por profundos y acelerados cambios que inciden en el pensar, juzgar y actuar de todas las personas. De tal modo, que se puede hablar de una verdadera metamorfosis social y cultural, que repercute también en la vida cristiana.

Creyentes y no creyentes están generalmente de acuerdo en que todo debe ordenarse en función del hombre. "Pero ¿qué es el hombre? Muchas son las opiniones que el hombre se ha dado y se da sobre sí mismo. Diversas e incluso contradictorias. Exaltándose a sí mismo como regla absoluta o hundiéndose hasta la desesperación. La duda y la ansiedad se siguen en consecuencia" (GS12). Evidentemente, cada filosofía y cada sistema recurre a sus principios inspiradores para poder ofrecer una posible solución al enigma humano.

La iglesia siente profundamente estas dificultades y, guiada e iluminada por la revelación divina, ofrece también su respuesta para clarificar la verdadera situación humana. La preocupación de hacer del hombre de hoy un hombre nuevo.

2. JESUCRISTO, EL HOMBRE NUEVO

"En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su corona.

El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado" (GS22).

Si todo hombre resulta para sí mismo un problema no resuelto, y no es capaz de clarificar las propias oscuridades, necesita de la luz divina para iluminar su ser y su hacer. Por eso el mensaje del concilio concluye diciendo: "El que sigue a Cristo, hombre perfecto, se perfecciona cada vez más en su propia dignidad de hombre" (GS41).
Cristo, pues, no sólo es la clave interpretativa para el hombre, una verdad iluminadora y salvadora, sino además un principio sapiencial y un modelo antropológico de un hombre nuevo. Jesucristo no es sólo el Hijo de Dios, es también la manifestación más atrevida y audaz de lo que es Dios y la expresión más clara de lo que él piensa y busca de los hombres. Lo propio, lo fundamental y lo específico del cristianismo es considerar a Jesucristo como lo últimamente decisivo, determinante y normativo para el hombre en todas sus distintas dimensiones. Por eso el cristianismo entra en confrontación con todos los humanismos y con todas las antropologías reales. Para el cristiano, Jesucristo no sólo es el Hijo de Dios, es también el modelo de entablar relaciones con Dios, con los demás hombres, con la sociedad, con la naturaleza y con la historia, es el hombre nuevo. No solamente es objeto de fe, sino también modelo y paradigma de ser, de comportarse, de estar y de vivir. El Cristo histórico no es un principio abstracto, sino una persona real y singular que salva, que ilumina y que enseña a todo hombre. Desde Jesucristo el hombre queda iluminado y se le abre un amplio camino para conocer la cuestión humana y el modo de cómo comportarse en la existencia, de una manera totalmente nueva que transforma al hombre y lo convierte en nuevo.

El gran acontecimiento: Jesús ha resucitado. 

Cristo es el Señor El Nuevo Testamento nos presenta una nueva intervención de Dios verdaderamente inaudita, inesperada: "Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías" (Hch 2, 36). Este es el gran acontecimiento de la historia de salvación: un muerto, Jesús, condenado y ejecutado por la justicia de los hombres, ha sido constituido Señor de la historia. ¡Al igual que a Yahvé le corresponde el Nombre-que-está-sobre-todo-nombre! Este es el kerygma (mensaje, proclamación) del Nuevo Testamento. 

La Iglesia primitiva tiene experiencia de esto, pues se le ha dado el reconocer a Jesús en los múltiples signos que se producen como fruto de su pascua. Su misterio pascual ha inaugurado para el mundo entero el amanecer de un nuevo día, el día de la resurrección, el "tercer día". El "tercer día" no es un día solar de calendario, sino todo un período, el tiempo que sigue a la resurrección de Jesús. El "tercer día" es un día que queda abierto y que no se cerrará jamás. Es el propio futuro del hombre, un futuro nuevo para un hombre nuevo, el que ha quedado inaugurado con la resurrección de Jesús y su constitución como Señor de la historia. En Jesucristo ha aparecido así el verdadero prototipo del hombre. "Cristo manifiesta plenamente el hombre al hombre" (GS 22). 

El es, por antonomasia, el hombre nuevo (Ef.2,15) 

¿Cómo nace un hombre nuevo?

Pablo sabe por experiencia que el que se ha encontrado con Cristo es como si hubiera vuelto a nacer, una criatura nueva, un hombre nuevo (2 Co 5, 17). El confiesa que ha encontrado el verdadero y definitivo sentido de su vida gracias al amor de Dios manifestado en Cristo Jesús; ya nadie ni nada podrá separarle de ese amor (Rm.08,35-39): en un sentido profundamente cierto en el encuentro con Cristo ha sido recreado. La profundidad de la relación interpersonal de Pablo con Cristo queda expresada de forma difícilmente superable en la siguiente fórmula: "¡Vivo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí!" (Ga 2, 20) 

El descubrimiento de este acontecimiento saca a Pablo "fuera de sí", derriba sus viejos centros de interés, invierte su jerarquía de valores, quebranta los cimientos de su mundo: "Todo eso que para mí era ganancia, lo consideré pérdida comparado con Cristo, más aún, todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía -la de la ley- sino con la que viene de ña fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe" (Flp 3, 7-9). Pablo es un hombre nuevo, radicalmente transformado, está poseído totalmente por Jesús, con el que se ha encontrado ya para siempre y de cuyo mensaje será el pregonero más fiel. Proclamará no su palabra, sino la Palabra de Dios viva y operante en los creyentes (1 Ts 2, 13) 

Situación y conducta del hombre nuevo. 

Las bienaventuranzas, una llamada y una exhortación Entre las enseñanzas de Jesús sobre la situación y la conducta del hombre nuevo, del hombre que pertenece ya al Reino de Dios, destaca el mensaje de las bienaventuranzas (Mt 5-7; Lc 6. 20ss). 
Las bienaventuranzas de Jesús no son máximas de sabiduría, sino -como la enseñanza de los profetas- una llamada y una exhortación. 

Jesús, en el sermón de la montaña habla de los pobres y afligidos que no tienen nada que esperar de este mundo, pero que lo esperan todo de Dios; los que en su ser y en su conducta son mendigos ante Dios; los misericordiosos que abren su corazón a los otros; los artífices de paz que triunfan de la fuerza y de la violencia con la reconciliación, los que no se encuentran a gusto en un mundo lleno de astucias, etc. Desde ahora, los dichosos de este mundo no son ya los ricos, los satisfechos, aquellos que son alabados por los hombres, sino los que tienen hambre, los que lloran, los pobres, los perseguidos (Cfr. 1 P 3. 14; 4, 14). El mensaje de las bienaventuranzas se dirige a todos los hombres. Se les invita a tomar las actitudes de mansedumbre, paciencia y humildad, a renunciar a la violencia y a no oponerse al mal con el mal. 

"El Reino de Dios está cerca; convertios." (Mc 1. 15)

La palabra de Jesús, prometiendo la bienaventuranza, no es sólo el anuncio de un consuelo para la otra vida; significa también que el reino de Dios viene a nosotros. Todas las bienaventuranzas se orientan al reino inminente de Dios: Dios quiere estar presente y estará presente en todos los que tienen necesidad de El, para cada uno en particular; Dios les consolará, les saciará, tendrá misericordia de ellos, les llamará hijos suyos; les dará la tierra como heredad, les manifestará su rostro, los convertirá en hombres nuevos. Va a establecer su reino en favor de ellos. Y este reino está cerca. Las bienaventuranzas evangélicas no son sólo la proclamación de una exigencia, sino ante todo el anuncio de un don. La auténtica felicidad humana no se encuentra en la satisfacción de los propios egoísmos o en las posesiones y bienes de este mundo, sino el camino de la generosidad, del amor, de la entrega total en las manos de Dios. Dios se entrega al hombre como un don. Jesús nos llama a vivir ya en conformidad con esta situación de salvación que El nos ofrece de parte de Dios. 

San Francisco y Santa Clara de Asís3. FRANCISCO, EXPERIENCIA DE HOMBRE NUEVO

En la historia del cristianismo el movimiento franciscano ha tenido gran importancia en cuanto que su espiritualidad la ha centrado y apoyado sobre la humanidad de Jesucristo. Francisco de Asís se caracterizó por su amor al Cristo hombre y por su esfuerzo supremo de encarnar en su vida el mensaje y la misma vida de Jesús de Nazaret. La visión contemplativa e imitativa de la humanidad de Jesucristo tuvo máximo relieve en los orígenes del franciscanismo y en la articulación y elaboración del pensamiento teológico de la escuela franciscana.

En la familia franciscana muy pronto se observa una gran simpatía y opción por una concepción cristocéntrica del plan divino. Como asimismo una interpretación cristológica, que estudia e interpreta el misterio de Cristo Dios partiendo de su humanidad.

Francisco de Asís no nos ha dejado un tratado de teología, sino una experiencia profundamente religiosa, que nos desvela que él era una fiera de Dios y un enamorado de Cristo. Y a partir de este amor divino realizó toda su existencia y cambió su modo de relacionarse con los demás hombres y con la misma naturaleza. Cuando su interior cambió al contacto con la presencia divina, todo su exterior reflejaba la fuerza interna que lo animaba.

El Poverello amaba a Dios uno y trino con todas las fuerzas de su alma generosa, y en este amor entraba también Jesucristo. Como Cristo es Dios y hombre, él pasaba pacíficamente de Dios a Cristo y de Cristo a Dios, y en Cristo veía a Dios y al hombre. Este modo de amar, de actuar, de comportarse y de pensar es ejemplar y se adapta a los dogmas trinitarios y cristológícos.

Francisco es un cristiano lleno de Dios, posee el sentido de Dios plenamente. Pero, por otra parte, es un hombre consciente de las propias posibilidades humanas, es decir, un hombre con verdadero sentido y alcance de lo que es ser hombre. Y precisamente este doble sentido, el sentido de Dios y el sentido del hombre, explican el destacado cristocentrismo del santo: "Jesús en el corazón, Jesús en los labios, Jesús en los oídos, Jesús en los ojos, Jesús en las manos, Jesús presente siempre en todos sus miembros" .
Desde el principio de su conversión Francisco tuvo la impresión de que Cristo le hablara constantemente, en los momentos difíciles y en la vida cotidiana. Oyó su voz en Espoleto y en la iglesita de San Damián (TC 5 y 13)), en la Porciúncula a través del evangelio de san Mateo, que le indicaba la vida que debía abrazar (1Cel 22). A cualquier parte que se dirigiera lo acompañaba el mismo Cristo, potencia y sabiduría de Dios" (LM 12,7). De ahí la ternura indecible que le invadía al meditar en los misterios de Cristo, especialmente la navidad, la pasión, muerte y cruz del redentor. Jesucristo es el maestro y el camino que no se puede comprender si no se sigue; y siguiéndolo cambian necesariamente nuestras razones egoístas y nuestras miras demasiado humanas. Seguir a Cristo significa cambiar de rumbo en la existencia y ponerse en otra perspectiva completamente nueva que nos transforma en hombres nuevos. Cristo es el modelo en todo porque es el maestro único que se dirige no sólo a la mente, sino también a la raíz de donde brotan los deseos del corazón humano. Y transformando el centro activo del hombre se cambian sus criterios, sus juicios de valor, sus principios interpretativos y el modo de ser y de estar en el mundo y con los otros. Todo lo excesivamente humano se convierte en una nueva forma de existencia y en una inquebrantable fidelidad a Dios y a los hombres. 

Todos los escritos de Francisco transpiran infinito amor e inmensa ternura hacia Jesucristo, a quien quiere imitar al máximo en su vida humana. Y todas las biografías del santo son testimonio vivo y claro de la presencia activa del Cristo en la existencia del Poverello. Pero hay algunos momentos cumbres en los que se refleja con mayor intensidad el impacto y la incidencia del Cristo en su vida.

Uno de esos momentos singulares es el encuentro con el crucifijo de la iglesia de San Damián. La imagen del Cristo crucificado le llamó por su nombre; y " desde entonces se le clava en el alma santa la compasión por el crucificado" (2Cel 10), que le acompañará toda su vida. La mirada y la voz del crucificado le penetraron tan profundamente que todo su ser se llenó de nueva luz y de nueva sonoridad. A partir de ahora su ver y su escuchar dependen de esa persona que le ha mirado y hablado con infinito amor. Con la visita y la mirada del Cristo ninguna zona subterránea de su espíritu quedó sin iluminar y redimir. Todo el interior de Francisco fue cambiado y clarificado por la gracia del Señor. Todo su ser se transformó en un campo de acogida fecundo y radiante y se manifestó en una ascesis de purificación en silencio fecundo, en servicio gratuito, en fidelidad creadora y en celebración exultante, hasta tal punto que desembocó en una mística de inmensas proporciones humanas.

La existencia del amor de Jesucristo le abre infinitos horizontes y se siente siempre entre inmensos espacios abiertos, en los que encuentra el amor gratuito de Dios. Francisco está muy lejos de aquellos versos de Miguel de Unamuno:

"méteme, Padre eterno, en tu pecho,
misterioso hogar;
dormiré allí, pues vengo deshecho 
del duro bregar" .

Francisco no vive lacerado por la angustia existencial, sino que se siente animado por la presencia total que le habita, le rehabilita y le acompaña con la garantía de un Dios que no defrauda, ofreciendo al hombre de fe la certeza de la plenitud humana. La existencia de Francisco no se caracteriza por el duro bregar, sino por la celebración gozosa de quien se siente salvado.

Otro momento importante es el seguimiento radical del Cristo de los evangelios. El Poverello llega a ser un hombre nuevo porque lee con ojos sencillos todo el evangelio y no minimiza nada de él, pues todo ello es gracia y mensaje. Trata de encarnar en su vida ese evangelio sin paliativos y sin excusas. No mira el evangelio desde la moral, sino desde el dinamismo salvífico que lo anima. Interpreta el evangelio a la letra, pero su cumplimiento se realiza desde la fuerza de su inmenso espíritu. No acomoda las exigencias evangélicas a las razones egoístas y a las conveniencias, como tampoco a los legítimos caprichos. No le interesa un orden humano convencional, sino la plena realización de la voluntad divina, que cuando visita a una persona le saca de la patria y de la familia, de los propios convencionalismos para dejada a la intemperie de la verdadera sorpresa creadora y liberadora.

Finalmente, el otro momento es el de la experiencia de la Alverna, en donde Francisco, recibiendo en su cuerpo las llagas del crucificado, consumó la gran identificación en lo humano con el Cristo que le habló en la iglesia de San Damián. Francisco se transformó en otro Cristo porque asumió como pocos el escándalo y el misterio de la cruz.

El Gólgota es la "montaña del dolor original", que diria Rilke, pero es también el lugar en donde el amor de Dios se hizo más incomprensible y redentor. Es la expresión suprema del perdón divino. Pero que debe ser completado con la experiencia del Cristo resucitado, y que inundó de un modo singular toda la vida del santo de Asís.

Francisco, "caballero de Cristo" (1Cel 9) y atleta de Cristo (1Cel 10), como le llamó Celano, se convirtió después en caballero de la fe, de la esperanza, de la alegría, de la paz, de la cortesía y de la fraternidad universal. La experiencia personal con el Cristo se extendió más tarde, como lógica consecuencia, a una experiencia social con todos los hombres y a otra experiencia cósmica con toda la naturaleza.

Cuando se tiene la osadía de vivir el evangelio en su totalidad y en su radicalidad, uno se despoja de las propias opacidades y se pone en la perspectiva de poder compartir la vida con los demás y con todos los seres de la creación. Jesucristo no adoctrina para una coyuntura, sino que forma e informa para toda la vida, que se interpreta como don y no como posesión.

Para Francisco Jesucristo es la gran revelación de Dios, el salvador de los hombres, el modelo de la vida, la enseñanza suprema, la luz necesaria, la ley fundamental, la posibilidad para que la sociedad no sea un infierno y la llave interpretativa del mundo y de la historia. Su amor ardiente al Cristo se manifestó en un estilo de vida tan singular que hizo creíble el evangelio y demostró que es posible en este mundo la utopía de las bienaventuranzas, radiografía del hombre nuevo.

 

CUESTIONES PARA EL DIALOGO

1. La preocupación por el hombre es una constante de la cultura de nuestro tiempo. ¿En qué consiste esta preocupación? ¿Qué interrogantes plantea y se le plantean al hombre de hoy?.

2. El mundo de hoy ¿qué hombre está creando?. En este mundo ¿tiene cabida el hombre nuevo encarnado por Jesucristo o, más bien, sería un contravalor?

3. Francisco en su época demostró que sí es posible ser un hombre nuevo ¿qué papel juega la conversión? ¿Cambiar yo? ¿De qué? si ahora vivo mejor que nunca.

4. Como educadores ¿qué tipo de hombre estamos ayudando a formar con nuestras actitudes y testimonio e vida? Nuestros alumnos ¿se resisten al cambio propuesto en nuestro proyecto educativo, lo aceptan o permanecen indiferentes?

 

TEXTOS PARA LA REFLEXIÓN

CARTA A LOS JÓVENES

En este mes de junio todos los cristianos, en cualquier parte de la tierra, hablamos del Sagrado Corazón de Jesús. No todas las personas entienden qué queremos decir con ello, pero te aseguro que se trata de vivir con una novedad absoluta la experiencia de ser humano. Ser y caminar por el mundo, vivir junto a los otros, construir esta historia con el Corazón de Jesús. Un Corazón que sabe de amar al otro hasta dar la vida misma por él. Un Corazón que suspira por tener a todos dentro de Él, desde esa experiencia de un Dios que quiere entrañablemente a todos los hombres. Un Corazón que sabe de amor, verdad, vida, acogida, entrega, compromiso, servicio, fidelidad, generosidad, en definitiva, que tiene como primer referente a Dios y desde Él entiende, experimenta y defiende que debe amar a todos los hombres.

¿Ahora entiendes por qué te digo que hay que tener un corazón nuevo para ser un hombre nuevo y para cambiar este mundo? Ello requiere pasar por una experiencia que te animo a vivir:

"Cuando se iba de allí, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: Sígueme. Él se levantó y le siguió. Y sucedió que estando a la mesa en casa de Mateo, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: ¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores? Más Él, al oírlo, dijo: No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal" (Mt 9, 9-12).

Te animo a que vivas la misma experiencia de Mateo. Puedes hacerla porque tú también estás sentado y metido en tus cosas, en tus tareas, en tus negocios, en tus preocupaciones. Déjate llamar por el Señor. Él también sigue pasando a tu lado y te dice "sígueme" ¿Será tu respuesta como la de Mateo?: "Él se levantó y le siguió". 

Esta nueva situación existencial de levantarse y seguir sus huellas y sus pasos, es el inicio de entrar en un proyecto de vida nuevo, de asumir el vivir con un corazón nuevo como el de Cristo. La plenitud de ese proceso llega cuando, como Mateo, dejamos que el Señor se siente a nuestra mesa y entre en nuestra casa. La señal de haber incorporado a Jesucristo a nuestra vida y de vivir en comunión con Él es admitirlo a nuestra mesa. Él, en la mesa, sobre todo en la mesa de la Eucaristía, nos cura el corazón y hace que se haga grande, como el de Él, con la misma capacidad de entrega y de acogida. Con esa fuerza que lo transforma todo a sus medidas.

Te invito a no tener miedo, a seguir a Jesucristo. Como nos ha dicho el Santo Padre Juan Pablo II, "duc in altum", rema mar adentro. Hay que vivir el gozo del Evangelio y testimoniarlo a los demás. No marches solo por el camino. Te invito a que con otros jóvenes pruebes y descubras nuevas y concretas posibilidades para vivir y también para construir caminos nuevos de evangelización y de inculturación de la fe en nuestra tierra. Servir a los demás pasa por recuperar las propias raíces cristianas que nos hacen vivir teniendo un corazón nuevo, capaz de construir una "casa común" fundamentada sobre la fe en Cristo y sobre la promoción de la verdadera dignidad y libertad de cada persona. 

En la medida que tenemos este corazón nuevo que nace de la comunión con Jesucristo, somos más conscientes de los problemas graves y a menudo lacerantes que vive el mundo, pero al mismo tiempo sentimos la necesidad de vivir confiadamente en la presencia de Aquél que es Viviente, y camina con nosotros en la Historia, y que es el único que cambia el corazón del hombre. 

Cada día estoy más convencido de que la condición juvenil, en el contexto de la postmodernidad, necesita que se susciten encuentros personales con Jesús. Y los necesita porque solamente es Él quien concede al hombre volver a encontrar su identidad a la medida misma de Dios.

Te invito a que construyas y vivas esta identidad en comunidades cristianas en las que se puedan experimentar relaciones humanas profundas y genuinas, ricas en comunión y amistad, capaces de hacer propuestas altas de fe en metas exigentes, con honda espiritualidad y compromiso. 

No eres un mero receptor del anuncio, sino que tienes que ser protagonista de la misión. El coraje y la creatividad te vendrán dados por la capacidad que tengas para sentarte a la mesa con el Señor y dejarte curar por Él.

Te propongo ocho bienaventuranzas para tener un corazón grande:

1) Bienaventurado si eres capaz de no escamotear esa llamada del Señor: "Sígueme".

2) Bienaventurado si tienes valentía para levantarte y seguirle.

3) Bienaventurado si tienes el coraje de admitir al Señor en tu casa y sentarlo a tu mesa y oír de Él: "No necesitan de médico los sanos, sino los enfermos".

4) Bienaventurado si tienes la osadía de hacer creíble con tu vida a quien te llamó y te curó: Jesucristo.

5) Bienaventurado si tienes la valentía de "hacer la misión" en tu ambiente propio, en el trabajo, el estudio o el tiempo libre.

6) Bienaventurado si tienes la capacidad de ser testigo de verdades cristianas importantes, tal y como la Iglesia nos las transmite, con claridad confesante en medio del mundo.

7) Bienaventurado, porque con ese corazón descubres que lo tuyo es defender a los pobres y a los débiles, con un compromiso claro por la paz, la justicia y la salvaguarda de la naturaleza. 

8) Bienaventurado eres, si pones a Dios por encima de todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.

+ Carlos, Arzobispo de Oviedo

Forjarse un estilo de vida

"Si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al infierno." (Mc 9, 45-46) 

Son palabras chocantes. Jesús habla de cortarse el pie o la mano, o de sacarse un ojo si son motivo de escándalo. Sabemos que no tenemos que tomar estas palabras al pie de la letra aunque mantienen toda la fuerza de una espada de doble filo (Cf. Hb4,12). Es como decir que ante cualquier cosa que pueda ser ocasión de pecado debemos estar dispuestos a renunciar a todo, también a las cosas y a las personas queridas, antes que perder lo que verdaderamente vale: "entrar en la vida", es decir, la comunión con Dios y nuestra salvación.

La palabra "escándalo" en el Evangelio se refiere a todo lo que se interpone entre Dios y nosotros, siendo un obstáculo para el cumplimiento de su voluntad; es como un bastón entre las ruedas que quiere bloquear nuestro camino tras Jesús, como una trampa que nos quiere hacer caer en el pecado. Hay momentos en los que el ojo, la mano, el pie nos "escandalizan", es decir, querrían llevarnos a negar a Jesús, a traicionarlo, a preferir otras cosas antes que a Él.

Lo entendió bien Santa Scorese. Así se llamaba una joven de 23 años de Bari (sur de Italia), que en 1991 prefirió morir antes que perder su pureza, al ser acosada por un chico de su edad. Para ella valía más Dios que su vida.

"Si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al infierno."

Esta palabra de vida desenmascara al "hombre viejo" (Cf. Ef 4,22) que hay en nosotros. De hecho, el pecado no viene de las cosas, desde fuera, sino que brota de nuestro interior, de nuestro corazón. El "hombre viejo" vive en nosotros cuando cedemos a las insidias del mal y cuando secundamos nuestras peores inclinaciones: egoísmo, ansia de poder, de gloria, de dinero... El "hombre viejo" debe ceder su lugar al "hombre nuevo" (Cf. Ef 4,24): Jesús en nosotros. 

¿Podemos nosotros solos desarraigar las pasiones desordenadas de nuestro corazón y hacer que nazca en nosotros la vida divina? Solamente Jesús con su muerte puede hacer que nuestro "hombre viejo" muera y con su resurrección transformarnos en hombres nuevos. Él puede darnos el valor y la decisión en la lucha contra el mal, el amor leal y radical por el bien. De Él procede esa libertad interior, esa paz y alegría inefable que nos llevan a estar por encima de toda la fealdad del mundo y nos hacen experimentar ya desde ahora un anticipo del Cielo.

"Si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al infierno."

El "hombre nuevo" en nosotros debe crecer y ser protegido de las insidias del "hombre viejo". ¿Cuál es nuestra parte? En el año 1949 escribí: "Hay muchas modos de limpiar una habitación: recoger mota a mota; usar una escoba pequeña, una grande, una aspiradora, etc., o bien -para entrar ya en lo limpio- se puede cambiar de habitación y ya esta todo hecho. Sucede igual para santificarnos. Más que trabajar tanto, podemos apartarnos a un lado inmediatamente y dejar que Jesús viva en nosotros. Es decir, vivir "transferidos" en el otro; por ejemplo, en el prójimo que está a nuestro lado en cada momento: vivir su vida en toda su plenitud".

¡Amar! Esa es toda la doctrina de Jesús. Afinar nuestro corazón y hacerlo capaz de escuchar, identificarnos con los problemas y las preocupaciones de nuestros prójimos, compartir con ellos las alegrías y los dolores, hacer que caigan las barreras que todavía nos dividen, superar los juicios y las críticas, salir de nuestro aislamiento para ponernos a disposición del necesitado o del que está solo; construir en todas partes la unidad querida por Jesús.

Si vivimos así, Dios nos atraerá a una comunión cada vez más íntima con Él y nos hará casi invulnerables y firmes ante los errores y la atracción del mundo."Si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al infierno."

Jesús también nos dice que apartemos (que "cortemos") con energía esas realidades que para nosotros podrían ser ocasión de escándalo (cosas, personas, situaciones). Es el "niégate a ti mismo" del Evangelio (Cf. Mc 8,34). El cristiano tiene que tener el valor de ir contra las tendencias egoístas para que no se conviertan en un estilo de vida.

Durante este mes salgamos de nosotros mismos amando al que está a nuestro lado y cortando con los apegos a todo lo que no debemos amar. Hagamos limpieza de lo que haya que quitar de nuestro corazón. Todos los sacrificios son poco para mantener la comunión con Dios. Tras cada corte, florecerá en el corazón la alegría verdadera, la que el mundo no conoce. 

Chiara Lubich