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Tema 3º: Un proyecto solidario: solidaridad con el pobre....vivida desde la desapropiación para la libertad y el don...Una breve aclaración al inicio del presente tema. La "pobreza" es un tema con infinidad de matices en la tradición franciscana, uno de los cuales es la "opción por los pobres". Ya que en el presente curso y en el siguiente aparece el tema de la "opción por los pobres", tomamos la determinación de hacer en lo que sigue una presentación más general de "la pobreza", puesto que tratamos de clarificar cuál es nuestro proyecto de vida, y así dejar las concreciones para el próximo curso. 1.- ¿CÓMO ENTENDER LA POBREZA DE JESÚS?La Encarnación de Jesucristo, el Señor que se hace hombre, constituye una opción radical. Este fue su máximo empobrecimiento: hacerse hombre, es decir elegir la pobreza del ser. Y Jesús es coherente con esta opción primera de abajamiento durante toda su vida. Empieza plantando "su tienda entre nosotros" (Jn 1, 41) y termina "fuera de la ciudad" (Hb 13, 12) despojado en la cruz. Y entre este prólogo y este epílogo va discurriendo toda su vida en clave de pobreza: "no habla lugar para ellos en la posada" (Lc 2, 7), los pastores, del gremio de los despreciados de entonces, son los primeros llamados a verle y testimoniarle; sus padres ofrecen "en sacrificio un par de tórtolas o pichones" (Lc 2, 24)... Muy resumidamente se podría decir que Jesús se encarnó en una existencia desinstalada, marginal, más o menos errante, desposeído no sólo de cosas en una ascesis de cierta austeridad, sino más aún de situaciones de poder y de privilegios con todo lo que ellas llevan. El sentido final de la pobreza de Cristo será la ley del amor: amor al Padre y amor a los hombres. Este amor es el que determina su pobreza: solidaridad con todos los pobres de todos los tiempos, los abandonados, los que tienen forma de esclavo... Solidaridad en el amor. Pablo lo expresa así: "El, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos. Así, presentándose como simple hombre, se abajó, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz" (Flp 2, 1-7). Este fue el máximo empobrecimiento de Jesús. No tratamos de canonizar a través de la vida de Jesús la pobreza meramente material sino el corazón del pobre. De tal manera que la pobreza se transforma en misterio, en el cual la riqueza de Dios se nos hace accesible (cfr. 2 Cor 8, 9). Así esta pobreza de corazón no es fruto de un imperativo moral o jurídico sino de la solidaridad y de una absoluta libertad que transforma toda la persona y le proporciona el gozo de sentirse pequeña ante Dios y en fraternidad con los desposeídos de la tierra. La pobreza en el Nuevo Testamento se puede resumir en torno a la ley del amor y caridad. Así lo entendió también la primitiva comunidad. En efecto, lo que el Evangelio y los Hechos dicen de los pobres no apunta hacia un ideal de pobreza sino de caridad. En el fondo se está hablando de una fraternidad en que no haya pobres. Más que de carecer se trata de compartir. La perspectiva no es primordialmente ascética sino sobre todo fraterna. El desprendimiento de los bienes está visto en clave de comunión y solidaridad más que de ascesis y de austeridad. No se trata de despojarse sin más sino de despojarse de los bienes para compartirlos con los que tienen menos. La pobreza describe, por tanto, la condición real del hombre pecador confrontado con la salvación traída por Cristo. Describe la disposición apropiada de humildad y mansedumbre que debería caracterizar la respuesta del hombre a la salvación. La pobreza evangélica significa, además, la indivisión del corazón del hombre cuando, enfrentado con la realidad de las cosas últimas y de lo absoluto, ha de hacer una elección irrevocable e incondicional. Finalmente, la pobreza es la elección espontánea que hace el cristiano lleno de amor cuando toma conciencia de la horrenda miseria de sus hermanos los cristianos, y de su propia capacidad para aliviar sus necesidades. En todo esto, el cristiano se conforma a Cristo pobre. 2.- ¿CÓMO LA ENTENDIÓ-VIVIÓ FRANCISCO DE ASÍS?
Lo que incitó a Francisco a renunciar a todas las cosas y a cantar las alabanzas de su Creador fue el puro amor de Cristo y una profunda conciencia de la realidad del Reino de Dios y de la gracia salvífica. Con verdadero espíritu evangélico, imprimió de tal manera en los hombres el verdadero valor del Reino que las realidades y valores seculares quedaron reducidos automáticamente a lo que son y no más. Cristo no denunció las riquezas; las ignoró. Esto, en sí mismo, es su apostolado. De aquí se sigue que los motivos del desprendimiento evangélico para Francisco no son de orden ascético, apostólico, ni tampoco de orden contestatario. Lo que para Francisco impone el desasimiento evangélico es la Mística del Reino. Contemplativo nato, Francisco se sumerge familiarmente en la triple intimidad de las Personas implicadas en la construcción de esta comunidad de salvación que es el Reino:
A partir de aquí, podemos apuntar algunas notas que caracterizaron la vivencia de la pobreza por Francisco de Asís: la pobreza de espíritu: consistía en ver en la creación visible y en los acontecimientos humanos la mano de la divina Providencia. El día en que fue desheredado, san Francisco pronunció fervorosamente la primera verdad que había aprendido en la escuela de la pobreza: «Desde ahora diré con libertad: Padre nuestro, que estás en los cielos». He aquí la nota clave de la pobreza franciscana.
3.- ¿CÓMO LA HEMOS DE VIVIR HOY EN DÍA?Lo que Francisco vivió y que hoy nos propone a cada uno de nosotros, es una meta, un ideal que, por serlo, permanecerá inasequible, pero deberá ofrecerse íntegro como un horizonte hacia el que se quiere siempre avanzar. No conseguirlo será culpa sólo de nuestra limitación. Aceptar estos límites en la vida práctica, pero tratar de superarlos mediante una constante revisión del espíritu, será la mejor garantía de que se marcha de cara al ideal. Ofrecemos algunas pistas para vivir la pobreza evangélica hoy: a) Para recobrar el espíritu pobre es imprescindible la vida de conversión. La pobreza franciscana no se la entiende si no se la elige, y no se la elige si uno no se convierte, si no «cambia su mente y su corazón». b) Pobreza real y sincera. - «Aprender de los pobres la pobreza», fue la respuesta, al comienzo de la segunda sesión del Concilio Vaticano II, a un proyecto sobre el modo de «enseñar a los pobres el sentido de la pobreza evangélica». No llevemos al mundo una pobreza prefabricada, es decir, una fórmula de pobreza ascética, hecha un poco a nuestra medida y un poco a nuestra conformidad, de forma que nos permita vivir la virtud de la pobreza, guardar la Regla, pero sin experimentar la pobreza. La pobreza es una realidad que tenemos a la vista, y lo mismo que Jesús, lo mismo que Francisco en su tiempo, hemos de ir al pobre para saber cómo tiene que ser nuestra pobreza. c) Hoy más que nunca «peregrinos y forasteros».-El pobre de hoy, emigrante virtual siempre en busca de los medios de vida -del campo a la ciudad, de los países pobres a los países ricos, de los barrios al centro urbano-, es para un franciscano la encarnación palpable del misterio del Cristo huésped y peregrino. Hoy más que nunca es posible y urgente este carácter primordial de la pobreza. Pobreza franciscana entraña inseguridad, existencia precaria; entraña también el empleo de medios pobres, renunciando a grandes instalaciones, a recursos de prestigio y de influencia, nos obliga a depender de otros, a colaborar con otros que quizá se llevarán la gloria y el provecho temporal, a tener que contar con nuestros hermanos ricos o pobres para llevar adelante nuestras iniciativas. Esta preferencia por los medios pobres nos hace vivir del trabajo. El misterio de la pobreza es inseparable del misterio del trabajo. Lo sabemos por la vida de Jesús y por el ejemplo y las enseñanzas de san Francisco, que lo impone a los suyos por tres motivos: procurar el sustento, evitar la ociosidad y dar testimonio. d) Ir a los pobres. - No sólo para aprender la pobreza, sino porque si a toda la Iglesia incumbe el deber primario de «evangelizar a los pobres», a nadie corresponde mejor esta misión en la Iglesia que a los hijos del Poverello. La fraternidad misma debe nivelarse a los pobres, viviendo junto a ellos. e) Pobreza humilde y alegre. Es el sello franciscano que debemos poner en nuestro testimonio al hombre de hoy, materializado, angustiado por el afán de tener y de gozar, triste en medio de tantos progresos técnicos. Hay una indigencia profunda del mensaje de Francisco de Asís, de pobres que canten y rían porque nada tienen que perder y nada ambicionan, que no tienen con quién competir ni de quién recelar, porque Dios es Padre y porque en el Cristo tenemos nuestra esperanza de las riquezas de la ciudad futura. Este mundo angustiado, aturdido de su propio potencial científico, tiene necesidad otra vez de los juglares de Dios. f) La vida evangélica en pobreza tiene la paz como horizonte. Quien se siente llamado a vivir según los valores y la espiritualidad franciscana, tratará de predicar lo que vive, es decir, el evangelio de la vida de pobreza en pro de la paz. Tiene también a su cargo mostrar que este ideal puede realizarse en todo tipo de relaciones humanas y que es promesa de la paz celestial. CUESTIONES PARA EL DIÁLOGO1.- ¿Te crees que eso de la pobreza, de la austeridad, del mezclarse con los "perdedores de la historia", del compartir es un camino de liberación, de justicia, de paz; o por el contrario, crees que de seguirlo, nos veríamos todos abocados a una mayor miseria? En cada caso, ¿qué signos percibes en ti que así te lo hacen corroborar? 2.- "Cuanto más das, más recibes". Esta frase es fácil oírla en ambientes cristianos y no cristianos. ¿Qué opinión te merece? ¿has tenido experiencia de esto? ¿querrías compartirla? 3.- Crees que tus alumnos están preparados para recibir valores como los que aquí se presentan? ¿qué análisis harías de su situación que te permiten ver cosas positivas y negativas: consumismo, marcas, solidaridad, sensibilidad...? 4.- Como comunidad educativa, ¿qué podríamos hacer para que el testimonio de pobreza, humildad, paz, sencillez fuese más creíble en todo el centro?, ¿y en tu aula?
TEXTOS PARA LA REFLEXIÓNEL NIÑO Y SU HELADO En los días en que un helado costaba mucho menos, un niño de 10 años entró en un establecimiento y se sentó en una mesa. La mesera puso un vaso de agua enfrente de él. - ¿Cuánto cuesta un helado con chocolate y maní? -Preguntó el niño. CAMBIAR YO PARA QUE CAMBIE EL MUNDO El sufi Bayazid dice acerca de sí mismo: "De joven yo era un revolucionario
y mi oración consistía en decir a Dios: ‘Señor, dame fuerzas para cambiar
el mundo'". "A medida que fui haciéndome adulto y caí ne la cuenta de
que me había pasado media vida sin haber logrado cambiar a una sola alma,
transformé mi oración y comencé a decir: ‘Señor, dame la gracia de transformar
a cuantos entran en contacto conmigo. Aunque sólo sea a mi familia y a
mis amigos. Con eso me doy por satisfecho'". (Anthony de Mello) Siguiendo a Jesús, pobre, humilde y huésped, adoptamos la vida y condición de los pequeños de la sociedad, morando siempre entre ellos como menores, conduciéndonos de tal manera que nadie se sienta distanciado de nosotros, sobre todo los que de ordinarios e encuentran más desprovistos de cuidados sociales y espirituales. Se trata, ciertamente, de compartir su vida. Pero esto no nos dispensa de sentirnos llamados a vivir en este mundo como promotores de la justicia y como heraldos y artífices de la paz, defendiendo los derechos de los oprimidos, plenamente persuadidos de la importancia y gravedad de los problemas sociales, esforzándonos en que los derechos y la dignidad humana de todos se vean respetados y garantizados... El grito de los pobres reclama con insistencia profetas y evangelizadores que tengan el valor de estar a su lado, fecundando sus luchas y sus organizaciones con la visión de la fe con la experiencia de Dios, e identificando con claridad cuáles son las situaciones y las raíces del "pecado social". Urge que seamos profetas y evangelizadores capaces de armonizar fe y vida, haciendo de la opción evangélica por los pobres una realidad viva y constitutiva de nuestra forma de existencia evangélica y, consiguientemente, de nuestra misión evangelizadora. (Hermann Schalück, ex-ministro general de la OFM) Nosotros, como hijos del Patriarca de los Pobres y especialistas en pobreza dentro de la Iglesia, deberíamos ser más conscientes de nuestra obligación. Deberíamos dar, con la palabra y el ejemplo, un testimonio colectivo de pobreza en nuestras vidas. Cometeríamos un pecado de omisión si nuestra Orden estuviera ausente del movimiento que inspira los corazones generosos de nuestros contemporáneos a promover la causa de los pobres y de los necesitados. Ser «pobres» según el ideal religioso tiene un considerable prestigio, pero es de poco prestigio ser pobres de hecho. La Iglesia nos invita hoy a una renovación, a una metanoia evangélica o cambio de corazón, individual y colectivamente. El mundo está clamando por una mayor autenticidad y sinceridad en nuestras vidas, y esto para nosotros, seguidores de Francisco, significa, en primer lugar, autenticidad en nuestra pobreza. (Brendan O'Mahony, Ofm.Cap) La virtud de la pobreza no tiene sentido si no es en relación con la caridad. Pero el amor no sólo es una actitud ante el «hermano»; es también una actitud ante el "Padre". En consecuencia, el deber de pobreza, cuantitativamente hablando, desbordará siempre en el cristiano las fronteras del problema social. En el supuesto de que un buen día se instaurase una sociedad justa y fraterna en la que desapareciera toda desigualdad social y en la que cada ciudadano nadase en la opulencia de una sociedad de superconsumo, ¿ya no tendría nada que decirnos el Evangelio? En cualquier hipótesis, la palabra de Cristo permanece dura de entender: nadie entrará en el Reino si no es efectivamente pobre y desasido. Pues la acumulación de bienes ya constituye por sí misma un riesgo enorme: nos acoraza contra Dios; invierte el objeto de nuestra confianza (¿Dios o Mammón?, o lo que no es mejor: ¿Dios o Prometeo?); en fin, descalifica y se mofa del sentido de nuestra muerte (y por tanto del sentido de nuestra vida), es decir, de ese instante recapitulativo esencial en que el Amor que extiende los brazos tan sólo puede acoger a un amor desnudo. (Jean-Joseph Buirette, ofm)
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