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1º: Un Proyecto social: la fraternidad.

Desde la experiencia de Dios como Padre se descubre la fraternidad humana

I. BREVE EVOCACIÓN DE LOS PRESUPUESTOS FUNDAMENTALES

1) Centralidad del amor al otro

a) El gran pensador religioso hebreo Martín Buber, sin duda el más profundo analizador de la relación interpersonal y de la vida en diálogo, escribía, en su obra "Ich und Du" (Yo y Tú), que el hombre llega a ser él mismo mediante su relación con el otro: "Al llegar a ser Yo, pronuncio el Tú" y "Toda vida verdadera es encuentro" (La vie en dialogue, Aubier, p. 13). En esta afirmación hay una verdad fundamental, que se encuentra inscrita en la misma estructura del hombre, psíquica y física, como también en lo que constituye lo mejor de la reflexión secular de la humanidad. Es imposible existir, llegar a ser plenamente uno mismo, sin abrirse al otro, sin recibirlo en la reciprocidad. Y, para que este encuentro mutuo no sea ni indiferente, ni esclavizante, ni explotación, sino promoción y crecimiento, hace falta que el encuentro se realice bajo el signo del amor. De este modo, en el plano simplemente humano aflora ya la convicción de que el amor es la fuerza central de la existencia.

b) Cuando Dios interviene en la historia y se escoge un pueblo, se revela a Israel como aquél que lo ama apasionadamente, exigiendo del hombre el amor a su prójimo: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Lv 19, 18). Al mismo tiempo que la exigencia de amar a Dios, este mandamiento es declarado por Jesús como el más grande, en el cual se resume toda la Ley, así como los Profetas (Mt 22, 39). Tanto Pablo (Rm 13, 8-10) como Juan ven aquí el corazón de la Alianza Nueva; Juan resume de esta manera la esencia del cristianismo: "Este es su mandamiento: creer en el nombre de su Hijo Jesús y amarnos los unos a los otros" (1 Jn 3, 23). Habiendo hecho por medio del Espíritu la experiencia del amor gratuito e incondicional de Dios en sí mismo (Rom 5, 6-10), el creyente, radicado como un árbol en este amor (Ef 3, 17), puede y debe amar a sus hermanos, como Jesús los amó (Jn 13, 34). Sí, el centro de la fe cristiana es el Ágape, el amor que brota de las mismas profundidades de Dios, que se derrama sobre todos los hombres (Mt 5, 45) y les permite, por su misma potencia, volverse los unos a los otros para amarse a ejemplo de Dios.

c) No es nada sorprendente que Francisco, conducido por el mismo Señor (Test 14) al descubrimiento de su evangelio, haya concedido un lugar central al amor en su proyecto de vida. La Regla primera le dedica todo el capítulo once, así como otros pasajes (4, 3-4; 9, 13-14); la Regla definitiva toma de nuevo con vigor la fórmula lapidaria ya utilizada en la primera regla (9, 14): "Si una madre alimenta y ama a su hijo carnal, con cuánto mayor cuidado debe amar uno y alimentar a su hermano en el Espíritu" (cap. 6). Creemos que haber inventado esta imagen del amor materno, el haberla mantenido firmemente a través de las diversas redacciones, muestra bien a las claras la importancia única que se atribuye al amor en la vida de los hermanos.

2) Tres espacios concéntricos del amor

a) El amor es un dinamismo universal. Siendo todo hombre mi prójimo, mi hermano, mi amor, este deseo de apertura y de acogida, deberá dirigirse al hombre en sí, a toda la humanidad. Como meta y aspiración, debo estar dispuesto a amar, a valorar, a mirar con benevolencia a todo ser humano.

b) Pero un amor universal tal, por necesario que sea, permanece como una disposición, una voluntad general; hace falta pasar a la realidad concreta, bajo pena de quedarse en el sueño. Esta realidad concreta son los hombres que yo encuentro en el decurso de mi existencia y con los que yo entablo lazos, más o menos fuertes. Esto puede ir desde el desconocido que pasa por la calle al que yo presto un servicio ocasional, hasta los padres; amigos, hermanos, a los cuales me unen mil lazos de necesidad o de familiaridad.

c) En fin, el amor más fuerte y más exigente es el que se me pide para los hombres a los que he ligado mi vida. Esto se aplica a los siguientes grupos humanos: pareja, familia, comunidad, que quieren ser más que una mera yuxtaposición ocasional de individuos reunidos en vista a la acción o al trabajo. Aquellos con los que cada día comparto la casa y el alimento, con los que intento vivir un mismo proyecto evangélico, que forman parte de algún modo de mi existencia, me exigen el amor más fuerte y más difícil. En tales situaciones es cuando se prueba la veracidad del amor; lo demás no es más que ideología y discurso vacío. Es fácil amar a la humanidad en general o, también, a aquellos que en los encuentros ocasionales no manifiestan sus deficiencias; pero el amor más auténtico es el que ha sufrido, sin flaquear, la prueba y el desgaste de la vida cotidiana.

3) La fraternidad, gracia de nuestro tiempo

A este amor, corazón incandescente de la revelación de Dios y del hombre, siempre estamos invitados, pero hoy de manera más particular. En un mundo de técnica y de socialización, donde las relaciones humanas están amenazadas por una organización y estructuras impersonales, es necesario, más que nunca, que brille la llama del amor. "En esto se reconocerá que sois mis discípulos: que os améis los unos a los otros" Jn 13, 35). En nuestra Orden, un signo, sin duda exterior, del descubrimiento de esta dimensión, son las palabras "hermano" y "fraternidad", que reaparecen con fuerza en nuestros textos (la palabra frater ha reemplazado a religiosus en nuestras CC.GG.), y, sobre todo, el esfuerzo de crear en todos los lugares verdaderas fraternidades, sean grandes o pequeñas. De hecho, no nos es permitido sustraernos a esta gracia del amor y de la benevolencia franciscanas.

II. EXIGENCIAS CONCRETAS DE LA VIDA FRATERNA

1) Actitud fundamental

Tras esta evocación de los principios, debemos pasar ahora a la realidad viva, a esquematizar con rápidos toques lo que significa para nosotros la fraternidad.

a) Lo que constituye la base de toda vida común es la acogida recíproca e incondicional, sin utopismos, siempre reestrenada. La acogida es el reconocimiento del otro como valor absoluto. Simpático o no, enfermo o sano, útil o molesto, que vea yo sus cualidades o no vea más que sus defectos, percibo en su existencia un don, un valor único, una manifestación misteriosa de la riqueza divina. Con Clara de Asís, doy siempre gracias a Dios por haberlo creado a él como me ha creado a mí. Porque Dios me ha amado sin condiciones cuando yo era, y continúo siendo, pecador, me esforzaré por ver en este hermano que me ha dado, un ser amado por el que no ha perdonado a su Hijo (Rom 8, 22) Una tal mirada me revelará, poco a poco, la riqueza humana y divina de este hermano por el que Cristo ha muerto (Rom 14, 15), me enseñará a aceptar lo que él es, a gozarme en él, a felicitarme por él. Tal es el amor con el que Dios me ha amado, y que me exige tener para con este hermano concreto que se encuentra en mi camino.

b) Sin embargo, este amor será sin utopismos. Reconociendo la ceguera que me impide ver muchas veces los lados positivos del otro, no negaré tampoco sus deficiencias, sus defectos, ni siquiera el mal que hay en él. Seré consciente, por otra parte, de que también yo tengo el mismo mal y de que mi acogida debe recomenzar cada día.

c) El milagro del Ágape (Amor) divino es, precisamente, la capacidad de no desesperar, de recomenzar siempre, de perdonar indefinidamente, de saber esperar. Aquí está la misericordia -las "vísceras de Dios que se estremecen y se remueven cada mañana (Lm 3, 22-23; Is 63, 15), que el apóstol Pablo, siguiendo a Jesús (Lc 6, 36), nos recomienda ejercer sin interrupción (Col 3, 12-15; Ef 7, 2). Puesto que mi hermano es débil y pecador, sin turbarme por su mal, lo debo amar más (Carta a un Ministro). Este esfuerzo de acogida ha de comenzar siempre de nuevo, como dice el Señor, hasta 70 veces 7 (Mt 18, 22).

d) Semejante voluntad de acogida incondicional, realista, misericordiosa, ejercida en la igualdad fraterna es, junto con el amor a Dios, el valor central de nuestra existencia franciscana. Pero no es suficiente reconocerlo teóricamente, es necesario, por el contrario, que la vida fraterna sea el primero de nuestros intereses, el centro de gravedad de nuestras vidas, el tesoro a donde va nuestro corazón. Hace falta creerlo, dar a la fraternidad la prioridad sobre las otras relaciones, sobre los otros centros de interés.

2) Construir cada día la fraternidad

Si el amor así concebido ocupa el primer lugar en nuestras vidas, si lo despertamos continuamente cuando se adormece, podemos construir cada día la fraternidad concreta. Podemos compartir toda nuestra existencia, desde los simples detalles de la vida material hasta la más elevada búsqueda espiritual.

a) Nos sorprende el encontrar la exhortación de Francisco al amor maternal hacia el hermano en un contexto de necesidad material de comer y de beber (1 R 9, 13-15; 2 R 6). Se debe procurar al hermano lo necesario en este campo: es así como se manifestará el amor verdadero, hecho, no de palabras, sino de verdad (1 Jn 3, 18; 1 R 11, 5). Los detalles materiales, económicos, domésticos, del alimento, de las fiestas, son como el vestido de nuestra vida común. Es aquí donde se realiza el enraizarse concreto de la fraternidad. Es aquí donde cada uno se afirma en su humilde verdad y donde se ejerce realmente la acogida o el rechazo del otro. Descuidar esta base elemental, en nombre de un falso espiritualismo, es querer construir un edificio sobre la arena.

b) En verdad, el compartir fraterno abraza todos los campos de la vida: intereses y búsquedas intelectuales, trabajo, empeños y proyectos, oración y experiencia espiritual de cada hermano y de toda la fraternidad. Se realiza entre los hermanos y dentro de toda la comunidad de una forma espontánea u organizada. Exige la buena voluntad por parte de todos, el deseo de la paz, la benevolencia, sin negar ni eliminar artificialmente las divergencias de opinión, las oposiciones, incluso los conflictos. Porque el enfrentamiento, el conflicto, las mismas heridas forman parte de la vida común, y la victoria del amor consiste en saberlas aceptar y superar, permaneciendo todos unidos.

c) Si, en la vida fraterna, la puesta en común de sí mismo y de lo que se tiene exige de cada uno que se abra y que se entregue a su hermano, debe quedar a salvo, sin embargo, un gran respeto, que es necesario en las relaciones mutuas. La persona es un misterio que sólo Dios conoce; por ello, debemos circundarla de reverencia, dejarle un espacio de soledad, una cierta distancia. La soledad es frecuentemente un vacío, un sufrimiento, pero hay una que constituye el medio indispensable para la profundización, el crecimiento y la identidad de la persona. Ella es el espacio -el desierto- donde tiene lugar el encuentro de Dios y con uno mismo.

III. CONCLUSIÓN

Tantas cuestiones apenas esbozadas, otras dejadas de lado; ¿hemos tocado lo esencial, el punto central? Al hablar del amor fraterno, no hemos hecho más que escuchar y agitar palabras. Lo esencial queda todavía por hacer: con paciencia, con humildad, con misericordia, recomenzar cada día a construir, con nuestros hermanos, con quienes nos encontramos en la vida, algo de la verdadera comunidad.
Si somos hermanos entre nosotros, aparecerá un signo dentro de la Iglesia y en el mundo de los hombres. Nuestro proyecto de fraternidad, de grupo, será como un pequeño inicio del Reino de Dios, de ese mundo nuevo donde el hombre, acogido y comprendido, considerado como igual, se reconoce finalmente libre y llega a ser él mismo. Aun siendo frágil, amenazado y muy relativo, un signo así es el que más falta hace en el mundo, y también el que habla más fuerte. "Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a nuestros hermanos" (1 Jn 3, 14).

UNA VISIÓN DE FUTURO: LA PAZ Y LA FRATERNIDAD (Eloi Leclerc)

La PAZ franciscana tiene un nombre, un rostro: la FRATERNIDAD. La Fraternidad, en cuanto que es portadora de una esperanza para toda la humanidad.

Desde muy pronto, jóvenes de Asís y de toda la región se incorporaron a la nuera vida iniciada por Francisco. Decenas de jóvenes primero, centenares después, miles luego. Cabe preguntar por qué. A decir verdad, se abalanzaban a la vida de pobreza porque vislumbraban al final del camino la alegría de la fraternidad.

La idea de fraternidad flotaba en el ambiente de la época. Ella había impulsado al pueblo humilde de las ciudades, junto con los ricos comerciantes, a rechazar el poder señorial y su sistema de vasallaje, en la esperanza de una sociedad más libre y más fraterna. Los hombres de entonces, al menos en las ciudades, aspiraban a dejar de ser vasallos, querían ser asociados. Esta gran aspiración popular había procurado plasmarse en el común. En su novedad, la palabra "común" expresaba muy bien ese impulso creador. Pero la realidad decepcionó muy pronto. Pues bien, con el movimiento franciscano primitivo, la idea de fraternidad recobraba una oportunidad. Mejor dicho, una esperanza.

El mérito de Francisco consistió, efectivamente, en poner en marcha un nuevo tipo de comunidad, a la luz del Evangelio y respondiendo a las aspiraciones de su época. Se abstuvo de copiar los antiguos modelos monásticos. "Y después que el Señor me dio hermanos -escribe en su Testamento-, nadie me mostraba qué debía hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio" (Test 15). Francisco crea la fraternidad. El signo distintivo de la nueva comunidad consistirá en ser una fraternidad. Se repudia el paternalismo abacial y el señorial: "Ninguno de los hermanos -escribe en la Regla de 1221- tenga potestad o dominio, y menos entre ellos" (1 R 5, 9); "Y nadie sea llamado prior" (1 R 6, 6). Ni dominadores ni dominados. Todos hermanos, y cada uno al servicio de todos los demás.

La palabra "hermano", recuperada en todo su vigor evangélico, se convierte en el nombre propio de los miembros de la nueva comunidad, nombre que los distingue de los monjes y de los canónigos. Así Francisco y sus hermanos se esforzarán en vivir, a la luz del Evangelio, lo que los comunes medievales no habían logrado llevar a cabo. Reanudaban y conducían a término el gran sueño de su época. Hombres provenientes de todos los horizontes y pertenecientes a todas las condiciones sociales aprendían a vivir juntos, libres de cualquier relación de dominio, fraternalmente asociados. Resulta difícil imaginarnos hoy día el carácter revolucionario de tal proyecto. Es preciso recordar que la misma Iglesia, en su conjunto, era entonces una Iglesia señorial, y que también los obispos y abades eran señores feudales. Con la creación de la fraternidad, Francisco rompe con el sistema de los señoríos en la Iglesia.

No basta con decir que Francisco concebía las relaciones entre los hermanos exentas de todo espíritu de dominio. Quería que fueran unas relaciones calurosas, afectuosas, serviciales, impregnadas de familiaridad: "Y dondequiera que estén y se encuentren unos con otros los hermanos, condúzcanse mutuamente con familiaridad entre sí. Y exponga confiadamente el uno al otro su necesidad, porque si la madre nutre y quiere a su hijo carnal, ¿cuánto más amorosamente debe cada uno querer y nutrir a su hermano espiritual...?" (2 R 6, 7-8; cf. 1 R 9, 10-11).

Con todo, no hay que imaginarse la fraternidad franciscana primitiva de manera idílica, como un caliente nido a cubierto de cualquier tensión. La auténtica fraternidad sólo puede existir gracias a una incesantemente renovada voluntad de misericordia y de reconciliación. Se mide, a decir verdad, por su capacidad de benevolencia mutua y de perdón. Los hermanos, dice Francisco, no deben juzgarse ni desacreditarse unos a otros. Y menos aún condenarse mutuamente. Si alguna peca, ha de encontrar en sus hermanos a hombres misericordiosos. Escribe en la Carta a un Ministro: "Y en esto quiero conocer que amas al Señor y me amas a mí, siervo suyo y tuyo, si procedes así: que no haya en el mundo hermano que, por mucho que hubiere pecado, se aleje de ti después de haber contemplado tus ojos sin haber obtenido tu misericordia si es que la busca. Y, si no busca misericordia, pregúntale tú si la quiere. Y, si mil veces volviere a pecar ante tus propios ojos, ámale más que a mí, para atraerlo al Señor; y compadécete siempre de los tales" (CtaM 9-11).

Imposible indicar con mayor claridad y fuerza la fuente de la fraternidad franciscana. Ésta toma su existencia entera, toda su paciencia, toda su fuerza, de la mirada misericordiosa de Dios sobre el hombre. Y no se realiza verdaderamente sino en cuanto cada uno de los hermanos, en su relación con los otros, se inspira en esa mirada que no juzga ni condena: una mirada compasiva, constructiva, salvadora.

Nos hallamos aquí ante lo esencial de la fraternidad franciscana. Una fraternidad así nunca está plenamente realizada. Es una utopía, pensarán algunos. Nosotros decimos que es una esperanza. La esperanza de una humanidad reconciliada. La esperanza de una reconciliación siempre ofrecida, siempre posible.

La fraternidad franciscana tiene como misión comunicar al mundo precisamente esa esperanza. No vive replegada sobre sí misma. Es enviada en medio de los hombres.
Todavía no son diez los primeros hermanos y ya Francisco los envía de dos en dos a anunciar la paz: "Marchad, carísimos, de dos en dos por las diversas partes de la tierra, anunciando a los hombres la paz" (1 Cel 29a). En la mente de Francisco, fraternidad y misión de paz van a la par. Más exactamente, el anuncio de la paz se realiza mediante la fraternidad, mediante la irradiación y el contagio de la fraternidad.

La misión de paz, en efecto, no consiste sólo en un anuncio verbal. Los hermanos deben proclamar y comunicar la paz, ante todo, mediante su comportamiento, mediante la calidad de sus relaciones mutuas y con las demás personas: "Aconsejo, amonesto y exhorto en el Señor Jesucristo a mis hermanos -escribe Francisco- que, cuando van por el mundo, no litiguen ni contiendan de palabra ni juzguen a otros; sino sean apacibles, pacíficos y mesurados, mansos y humildes, hablando a todos decorosamente, como conviene... En toda casa en que entren digan primero: " Paz a esta casa"" (2 R 3, 10-11. 13). En la Regla de 1221 escribe: "Y guárdense todos los hermanos de calumniar y de contender de palabra... Ni litiguen entre sí ni con los otros, sino procuren responder humildemente... Y sean mesurados, mostrando una total mansedumbre para con todos los hombres..." (1 R 11, 1-3. 9). Así, los hermanos, enviados al mundo, anuncian la paz esforzándose en crear la fraternidad entre ellos y con los hombres con quienes se encuentran o entre quienes conviven. A los hermanos que van entre sarracenos, Francisco les aconseja como primer modo de anunciar el Evangelio: "Que no promuevan disputas ni controversias..." (1 R 16, 6). La paz fraterna tiene siempre el rostro de la fraternidad.

Ese rostro, en el que brilla la esperanza de la unidad recobrada, lo revela la fraternidad franciscana yendo hacia los más pobres, los más pequeños y despreciados. Ya he citado antes la frase de la Regla de 1221: "Y deben (los hermanos) gozarse cuando conviven con gente de baja condición y despreciada... " (1 R 9, 2). Vivida con los pobres, la fraternidad franciscana aparece no sólo como anuncio profético, sino ya como primicia de una humanidad reconciliada, en la que no habrá más dominadores ni dominados, sino solamente hermanos y hermanas, animados todos por el gran aliento de ternura y de perdón que viene del Padre, en Cristo.

¿Sueño, quimera, utopía? La fraternidad franciscana sería eso, y sólo eso, si no fuera en primer lugar una esperanza vivida en Cristo, en medio de los conflictos de este mundo.

Fraternizar con todos los hombres, con todas las criaturas, tal como lo hacía Francisco de Asís, es optar, a la luz de la Reconciliación, por una visión del mundo en la que prevalece la conciliación sobre la división; es abrirse, por encima de todas las separaciones y soledades, a un universo de diálogo y de comunión en un inmenso aliento de perdón y de reconciliación.

Una fraternidad así sólo existe e irradia por la esperanza que la habita y en la que se expresa todo el dinamismo de la Redención: la esperanza de convertir toda hostilidad en tensión fraterna, dentro de una unidad de creación... ¿No es éste el sentido profundo del Cántico de las criaturas? Este Cántico, que celebra la gran fraternidad cósmica y al que Francisco añadió la estrofa del perdón y de la paz, repone al hombre en la unidad de la creación, bajo el signo de la reconciliación. Y esta unidad no ha de buscarse hacia atrás, en el pasado, sino hacia adelante, allí donde se ofrece como un don que hay que recibir y una tarea que hay que realizar