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Tema 4º: Un Proyecto histórico: la esperanza.
...abriendo caminos de esperanza...
La vida, amenazada
Si cada época tiene su propia prueba, la de nuestro tiempo es la prueba
abrahámica: la de creer a pesar de todo y la de esperar contra toda esperanza.
Los datos que todos los días nos ofrecen los medios de comunicación social
son suficientemente duros para ponerse psicológicamente en estado de cataclismo
irremediable. Es muy difícil poder vivir tranquilo y esperanzado en un
mundo de tantas guerras y desavenencias entre los pueblos, injusticia
social, hambre, paro, miseria, mala alimentación en tantos millones de
seres humanos, desarrollo material incontrolado, crisis económica y energética,
inflación, problemas monetarios, analfabetismo, proteccionismo, rebelión
de poblaciones, holocaustos humanos, inseguridad ciudadana, contaminación,
droga, armamentismo, violencia, transgresión de los derechos humanos,
locura atómica, desprecio de las instituciones, corrupción política, muerte
del indefenso, decadencia de los valores humanos, etc. Cuando uno hace
el recuento de tantas calamidades humanas se saca la impresión de encontrarnos
más allá del límite soportable y de estar viviendo los signos apocalípticos.
El fino observador de nuestra época, Heidegger, al analizar el estado
actual en el que nos encontramos, escribió de forma lapidaria: "Sólo un
Dios puede salvarnos". Pero Dios calla y no se ve su acción salvadora.
Tal vez se deba a lo que este mismo autor dijo en otro momento: "Nuestra
época es demasiado tarde para los dioses y demasiado temprana para Dios".
El informe del simposio internacional de científicos celebrado en Londres
en 1962 comienza con estas patéticas palabras: "Hoy, por primera vez,
está amenazada la existencia del hombre". A este temor que los científicos
manifestaron hace más de cuarenta años se han ido sumando nuevos temores
de científicos, filósofos, sociólogos, psicólogos, literatos, artistas
y otros grupos humanos. Ciertamente que hay motivos para temer, pero también
es cierto que el hombre tiene una predisposición para dramatizar y que
se agudiza en los momentos más críticos.
También al finalizar la segunda guerra mundial se extendía en los medios
culturales la desesperanza o la desesperación. Por entonces escribía A.
Camus: "Sólo una cosa pido a los hombres de mi generación: que sepan vivir
a la altura de su desesperación". Muchos escritores y pensadores secundaron
esta invitación y se produjo una abundante literatura desesperada, que
leída después de cuarenta años nos parece bastante ingenua y ocasional.
No hay que dramatizar
No hay razón para la desesperanza, a pesar de los credos de los desesperanzados.
Más allá de la desilusión, apatía y resignación estoicas de muchos de
nuestros contemporáneos está la certeza de que el hombre dispone de un
formidable caudal de posibilidades aún inéditas y las pondrá en activo
cuando encuentre razones seguras y garantizadas para creer y para esperar.
Nuestro siglo no representa el canto del cisne, sino la obertura a una
sinfonía aún desconocida que tendrá su desarrollo en un futuro próximo
si los hombres del hoy somos fieles a nuestro presente. En el hombre se
entremezcla lo mejor, lo mediocre y lo peor, pero no es este último ingrediente
el más frecuente, aunque seamos tan propensos a recalcar lo negativo de
la vida humana.
Es verdad que muchos de nuestros contemporáneos viven oprimidos, no
pocos están reprimidos y otros más se sienten deprimidos. Pero a todos
ellos se les puede ofrecer razones válidas para esperar creando unas condiciones
de vida económicas, laborales, sociales, culturales, psicológicas y espirituales
para que, superando esa conciencia infeliz tan generalizada, logren una
existencia más feliz y humana. A través de una revolución mental, basada
en el mensaje de Jesús de Nazaret y en una fraternidad universal como
la propuso el hermano Francisco, se logrará tener confianza en la vida
propia y en la ajena, se respetará todo lo creado, se superarán las diferencias
irritantes y se podrá crear una sociedad habitable, justa y razonable.
La tarea es ingente, pero la capacidad humana puede sortear los más difíciles
obstáculos. Cuando la razón no se pervierte absolutamente, la voluntad
puede protagonizar un heroísmo insospechado. Es muy difícil la perversión
absoluta del hombre porque en su interior anida el ser imagen de Dios.
Y si muchos traicionan su propia profundidad, son más los que quieren
la propia coherencia, aunque la expresen en modos equivocados, discutibles
o desconcertantes.
Soy lo que espero
La esperanza forma parte de la "arqueología de la existencia humana"
y está profundamente enraizada en el corazón del hombre. G. Marcel afirma
que "la esperanza es la estopa de la que está tejida nuestra alma"; y
Laín Entralgo dice de ella que "es uno de los hábitos que más profundamente
definen y constituyen la existencia humana". Soy lo que espero, ya que
la existencia humana se realiza en relación hacia lo que tiende y aspira.
Para el cristiano la esperanza escatológica pertenece al núcleo de su
vida, pero la esperanza escatológica o teologal se ve complicada en el
drama del hombre concreto en lo que tiene de naturaleza y de historia.
El cristiano ha acusado fuertemente los ataques que se han dado a la
esperanza. Los cristianos de las primitivas comunidades, los cristianos
perseguidos y los cristianos de la Edad Media estaban profundamente animados
por la esperanza escatológica; pero en la medida en que ésta sufrió la
secularización del mundo moderno se relegó a simple virtud de postrimerías,
que enfrenta al cristiano con lo incierto y problemático del más allá;
mientras que el más acá se iba sorteando con otras esperanzas. De este
modo la esperanza teologal se convirtió en una virtud del más allá y en
un discurso sobre Dios y el destino último del hombre. Y mientras el más
acá se consolidaba en su autonomía e independencia legítimas, la esperanza
escatológica languidecía y frecuentemente reavivaba de un modo intenso
y a veces dramático, cuando el hombre se enfrentaba a la muerte y a la
gran cuestión del qué será de mí.
Quizá el mayor drama de nuestro tiempo consiste en que el hombre moderno,
hablando en términos generales, ha vendido su alma a las esperanzas intramundanas
del momento: a la razón, a la ciencia, al progreso, a la tecnología, a
la política, a la historia, a las ideologías, etc.; y con ello ha perdido
la pasión del vivir. El hombre, abandonando la gran Esperanza o secularizando
la esperanza teologal, se ha entregado a esperanzas inmediatas y menudas,
a esperanzas de corto plazo, a segundas esperanzas, que han defraudado
al ser esperanzado y han causado la gran desesperanza y desilusión, que
es la típica enfermedad de nuestro siglo. Por eso quien ofrezca legítimas
esperanzas a los hombres de hoy será el que mejor contribuya a crear un
nuevo tipo de hombre que tanto necesitamos.
La esperanza como talante en el franciscano
Uno de los más grandes valores cristianos y humanos de Francisco de
Asís fue el de traducir las virtudes teologales no en términos teológicos,
como un discurso sobre Dios, sino en términos existenciales y humanos,
es decir, vivirlos en su doble relación inseparable: frente a Dios y frente
al hombre.
Ciertamente que para Francisco Dios es su gran Absoluto. Dirigiéndose
a él en la alabanza le dice: "Tú eres nuestra esperanza". Y esta esperanza
le convirtió en el peregrino del amor infinito, que es Dios, "en el hombre
del siglo venidero", como le llama Celano. Pero esperar, en clave franciscana,
significa además "dar crédito a la realidad", como escribe bella y profundamente
G. Marcel. Y pocos hombres han dado más crédito a la realidad que el santo
de Asís, para quien todos los seres, racionales e irracionales, le eran
interlocutores válidos en el diálogo y en la vida. A todos los seres,
personas y cosas, amaba, respetaba, servía y con todos participaba festivamente
con seriedad lúdica.
Como verdadero hombre esperanzado nunca defraudó las esperanzas de los
otros, porque, de lo contrario, sería traicionarles en lo más profundo
de su ser y no tomarlos en serio. Para el Poverello, la virtud teologal
de la esperanza ciertamente era un esperar en Dios y en su promesa, pero
era además un esperar en los otros, con los otros y para los otros. Así
la esperanza deja de ser una simple virtud de postrimerías para encarnarse
en el tiempo y animar los comportamientos cotidianos del hombre. De este
modo la esperanza ya no es "una ilusión peligrosa", según la acusación
de. A. Camus, para convertirse en una fuerza humana creadora y humanizante.
También san Buenaventura y Escoto han articulado su pensamiento en tensión
de futuro y en perspectiva de esperanza. Y no sólo el hombre camina hacia
el Futuro absoluto, que es Dios, sino que toda la creación remite a él;
y la misma historia humana está penetrada de historia sagrada porque todo
es gracia. El cristocentrismo y el cristofinalismo es una visión prodigiosamente
unitaria, vital y optimista, en la que todo el universo camina hacia ese
Cristo omega. Todo el movimiento histórico y cósmico es un traspasar y
un trascender, que remite a la Trascendencia, que es quien da consistencia
y permanencia a la inmanencia humana y temporal.
Los pensadores franciscanos dan crédito a la realidad, ya que descubren
la capacidad de Dios tanto en el hombre como en la naturaleza, en los
que esperan y no desesperan, aunque comprenden sus limitaciones. Para
ellos la realidad de los seres creados no se agota en la realidad, ya
que está dotada además de sentido, en cuanto que todos los seres son vestigios,
huellas e imágenes. La naturaleza entera está penetrada de símbolos y
de referencias que remiten al Tú infinito y a una confraternidad universal
de acción y de significación.
El principio esperanza anida en el ser humano como fuerza, impulso y
posibilidad; y se presenta como un desear y como una pasión por lo posible
y por lo necesario. La esperanza en la escuela franciscana realiza ampliamente
eso que Bloch llama "impulso de la autoampliación hacia adelante". Para
el franciscano la historia es la marcha imparable del hombre hacia eso
que la teología llama éskhaton, o el momento final, pero jamás deserta
del presente, del aquí y del ahora. El hombre vive en la historia, tiene
historia y hace historia, pero se proyecta más allá de la historia.
Unir las esperanzas separadas
En el franciscanismo se ha superado la disyuntiva de este mundo y la
del más allá porque ha sabido sincronizar los dos dogmas, aún en discordia,
el de la creación y el de la redención. Por eso no se dan en él esperanzas
separadas ni esperanzas disyuntivas, la escatológica y la mundana, ni
la esperanza teologal hace sospechosas las esperanzas antropológicas.
No hay doble esperanza, sino una esperanza prolongada, que comienza en
el tiempo y se consume mucho más allá del tiempo. No opone un Dios extramundano
a un Dios intramundano, un Dios ultramundano a un Dios cismundano, porque,
de lo contrario, sería la deformación del "Dios de la esperanza" (Rom
15,13), que es al mismo tiempo autor y realizador de la naturaleza y de
la gracia y garante de la inmanencia y de la trascendencia. Es un Dios
que tiene ciertamente "el futuro como carácter constitutivo", empleando
la expresión de Bloch, pero que se manifiesta prodigiosamente en el presente,
como lo percibía san Francisco en la vida cotidiana. La esperanza teologal
es esperanza de resurrección, sin duda, pero es también expectación y
participación en nuestro presente, que desemboca en ese futuro aún no
sido.
La utopía es posible
El franciscano, puesto que tiene gran fe y esperanza en Dios, en el
hombre y en la naturaleza, ha intentado realizar en parte la utopía de
tenerlo todo en común, la utopía de la pobreza, la utopía de ser todos
hermanos, la utopía de fraternización con la naturaleza, la utopía de
la libertad, la utopía de una religión alegre, la utopía de la sublime
sencillez, la utopía de la alegría. Es verdad que este proyecto en parte
lo ha logrado y en parte lo ha traicionado; pero no desespera porque la
utopía es posible.
La utopía franciscana no es una huida del mundo real ni una fuga a un
pasado dorado ni a un futuro soñado. Es un traer aquí y ahora lo que corrientemente
parece estar más allá del aquí y fuera del ahora. Es una total afirmación
del hombre y de la vida a pesar de las amenazas y de las negociaciones
que nos rodean. La utopía franciscana implica un método crítico de lo
que es y de lo que debe ser, pero emplea más tiempo en la acción y en
la construcción que en la crítica y en la destrucción. En la utopía franciscana
no todo es perfecto, porque la perfección en un mundo en desorden es una
antiutopía. Las utopías son realizables, pero con la condición de ser
deformadas, dice Berdiaeff. Mas la deformación de una utopía hace posible
que ella se realice y encuentre un lugar en donde no había sitio para
ella. Y para ello son insuficientes las virtudes mediocres incluso en
las utopías deformadas.
Forma parte de la utopía franciscana el ser verdaderamente hermanos
de todos y de todo y el de vivir en una sabia ingenuidad, que no es ser
tontos ni despistados, sino el convencimiento de que la bondad supera
con mucho a la maldad.
El franciscano está persuadido de que el hombre necesita bajar de las
opiniones celestiales y subir de las costumbres subterráneas hasta encontrar
al hombre real, con su grandeza y su miseria, su luz y sus sombras, sus
valentías y timideces, porque en el corazón humano anida en fraternal
lucha lo divino y lo demoníaco. Pero más allá de sus íntimas y viscerales
contradicciones, el hombre es capaz de lo mejor.
Modos de hacer historia
El hombre lleva normalmente un mundo imaginario en su cabeza que le
sirve de punto de referencia y de asidero mental para apoyarse en las
crisis y en los vaivenes ambientales que le acosan. Esto nos explica la
diversidad de actitudes y de comportamientos ante una misma cultura, una
misma civilización y unos mismos acontecimientos. Cuatro grupos encarnan
aproximadamente actitudes permanentes del hombre que conocemos:
1. El grupo de los que añoran el pasado y proclaman el retorno incondicional
a tiempos pretéritos como momentos de seguridad, de garantía y de un orden
perdido. El mundo actual sería, si no la perversión, sí, al menos, la
desviación de unos principios y de unas vivencias que representaban los
genuinos ideales o lo mejor y más deseado. Son los nostálgicos de un paraíso
perdido.
2. El grupo de los que detestan el pasado y desean la ruptura con él
porque lo consideran, si no una equivocación radical, sí un esquema inadecuado
e inservible para el presente, pues al ser totalmente distinto, según
ellos, se necesitan modelos referenciales u operacionales para el aquí
y el ahora. El pasado, pasado fue, y es necesario inventar nuevas formas,
nuevos modelos, nuevos rumbos. Son los románticos de un futuro soñado.
3. El grupo de los decepcionados, tanto del pasado como del presente,
porque piensan que nada de lo que fue y de lo que es es válido. Esto se
manifiesta tanto en los derrotistas como en los pasotas.
4. El grupo de los programadores, que interpretan al hombre como ser
esencialmente histórico y que, a pesar de estar condicionado por el pasado
y el presente, ven la necesidad de crear nuevas condiciones de posibilidad
que se realicen en un futuro próximo. Los utopistas y los revolucionarios
siempre presentan el futuro como la posibilidad del presente, hacia donde
es necesario encaminarse.
Hay hombres que siempre se ponen detrás de los acontecimientos y se
parapetan en ellos: son los tímidos, los conformistas, los que creen que
la vida nunca se equivoca. Hay hombres que quieren a toda costa parar
los acontecimientos e inmovilizar la historia, cristalizar la vida en
formas ya hechas, vividas y conocidas: son los miedosos, los cobardes,
los rutinarios, los que jamás arriesgan nada. Hay hombres que quieren
cambiar el rumbo mismo de los acontecimientos e incluso la misma historia:
son hombres de choque, de lucha, los insatisfechos, los revolucionarios.
Existen hombres, finalmente, que siempre aspiran a ir delante de los acontecimientos
tratando de cambiar el rumbo y el ritmo de la historia: son los inquietos,
los inadaptados, los profetas y los creadores.
Caminar hacia adelante y hacia arriba
La esperanza da al franciscano una actitud confiada en Dios y en los
otros, al mismo tiempo que le impulsa a un comportamiento audaz y arriesgado
para intentar lo que parece imposible, pues está convencido que en la
exploración de todos los posibles hay que intentar también lo imposible,
que tal vez no se ha hecho posible porque los hombres no se lo han permitido
o no se lo han propuesto. Esta actitud exige un acto de fe no sólo en
Dios, sino también en el hombre, en el mundo y en la historia, como asimismo
una apertura a la Trascendencia que es una actuación de futuro en la vida
presente del hombre. La esperanza supone, pues, una actitud de superación
y un compromiso por mejorar el presente en función de un futuro.
Todo el dinamismo franciscano se orienta hacia arriba y hacia adelante,
hacia Dios y hacia el futuro, hacia el hombre y hacia la creación, y va
a la búsqueda de la construcción de una historia del mañana en la que
el hombre pueda ser más feliz.
El futuro humano depende, más que de la ingeniería genética y de los avances
de la ciencia, de un cambio revolucionario en nuestro modo de pensar,
de sentir y de actuar. Humanizándose, el hombre creará una historia más
humana, ya que el futuro depende de nuestra generosidad con el presente.
Y si en esta vida no logramos ser perfectos, ni siquiera buenos, al menos
seamos razonables. Y cuando tengamos al hombre razonable, el futuro estará
garantizado.
Cuestiones a dialogar
Las siguientes preguntas son la propuesta de unos puntos a reflexionar.
No quiere decir ello que no hayan preguntas y puntos de debate que puedan
surgir y que tengan más interés para el grupo o para alguno en particular,
en tal caso se dejan estas preguntas y se abordan las que puedan parecer
más interesantes.
1. ¿Cuál crees que es la esperanza que mueve la vida de la mayoría de
las personas hoy?
2. ¿Qué signos de esperanza y de desesperanza se pueden encontrar en nuestra
sociedad? ¿y en los jóvenes de nuestro colegio?
3. En los signos de desesperanza, ¿qué clamor lanzan nuestros jóvenes
a los adultos?
4. En las materias que impartes, ¿cómo se podrían llenar los contenidos
con una pizca de esperanza?
5. ¿Qué puede esperar un joven de la vida? ¿Qué desearíamos que esperase?
6. ¿Sientes la experiencia religiosa como provocadora de esperanza? ¿Por
qué? A tu juicio, ¿qué debería aportar la religión para ser motivadora
de esperanza?

PARA SEGUIR REFLEXIONANDO
Los textos que te presento a continuación, son muy interesantes y hermosos,
están extraídos de un artículo de Felicísimo Martínez. Son por si quieres
seguir reflexionando de modo personal sobre el tema. ¡Vale la pena!
I. Introducción
«Porque hay un mañana, y tu esperanza no será aniquilada» (Prov 23.18).
Así suena uno de los proverbios bíblicos. «También al principio, mientras
los soberbios gigantes perecían, la esperanza del mundo se refugió en
una barquichuela» (Sab 14,3-6). Son palabras de la sabiduría bíblica.
Y el libro de Job, aquel santo paciente cuya esperanza estuvo sometida
a la más dramática prueba, también apuesta por la esperanza: «Una esperanza
guarda el árbol: si es cortado, aún puede retoñar y no dejará de echar
renuevos» (Job 14,7). Y el Nuevo Testamento, en un alarde de realismo,
afirma que la esperanza consumada mira siempre hacia el futuro: «Porque
nuestra salvación es en esperanza» (Rom 8,25).
La esperanza es un bien absolutamente necesario. Es necesario para personas
creyentes y no creyentes, para todas las sociedades, religiosas y civiles.
Sin esperanza no hay vida ni supervivencia o, por lo menos, la vida carece
de sabor y sentido, y la supervivencia sucede sin dignidad. Sobrevivir
sin esperanza es como vivir sin dignidad. Sin esperanza, nada vale la
pena. Por eso, la sabiduría popular insiste: «La esperanza es lo último
que se pierde».
La esperanza es hoy un bien escaso. Muchas personas, creyentes y no
creyentes, andan escasas de esperanza y por eso el camino se les hace
insoportable. Abundan más los miedos. Y muchos pueblos mantienen la esperanza
como un verdadero milagro, «de milagro», contra toda esperanza. Muchos
de nuestros contemporáneos protestan con Job: «¿Qué esperanza me queda?».
Pero la esperanza es como el ave «fénix»: se resiste a morir y renace
de sus propias cenizas. Por eso, Charles Péguy se asombraba del milagro
de la esperanza, y ponía en boca de Dios las siguientes exclamaciones:
«Puedo entender la fe y el amor. Pero, ¡la esperanza! La esperanza es
una maravilla, un milagro, un misterio, un inesperado rayo de luz en medio
de un mundo en el que la pertinacia de la locura humana parece socavar
todo fundamento para creer que será capaz de mejorarse». Y el mismo Dios
termina con una exclamación en forma de preferencia o de deseo: «La fe
que yo deseo es la esperanza».
II. La esperanza sometida a prueba
Toda reflexión sobre la esperanza debe ser realista. Por eso, conviene
analizar las causas y los síntomas de desesperanza o desesperación en
el mundo actual. El análisis descarnado de esos síntomas puede correr
el riesgo de arrastrarnos al pesimismo, lo cual no haría ningún favor
a la esperanza. Pero también puede inducirnos a la siguiente conclusión:
hoy, cuando escasean las garantías humanas, la esperanza es más necesaria
que nunca.
Especialmente en la segunda mitad del s. XX se derrumbaron muchas utopías
e ideologías, de derechas y de izquierdas, que habían gestado grandes
esperanzas colectivas para la humanidad.
La liberación y el paraíso que nos prometían los socialismos no han
llegado. Antes bien, parecen alejarse cada vez más. Es el riesgo de las
utopías carentes de inspiración escatológica: cuando desaparecen sólo
dejan frustración tras de sí, pues no ofrecen alternativas para el futuro.
Por el contrario, la escatología siempre deja abierto el horizonte del
futuro, porque está hecha de conquistas (ya) y promesas (todavía no).
Un poco de utopía es imprescindible para alimentar la esperanza; pero
tiene que ir combinada con un poco de realismo, para no desembocar en
la frustración y en la desesperación.
La utopía del paraíso comunista no ha encontrado lugar. No hemos sido
capaces de implantar la igualdad, la justicia y la paz para todos. La
brecha de las diferencias económicas y sociales entre las personas, los
sectores sociales, los pueblos, los continentes... se ha agravado. Las
masas empobrecidas del tercer mundo ven al primer mundo rico como un enemigo.
Pero, al mismo tiempo, la creciente masa de los pobres comienza a ser
vista por el mundo rico como una amenaza. Ahí está la ola incontenible
de la inmigración, que se ha convertido en un problema para un Primer
mundo que se creía blindado. Pero tampoco nos ha llegado el paraíso capitalista,
pese a los cantos triunfales de la propaganda. El proyecto económico y
social liberal y neoliberal tampoco nos ha traído el paraíso, a pesar
del pomposo discurso sobre la sociedad del bienestar. Cada día se deja
sentir con más fuerza la ambigüedad del progreso. Nos proporciona comodidades,
pero también nos acarrea riesgos y amenazas. Ahí están la amenaza nuclear,
los riesgos ecológicos, los «malestares» que se multiplican en nuestras
grandes urbes... El progreso de la ciencia y el desarrollo de la tecnología
no ha afianzado nuestra esperanza. En vez de crecer la esperanza, se multiplican
los miedos.
También la violencia, bajo diversas formas, se encarga hoy de amenazar
la esperanza. En unas partes, la forma más espectacular de violencia es
la pobreza extrema, la carencia de alimento, de vestido, de vivienda,
de salud, de oportunidades en la educación, en el trabajo... Estas situaciones
de injusticia estructural van también acompañadas de una violación sistemática
de los derechos humanos. En otras partes, la violencia más espectacular
es la guerra, la guerrilla, el terrorismo... Son éstas situaciones que
generan una sensación de impotencia.
El enemigo mortal de la esperanza es el miedo. Y hoy se multiplican
los miedos en la sociedad civil y en la Iglesia. Los analistas de la cultura
contemporánea dicen que el mundo actual no es sólo un mundo con peligros
puntuales; es un mundo de riesgo generalizado. El miedo es el anverso,
el negativo de la fe y la esperanza. El miedo crece cuando escasea la
esperanza. Pero también se puede decir que la esperanza escasea cuando
crecen los miedos.
Ante ese riesgo generalizado, la reacción más frecuente en nuestro mundo
es la huida, la fuga. Unos huyen hacia delante. Sueñan con un mundo nuevo
que se nos dará gratuitamente, que acontecerá sin más, porque así está
escrito en esa lógica que marca los ciclos de la historia humana... o
simplemente porque así lo dice el horóscopo. Esta huida hacia delante
caracteriza a muchos de los nuevos movimientos y grupos religiosos.
Otros huyen hacia atrás, evocando y añorando los tiempos pasados de
los dogmas claros, la autoridad férrea, la disciplina rígida, las normas
precisas... Se buscan seguridades en actitudes fundamentalistas, porque
ha enfermado la esperanza. Al final, el miedo a la libertad hace que se
cambie la esperanza por la nostalgia.
Pero la mayoría de nuestros contemporáneos prefieren huir hacia el presente,
o «instalarse en el momento efímero». Su forma de fuga es la búsqueda
de gratificaciones a corto plazo. Puede ser por la vía del consumismo,
del materialismo, del hedonismo... Para intentar esta fuga se puede recurrir
a toda clase de adicciones: a la droga, al sexo, al alcohol, al juego,
a la consola... Estos y otros mecanismos de fuga han prendido sobre todo
en el mundo joven. Los jóvenes no tienen un pasado que añorar. Y cuando
tampoco tienen un futuro prometedor, lo normal es que se refugien en el
presente.
En el ámbito religioso han nacido y se han mantenido las grandes esperanzas
de la humanidad. Y sin embargo, también hoy ese ámbito está escaso de
esperanza. La multiplicación de sectas y grupos religiosos no son precisamente
síntomas de una esperanza creciente; son más bien síntomas de desesperanza.
Muchos de esos movimientos religiosos son de corte fundamentalista y apocalíptico.
Apenas creen que este mundo nuestro pueda ser renovado y transformado.
Por eso postulan el final del mismo y el advenimiento de un mundo radicalmente
nuevo y distinto.
A nivel individual abundan otros síntomas de desesperanza en nuestro
mundo. Una sensación de soledad y aislamiento, de incomunicación e individualismo...,
es campo abonado para la desesperanza. La soledad conduce a muchas personas
a la depresión y esta, a su vez, desencadena en ellas un proceso de aislamiento
y ensimismamiento, una ruptura con los demás. La depresión tiene muchas
causas y múltiples manifestaciones. Pero un síntoma recurrente en ella
es la desesperanza.
III. Las razones actuales para la esperanza
No todo es negro ni negativo en nuestro mundo. Ciertamente, lo negro
y negativo resalta más; es más vistoso, más espectacular; afecta y hiere
más a la vista. Y, sobre todo, es más noticiable y más comercial. Por
eso, el mercado de los medios o esa gran empresa que es hoy la comunicación
de masas recurre con frecuencia a la venta de esa cara «sensacional» o
«sensacionalista» de nuestro mundo.
Conviene mirar al mundo con realismo, y hasta con un poco de humor,
para lo cual es preciso mirar también la parte positiva, los faros de
luz y las semillas de bondad que hay en él. De lo contrario, nuestra mirada
puede oscurecerse. Podemos provocar la ceguera a base de tanto mirar los
puntos negros de la realidad.
En el mundo actual hay razones que permiten alimentar la esperanza y
seguir creyendo en ella.
Progresa la conciencia ética en la mayoría de los hombres y mujeres
contemporáneos. Es cierto que existe la permisividad, más allá de los
límites de cualquier tolerancia legítima. Sucede a nivel individual y
a nivel político. Pero también es cierto que en la mayoría de los hombres
y mujeres de nuestro tiempo crece la conciencia de que no todo está permitido,
e incluso la convicción de que no todo lo legalmente permitido debe ser
tenido por justo. Las manifestaciones contra el terrorismo, por ejemplo,
son tan persistentes como el terrorismo mismo. Y, desde luego, son más
numerosas que las manifestaciones de los terroristas o sus simpatizantes.
No es fácil medir la eficacia de dichas manifestaciones, pero son un testimonio
claro de que para millones y millones de personas no todo está permitido.
Pese a todos los fracasos éticos que actualmente experimentamos, es
preciso reconocer que la humanidad ha superado estadios de subdesarrollo
ético que hoy nos avergüenzan. Ha superado la aceptación espontánea y
normal de situaciones que hoy nos resultan a todas luces inhumanas o infrahumanas,
aunque existan aún algunos reductos de las mismas. Hubo estadios de la
historia de la humanidad en los que se dieron por naturales y legítimas
situaciones como la barbarie, la esclavitud, el vasallaje... Ciertamente,
aún existen defensores y promotores de estas situaciones. Pero hay una
novedad prometedora: al menos tienen que esconderse.
Crece también entre la mayoría de las personas y de los grupos la sensibilización
y la concienciación con respecto a algunos valores irrenunciables del
ser humano y de la convivencia humana. Entre esos valores se cuentan hoy,
por ejemplo, la prioridad de la vida, la dignidad de toda persona, los
derechos humanos, la inviolabilidad de la libertad y la justicia, la importancia
de la cultura y de los hábitos democráticos... Que todos estos valores
sean aún conculcados y violados no quita valor a la afirmación cada vez
más convencida de los mismos.
También crece el número de personas y grupos comprometidos con las causas
correspondientes a estos derechos: comités y organizaciones gubernamentales
y no gubernamentales a favor de los derechos humanos, organizaciones de
solidaridad nacional e internacional, colectivos y grupos comprometidos
con la justicia y la paz, grupos ecologistas en defensa del ambiente y
de la vida... Que muchas veces la denuncia de las violaciones de esos
valores no se traduzca en logros y conquistas reales, o que esos logros
y conquistas no satisfagan los objetivos propuestos, no resta valor a
estos compromisos, que son verdaderas razones para la esperanza.
En determinados ámbitos de la humanidad, otra razón para la esperanza
es el nuevo despertar religioso. Pese a todas las ambigüedades que suelen
acompañar a los movimientos religiosos nacientes, estos no dejan de ser
un factor de reactivación de la esperanza. El horizonte de la trascendencia
parece abrirse de nuevo, despejando de nuevo el horizonte para la esperanza.
Por lo demás, la tendencia hacia el encuentro y el diálogo entre las religiones
es una razón para la esperanza.
A nivel específicamente eclesial, no faltan los miedos, la desesperanza
y el desencanto. También en la Iglesia se ha debilitado la esperanza y
se ha vuelto vulnerable. Pero tampoco faltan motivos para la esperanza
en este momento de cambio y renovación.
En primer lugar, es motivo de esperanza el nacimiento de nuevos grupos
y comunidades cristianas. Crece la conciencia del carácter comunitario
de la fe y de la experiencia cristiana. Y cada vez es mayor el número
de cristianos que viven y alimentan su fe y su práctica cristiana desde
alguna comunidad.
En segundo lugar, se han multiplicado en la Iglesia los ministerios
laicales. Ha crecido el número de hombres y mujeres que han tomado conciencia
de su corresponsabilidad en la vida y la misión de la Iglesia. Hombres
y mujeres laicos se incorporan a distintas tareas pastorales y a distintos
ministerios eclesiales.
En tercer lugar, crece también el número de los cristianos y de los
grupos eclesiales que comparten con otros grupos creyentes y no creyentes
el compromiso por un mundo más humano y más justo. En nombre de su fe
cristiana, esas personas y grupos cristianos se comprometen en la defensa
de la justicia y la paz, de los derechos humanos, de la causa de los pobres
y los excluidos...
Y no hay que olvidar otros hechos eclesiales que también son motivos
de esperanza. Está teniendo lugar una renovación de la espiritualidad
cristiana, de la que son partícipes y beneficiarios numerosos creyentes,
laicos, religiosos, presbíteros... Se ha incrementado el acceso a los
estudios de la Biblia y de la teología, lo que sin duda contribuirá no
poco a una depuración de la espiritualidad y la práctica cristiana.
Todos estos procesos eclesiales son aún provisionales y fragmentarios.
Pero el hecho de que se hayan iniciado ya es una razón para la esperanza
en la Iglesia y también en la humanidad.
IV. Lo irrenunciable de la esperanza cristiana
Las Iglesias cristianas tienen hoy una especial responsabilidad en medio
de la historia humana: «Dar razón de la esperanza» (lPe 3,15). Deben ser
testigos de la esperanza que va más allá de las posibilidades previsibles
de los seres humanos. Es su responsabilidad afianzar de nuevo la esperanza
en las promesas que Dios ha depositado en el seno de nuestra historia,
para hacer de ellas historia de salvación. Acreditando estas promesas
las Iglesias cristianas serán capaces de avivar la esperanza o devolvérsela
al hombre y a la mujer contemporáneos. Este es el aporte específico de
la esperanza cristiana. Pero, ¿cuáles son los rasgos irrenunciables de
esta esperanza cristiana?
En primer lugar, la esperanza cristiana es una experiencia personal.
Como virtud, es algo mucho más hondo y personal que la simple profesión
verbal de esperanza, que recitamos en el credo cristiano: «Esperamos la
resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro». Es algo mucho
más hondo y personal que la mera celebración ritual de la esperanza. Nietzsche
denunciaba en un tono agrio a los cristianos por su falta real de esperanza,
a pesar de tantas profesiones verbales y de tantas celebraciones rituales
de la esperanza. «Ojalá -decía, refiriéndose a los cristianos- tuvieran
cara de más redimidos; ojalá nos cantaran cantos de esperanza!».
La esperanza cristiana, como experiencia personal, es fruto de una fe
firme en Dios, de una confianza firme en la palabra de Dios, de una seguridad
en las promesas de Dios que aseguran el triunfo final del bien sobre el
mal, de la luz sobre las tinieblas, de la vida sobre la muerte. Es una
esperanza que se mantiene firme, a pesar de que apenas encontremos signos
visibles en esta dirección.
La esperanza cristiana es realista; se caracteriza por un realismo especial,
un realismo que confía en todas las posibilidades que anidan en el corazón
de la realidad. Por eso es firme, constante y perseverante.
La esperanza cristiana no cede a la desesperanza y la desesperación,
precisamente porque cree en Dios, capaz de salvar y liberar a la humanidad
del mal y del pecado. Si en otro tiempo Dios actuó liberando a su pueblo,
resucitando a Jesús de entre los muertos, los cristianos creemos que volverá
a actuar liberándonos, que saldrá garante de sus promesas a pesar de nuestras
impotencias e incluso a pesar de nuestras torpes actuaciones en contra
de la liberación y de la salvación. Esta fue la esperanza del pueblo en
el Antiguo Testamento, la esperanza de Jesús, la esperanza de los cristianos
que nos han precedido con el signo de la fe. No hay esperanza sin fe.
Esa esperanza es un don, una gracia, que nos es dada; no es simple conquista
humana, aunque no nos dispensa de nuestra responsabilidad. Es virtud teologal,
don y gracia del Espíritu de Dios que la infunde y la sustenta en nosotros.
Para los cristianos esta es la razón fundamental que les induce a seguir
esperando. Y, al mismo tiempo, esta es su responsabilidad ante los hombres
y mujeres de nuestro tiempo: dar testimonio de la esperanza contra toda
esperanza.
La esperanza cristiana es, por supuesto, una virtud personal, pero también
es una virtud comunitaria. Nace, se alimenta y se sostiene en el interior
de la comunidad cristiana. Necesita, por supuesto, de la fe personal,
pero también necesita del apoyo de la comunidad, sobre todo en tiempos
de crisis.
La esperanza cristiana es una esperanza también para el mundo presente,
para el mundo del «más acá». No mira sólo al mundo futuro del «más allá»,
provocando la fuga de este mundo y de las responsabilidades históricas,
como tantas veces se interpretó la esperanza cristiana. Es una esperanza
que se encarna en la historia presente. Los cristianos creemos que también
las cosas, las situaciones, las personas..., deben y pueden cambiar y
ser trasformadas. No invita a la huida del mundo, sino a un compromiso
serio y sostenido para transformar este mundo según la voluntad de Dios.
«El reino de Dios está presente y actuante en medio de vosotros», clamaba
constantemente Jesús.
La esperanza cristiana tiene su fundamento en las promesas del reino
de Dios. ¿Y cuáles son esas promesas?, ¿cuál es el contenido de las mismas?,
¿qué debemos esperar confiados en las promesas de Dios? Son promesas de
justicia, de paz, de reconciliación, de liberación de todas las esclavitudes
que nos acosan. Por eso, el reino de Dios tiene algo o mucho de utopía:
su realización plena siempre está por delante de nosotros, más allá de
cualquier conquista humana, más allá de cualquier paraíso terreno. La
consumación del Reino o la realización plena de las promesas del Reino
no tiene su lugar en el mundo presente ni en la historia presente. Aquí
la realización es sólo parcial. Precisamente por eso es objeto de esperanza.
Pero el reino de Dios no es mera utopía, no es una vulgar ilusión: en
nuestro mundo y en nuestra historia hay ya realizaciones parciales del
mismo; hay logros parciales de justicia, de paz, de reconciliación, de
liberación. Poner y seguir poniendo signos concretos de justicia y paz,
de reconciliación y liberación, es una forma de hacer creíble la esperanza
cristiana. Es una forma de testimoniar que el reino de Dios se está realizando.
Es una forma de confortar a los hermanos en cualquier tribulación, y de
avivar su esperanza. Jesús alimentó la esperanza del pueblo predicando
y poniendo gestos concretos que devolvían la esperanza a los pobres, a
los pecadores, a los excluidos... Dar razón de la esperanza cristiana
no es cuestión de largos razonamientos, sino de testimonios transparentes.
Consiste en abrir posibilidades de futuro para todas las personas.
Y la esperanza cristiana es solidaria. No es la esperanza de una Iglesia
encerrada sobre sí misma, de una comunidad espiritual aislada y separada
del resto de la humanidad, o totalmente ajena a las angustias y esperanzas
de los hombres y mujeres de nuestro mundo. Es una esperanza misionera.
Está destinada a expandirse en todos los sectores de la sociedad. Por
eso los cristianos, animados por la esperanza, deben ser solidarios con
todos los hombres y mujeres de cualquier credo e ideología, que luchan
por construir un mundo más humano y más justo. Deben prestarse a colaborar
con ellos en todos los ámbitos de la actividad humana: en la política,
en la economía, en las actividades culturales y educativas... La verdadera
esperanza cristiana debe ser hoy una esperanza ecuménica en el sentido
más amplio de la palabra. No se trata sólo de colaborar con miembros de
otras confesiones cristianas o de otras denominaciones religiosas. Se
trata de colaborar con todas las personas y los grupos que trabajen por
el bien y la verdad, por la justicia y la paz, por la vida y la dignidad
de las personas. Ninguna de estas personas debería sernos ajena.
V. Desafíos para sostener la esperanza
La esperanza, decía Charles Péguy, es la hermana más débil, más frágil,
más vulnerable, de las tres virtudes teologales. Por eso necesita especiales
cuidados. Es necesario cultivarla permanentemente y reforzarla sin descanso.
En primer lugar,
es necesario rescatar y potenciar el carácter experiencial de la esperanza
humana y cristiana. Es una experiencia de confianza que se siente en lo
más hondo del ser personal, se profesa en la comunidad, se celebra en
la liturgia, se testimonia en la vida. Pero es, sobre todo, una experiencia
de fe y confianza.
Para alimentar la esperanza cristiana es preciso recuperar los hábitos
de oración, de silencio, de meditación, de contemplación del misterio
de Dios, puesto que se trata de una esperanza basada en el misterio de
Dios, en las promesas del Reino. Y es preciso alimentar la esperanza con
liturgias y celebraciones más vivas, más sentidas, más cercanas a los
gozos y las tristezas de cada día.
En segundo lugar,
es preciso poner prácticas comunitarias o incorporarse a alguna comunidad,
para cuidar, alimentar, fortalecer y avivar la esperanza. La esperanza
amenazada necesita el refuerzo de la comunidad. Los aislamientos, las
soledades, los individualismos... suelen ser vías seguras hacia la desesperanza
y desesperación. El debilitamiento de las comunidades y grupos primarios
ha conducido a muchas personas al cultivo del individualismo, y las ha
arrojado en la soledad y la incomunicación. Nunca se había hablado tanto
de comunicación y nunca quizá se había experimentado tanta soledad. Y
es que el suelo de la vida humana es la comunidad.
En tercer lugar,
es preciso poner realismo en la esperanza cristiana y combinarlo con un
sano optimismo. Para ello es necesario saber en qué mundo estamos, cuáles
son los problemas de este mundo, cuáles son las razones de las desesperanzas
propias y ajenas. Es preciso mantener la esperanza en medio de la realidad.
Es la única esperanza real y eficiente. Por eso, hoy debemos mantener
la esperanza cristiana y levantar la esperanza de la humanidad mientras
nos hacemos conscientes y solidarios de los problemas que ensombrecen
nuestro mundo: la pobreza masiva, la injusticia estructural, la marginalidad
creciente, la violación sistemática de los derechos humanos, el terrorismo
y todo género de violencia...
Sin embargo, al mismo tiempo, para avivar la esperanza, es necesario
mirar al mundo y a la humanidad con optimismo. Es una invitación a abrir
los ojos, a mirar el presente y el futuro con ojos de fe, a mirar al mundo
y a la historia con optimismo teológico, a descubrir lo que en la realidad
hay de prometedor.
Un optimismo es sano cuando, sin ignorar lo que en la realidad hay de
negativo, sabe ver también lo que en ella hay de positivo, las posibilidades
de futuro que ofrece. Ni todo en el mundo y en la humanidad es negativo,
ni el presente es la última posibilidad de la historia humana. Y un optimismo
es teológico cuando está inspirado en la fe, cuando asume dos supuestos
teológicos irrenunciables: esta creación es fundamentalmente buena; la
nuestra es una historia de salvación y redención.
Por eso la pedagogía y la pastoral de la esperanza reclaman de los cristianos
dos ejercicios urgentes para neutralizar el pesimismo expansivo. En primer
lugar, es preciso detectar y reconocer los signos de vida presentes en
la sociedad. En segundo lugar, es preciso reforzar desde la fe cristiana
el optimismo teológico. La fe cristiana sabe que la realidad tiene en
su seno posibilidades más hondas que las que aparecen en los hechos brutos
de la superficie.
En cuarto lugar,
es necesario mirar y relacionarse con el mundo y la humanidad con compasión
y misericordia. El autor de la Carta a los hebreos apela a la compasión
y la misericordia de Cristo para animar la esperanza de los cristianos:
«Pues no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras
flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado»
(Heb 4,15). «Y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados
por estar también él envuelto en flaqueza» (Heb 5,2).
Poner compasión y misericordia en nuestra sociedad es otro camino para
avivar la esperanza, propia y ajena. La esperanza se alimenta de misericordia,
porque somos seres vulnerables y vivimos en una historia llena de heridas.
Para ejercitar la compasión y la misericordia, es preciso superar la apatía
o la indiferencia ante el mundo, es preciso evitar la antipatía o la condena
sistemática del mundo y es preciso adoptar una actitud de empatía o simpatía
frente al mundo.
En quinto lugar,
es necesario combinar los análisis de las ciencias sociales sobre todos
estos problemas, con la lectura meditada de la palabra de Dios. Quizá
fue H. U. von Balthasar el primero, pero ciertamente no el último, que
afirmaba: los cristianos deben caminar con el periódico en una mano y
la Biblia en la otra. Con el periódico en una mano para saber en qué mundo
estamos y qué sucede en torno a nosotros, qué enemigos tiene actualmente
nuestra esperanza, y qué signos de esperanza brotan en esta humanidad.
Con la Biblia en la mano, para saber qué mundo quiere Dios y cuál es nuestra
responsabilidad en la construcción de ese mundo que Dios quiere.
En sexto lugar,
para avivar la esperanza es necesario poner signos del Reino o promover
la justicia y la solidaridad. Los signos de Dios tienen una fuerza especial
para avivar la esperanza, pues testifican que lo que se anuncia está ya
en marcha, está realizándose, que las promesas no son falsas ilusiones.
«Aunque a mí no me creáis, dice Jesús, creed por las obras» (Jn 10,38).
Ahora bien, ¿cuáles son los signos más significativos del reino de Dios?
¿Qué signos acreditan especialmente la esperanza cristiana?
Se trata de signos próximos a la historia de cada día. Signos en esta
dirección son: los signos de compasión y misericordia, que recuperen el
valor de la gratuidad o del don sobre el comercio, la solidaridad sobre
la competencia, el diálogo sobre la venganza y la confrontación; la opción
afectiva y efectiva por los pobres, los excluidos, las víctimas (pobres,
mujeres, minorías étnicas, drogadictos, deficientes...); compromiso y
lucha por la justicia, la paz y los derechos humanos; gestos de solidaridad
con personas, grupos y pueblos necesitados.
En séptimo lugar,
es preciso avivar la esperanza participando y colaborando con los grupos
y organizaciones que se mantienen firmes en la lucha para superar todos
esos problemas que hacen peligrar la esperanza de la humanidad, la nuestra
y la de los demás.
Finalmente, como cristianos hemos de alimentar la esperanza con la memoria
de Jesús. Él confió y esperó en Dios Padre incluso más allá de la propia
muerte y del aparente fracaso en el que terminó su vida terrena.
Y, sin embargo, el autor de la Carta a los hebreos nos presenta a Jesús
como modelo de confianza y esperanza en medio del sufrimiento: «El cual
(Cristo), habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas
con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue
escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo con lo que padeció
experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en
causa de salvación eterna para todos los que le obedecen» (Heb 5,7-9).
Y el mismo autor nos invita a poner los ojos en Jesús, para mantenernos
firmes en la fe y en la esperanza: «Por tanto, también nosotros, teniendo
en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el
pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone,
fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma nuestra fe... Fijaos
en aquel que soportó la contradicción de parte de los pecadores, para
que no desfallezcáis faltos de ánimo. No habéis resistido todavía hasta
llegar a la sangre en vuestra lucha contra el pecado» (Heb 12,1-4).
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