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UN MAESTRO
Un maestro de la sabiduría paseaba por un bosque con su fiel discípulo,
cuando halló a lo lejos un sitio de apariencia pobre, y decidió hacer
una breve visita al lugar. Durante la caminata le comentó al aprendiz
sobre la importancia de las visitas, también reconocer personas y las
oportunidades de aprendizaje que tenemos de estas experiencias.
Llegando al lugar constató la pobreza del sitio, los habitantes: una
pareja y tres hijos, la casa de madera, vestidos con ropas sucias y rasgadas
sin calzado. Entonces se aproximó al señor, aparentemente el padre de
familia, y le preguntó: "En este lugar no existen posibilidades de trabajo
ni puntos de comercio tampoco. ¿Cómo hace usted y su familia para sobrevivir
aquí?"
El señor, calmadamente, respondió: "Amigo mío, nosotros tenemos una vaquita
que nos da varios litros de leche todos los días. Una parte del producto
la vendemos o la cambiamos por otros géneros alimenticios en la ciudad
vecina y con la otra parte producimos queso, cuajada, etcétera para nuestro
consumo y así es cómo vamos sobreviviendo". El sabio agradeció la información,
contempló el lugar por un momento, luego se despidió y se fue. En el medio
del camino, volteó hacia su fiel discípulo y ordenó: "Busca la vaquita,
llévala al precipicio de allí enfrente y empújala al barranco".
El joven espantado vio al maestro y le cuestionó sobre el hecho de que
la vaquita era el medio de subsistencia de aquella familia. Mas como percibió
el silencio absoluto del maestro, fue a cumplir la orden, así que empujó
la vaquita por el precipicio y la vio morir. Aquella escena quedó grabada
en la memoria del joven durante algunos años.
Un bello día el joven agobiado por la culpa resolvió abandonar todo lo
que había aprendido y regresar a aquel lugar y contarle todo a la familia,
pedir perdón y ayudarlos. Así lo hizo y a medida que se aproximaba al
lugar veía todo muy bonito, con árboles floridos, todo habitado, un coche
en el garaje, una bella casa y algunos niños jugando en el jardín. El
joven se sintió triste y desesperado imaginando que aquella humilde familia
hubiese tenido que vender el terreno para sobrevivir. Aceleró el paso.
Llegando allá, fue recibido por un señor muy simpático.
El joven preguntó por la familia que vivía allí hacía unos cuantos años,
el señor respondió que seguían viviendo allí. Espantado el joven entró
corriendo a la casa y confirmó que era la misma familia que había visitado
hacía algunos años con el maestro. Elogió el lugar y le preguntó al señor
dueño de la vaquita: "¿Cómo hizo para mejorar este lugar y cambiar de
vida?"
El señor entusiasmado le respondió: "Nosotros teníamos una vaquita que
cayó por el precipicio y murió, de ahí en adelante nos vimos en la necesidad
de hacer otras cosas y desarrollar otras habilidades que no sabíamos que
teníamos, así alcanzamos el éxito que sus ojos vislumbran ahora".
INTRODUCCIÓN
Con este tema damos inicio al plan de formación para los profesores de
los centros educativos pertenecientes a la Provincia Franciscana de Valencia,
Aragón y Baleares. Previo a la temática más directamente relacionada con
la espiritualidad y carisma franciscano, tratamos una serie de temas que
nos permitan contextualizar lo que vendrá posteriormente.
En este primero tomamos en consideración la pedagogía franciscana y
cómo los franciscanos entendemos hoy la escuela. Reconocemos que la documentación
con la que contamos a este respecto es pobre. En cualquier caso, hacemos
un esfuerzo por decir una palabra con la esperanza de que estas reflexiones
se puedan ver enriquecidas en las sesiones de trabajo propias de cada
colegio.
1.- ¿Qué decir sobre la pedagogía franciscana?
Alguien podría pensar, incluso cuestionar, que el adjetivo "franciscano"
o "franciscana" se llega a aplicar con "demasiada felicidad" a muchas
realidades. Por lo que a nosotros nos interesa, hemos de decir que, desde
el momento en que el franciscano vive una espiritualidad, una antropología,
una filosofía, una tradición patrimonio de la Iglesia y de la humanidad,
todo ello configura nuestra manera de ver, sentir, pensar, sufrir la realidad.
Y, puesto que el franciscano tiene una cosmovisión determinada por los
elementos antes enumerados, para sumergirse en esa realidad, para darle
profundidad y buscarle su sentido, dispone de un estilo propio que le
ayuda a iniciar y a desarrollar esa búsqueda.
Tratamos de fijar nuestra atención, por tanto, en aquellos elementos
que consideramos irrenunciables para crecer cada día más en nuestra realidad
franciscana, cristiana y personal, y proponemos un itinerario pedagógico,
instrumento que puede ayudarnos a orientar y acompañar a nuestros jóvenes
en el seguimiento de Jesucristo, sentido primero y último de esta pedagogía.
1.1. Principios de la pedagogía franciscana.
El primado de la persona:
todo franciscano considera a toda persona como alguien digna del mayor
de los respetos y como lo más sagrado del conjunto de la creación. No
se parte de la persona en genérico, ni de una teoría que defienda un concepto
de hombre en particular, sino de la persona concreta. De lo que se trata
es de trabajar y de apoyar todas las iniciativas que se encaminan hacia
el crecimiento en humanidad de todas y cada una de las personas, y el
rechazo y protesta hacia todo comportamiento deshumanizante.
En la pedagogía franciscana predomina el método intuitivo, el cual, siendo
menos exacto que el especulativo y dialéctico, aparece como el más eficaz
en las relaciones con los hombres. De igual modo, la afectividad y el
respeto a la espontaneidad de la persona son principios para la interacción
humana y para los fines prácticos de la educación, de manera que además
del razonamiento, hay que tener presente las imágenes, las parábolas,
el canto. Francisco representaba para conmover; conmovía para convencer;
ganaba el corazón para tener a todo el hombre; esas eran las etapas de
su estrategia.
De lo anterior se concluye que la antropología franciscana considera
a la persona como un todo, en la que se armoniza el pensamiento y la acción,
y se sirve en alegría a Dios, gracias a la serenidad resultado de un equilibrio
de la persona en la que habita una calma y un orden profundo, los cuales
encarnan el ideal de la mansedumbre y simplicidad evangélicas. De ahí
la importancia de trabajar aspectos como el autoconocimiento y autoaceptación;
el empeño por crecer física, psicológica, moral, espiritual y socialmente;
el equilibrio emocional y afectivo; el desarrollo sexual, la honradez
y sinceridad.
El desarrollo
de la iniciativa individual: al considerar a cada persona
y criatura un don de Dios, de lo que se trata es de buscar en ella Su
presencia auténtica. Esto significa que, cualquier persona con quien entramos
en relación, sea porque viene a nosotros, sea porque vamos nosotros a
ella, ha de ser acogida de inmediato precisamente por ese gran respeto
a la espontaneidad individual. Francisco mismo ama a sus hermanos tal
como son, y su pedagogía consiste en ayudar la obra de Dios en ellos,
sin encerrarlos en ningún esquema, tratando a cada uno como debe ser tratado,
teniendo en cuenta su estado de ánimo, y actuando siempre desde la libertad.
Esta libertad individual es considerada como el tesoro que todos llevamos
con nosotros, el cual hay que defender y acrecentar y del que cada uno
debe sacar el máximo de frutos. Tan sagrada es esta libertad individual
que se convierte en patrimonio que nadie tiene derecho a deformar; por
ninguna razón, aun cuando ésta sea altísima. Por eso, el franciscano es
un hombre sincero consigo mismo, que se cree objetiva y simplemente aquello
que es.
Esta libertad tiene otra manifestación clara en los mismos documentos
jurídicos de la orden. Éstos, antes que basarse en vínculos externos y
disciplinares, se centran en la obligación moral y responsabilidad personal
de sus miembros, los cuales se constituyen en hermanos no en súbditos.
Actitudes básicas a cultivar en este aspecto son la toma de conciencia
cada vez más profunda del sentido de libertad personal, iniciativa y responsabilidad
de la propia vida; la capacidad de discernir, decidir y adoptar un compromiso;
la búsqueda y realización de la voluntad de Dios en la propia vida; llevar
una vida en continua conversión a Cristo y a la vida evangélica según
el espíritu de Francisco de Asís.
La relación
dialógica fraterna: en la pedagogía franciscana
la relación dialógica fraterna tiene una connotación muy significativa
para propiciar el respeto, la participación, el reconocimiento y la aceptación.
Esta actitud pedagógica se concreta en la pedagogía de la fraternidad
donde se concilian lo divino y lo humano fundamentados en el amor. Es
precisamente en este amor donde podemos afirmar que se halla el secreto
del estilo pedagógico de Francisco: en ser padre y madre para cada uno
de sus hermanos, en penetrar los sentimientos del otro y llorar con el
que llora, alegrarse con el que se alegra, haciéndose todo para todos.
Esta manera de entender las relaciones entre los hermanos hace que se
tengan entre sí una filial confianza y familiaridad, a fin de que unos
puedan recurrir a otros en sus necesidades. Estas relaciones también están
presididas por una atmósfera de respeto recíproco y de amor mutuo, donde
el cariño y la ternura tienen el protagonismo sobre la severidad y la
justicia rígida.
Además, la relación de los ministros y guardianes con el resto de hermanos
es la de siervos con todos ellos, rechazando para sí títulos. Los primeros
han de visitar, amonestar y corregir a los hermanos, pero realizado siempre
desde una caridad infinita, de suerte que este "corregir" nada tenga de
áspero, coercitivo y excesivamente duro.
Ese diálogo también se ha de plasmar en la creación de lazos fraternos
con otras religiones y culturas, de manera que los hermanos, siendo fieles
a su credo y carisma, y sabiéndose hijos de su tiempo, estando en el mundo
sin ser del mundo, son auténticos constructores de humanidad con carácter
universal, respetando, criticando con misericordia, y desarrollando los
valores más auténticos de cada una de las culturas y religiones.
Por tanto, lo que se trata de potenciar es la vida como hermanos menores
caracterizada por un corazón pacífico y humilde y por un espíritu alegre;
la vida fraterna expresada en la capacidad de vivir con los otros como
hermanos, de abrazar la gran familia franciscana y de estar en hermandad
con todos los pueblos; tener capacidad de desarrollar relaciones interpersonales
positivas con hombres y mujeres; tener una apertura y receptividad hacia
nuevos valores, actitudes, perspectivas y experiencias; tener capacidad
para aceptar, vivir, dialogar y trabajar con otros, incluso de culturas
diferentes; cultivar un espíritu profético, misionero y ecuménico.
La creatividad en lo cotidiano: hablar de
lo cotidiano es hacer un esfuerzo para caer en la cuenta de la importancia
que tiene en nuestros días rescatar una dimensión de nuestra existencia,
la cual aparentemente discurre entre lo anodino y lo rutinario, pero cuya
incidencia en nuestra historia resulta decisiva. Es decir, nuestra vida
tiene más de ordinario que de extraordinario, aunque lo ordinario de por
sí esté preñado de la maravilla de la contemplación del acontecimiento
de la vida.
Recuperar lo cotidiano de nuestra historia es valorar la sencillez de
la vida y su simplicidad, saber leer los acontecimientos que nos van sucediendo
día tras día como auténtica revelación y manifestación de la presencia
amorosa de Dios entre nosotros, confesar y dar razón de cómo el Espíritu
del Padre llena de sentido y de esperanza nuestra vida, toda vez que nos
tensiona en una vida de conversión cada vez más profunda y exigente.
Vivir con este talante lleva al franciscano a explorar múltiples facetas
de la persona como ser capaz de captar, dar y expresar sentido a la realidad
mediante el diálogo consigo mismo, con el otro, con el entorno y con el
trascendente. A su vez, esa vivencia con sentido desde la propia historia
llevará a vivir para algo más que para producir un resultado, para mantenerse
en un continuo movimiento de búsqueda que genera ambientes propicios para
la exploración y las posibilidades de imaginar, de crear y de encontrar
formas diferentes para crecer en sabiduría.
Aquí es importante tener en cuenta la actitud contemplativa en la vida
personal, comunitaria y profesional del día a día; cultivar una fe viva
traducida en palabra y acción; tener la conciencia de la presencia de
Dios y de su acción salvífica en la propia vida, en la Iglesia y en el
mundo; y tener la capacidad de trascender y superar el egocentrismo.
1.2. Itinerario pedagógico
Este itinerario pedagógico trata de explicitar una serie de etapas que
quieren jalonar el proceso de toda persona, principalmente joven, que
quiere abrirse a la vida y a Dios. Por eso, su interés no únicamente se
centra en el crecimiento antropológico de la persona, sino en el espiritual,
teniendo en todo momento el "seguimiento de Jesucristo" como telón de
fondo. Las etapas irían estructuradas de la siguiente manera:
Educar: etimológicamente quiere decir "tirar fuera desde dentro".
Dándole un cariz más existencial, podemos decir que educar consiste en
ayudar a crecer en humanidad al otro, para lo cual se necesita ir suscitando
y equipando a la persona con un horizonte de sentido que ella misma ha
de ir elaborando. Aquí viene muy al hilo la imagen bíblica del éxodo:
el pueblo está oprimido, es consciente de ello, descubre el valor de la
libertad, y pone todos los medios para, desde ellos mismos, caminar hacia
esa meta. Criterios a tener en cuenta para la educación:
detenerse en uno mismo
para decirse la verdad de sí.
iniciar el conocimiento
de sí para confrontarse.
discernir los propios
conflictos.
aceptarse a sí mismo.
Formar:
además de "tirar fuera", importa proponer un modelo ideal para dar vida
a una nueva identidad. Se trata de dar forma, de configurar, forjar...,
teniendo un modelo "humanamente digno" que nos permita caminar hacia un
proceso integrativo del desarrollo personal.
No basta conocerse a sí mismo, sino que es necesario un horizonte claro,
capaz de provocar la existencia del joven. Los criterios del proceso formativo
son:
explicitar objetivamente
el objetivo.
vivir con una lucha interior
la propia formación.
estar tocado del Señor,
lo cual se manifiesta en la acción y el testimonio.
Acompañar:
se trata, no tanto, de la forma de ayuda a través de la cual el joven
es orientado en su crecimiento, cuanto la proximidad inteligente y significativa
del guía que le lleva a ayudarle a abrirse. Así, el camino formativo no
se convierte en rutina, sino que cada acontecimiento es un evento en el
que Dios habla al hombre y le hace crecer en su verdadera identidad de
hijo en el Hijo. Criterios para el discernimiento:
estar junto al otro,
compartiendo la vida.
la preparación y competencia
del educador. Ha de ser un hombre de Dios, sereno, que se da.
por último, la celebración
de la vida, con una relación abierta a la novedad y a lo inédito, porque
es celebración de la experiencia de Dios.
Ser
paciente: tras trabajar la tierra, es preciso prestar atención
a la semilla, la cual necesita su tiempo hasta que de ella comienza a
surgir la planta. En todo este proceso el educador no está a la buena
de Dios, sino que sigue regando, haciendo propia la ley de la gradualidad
y el desarrollo. Los criterios para el discernimiento en forma de pregunta
son:
¿la paciente espera
es vivida como aparcamiento o como gozo de lo nuevo que germina?
¿vivo con expectativas
excesivas en relación conmigo mismo, con el otro y con la comunidad?
¿nos dejamos llevar por
la ira? ¿sabemos decir las cosas en el momento justo y en el tiempo
oportuno?
Estar
atento: significa estar junto al otro con la mirada firme del
padre y premurosa de la madre: "suaviter sed fortiter". Esa mirada ha
de ser capaz de crear una confrontación auténtica, atenta al joven, la
cual toca sus tres momentos más importantes: mirada a la llamada, mirada
a la crisis, mirada atenta a la superación con el consiguiente desarrollo.
Sólo a través de esa mirada impregnada de amor es posible sostener la
relación del crecimiento y de la fidelidad.
Podemos decir que el Padre re-crea, el Hijo modela, el Espíritu acompaña,
mientras que el formador sabe ser paciente y estar atento. El ministerio
educativo en la lógica trinitaria conlleva la ley de la armonía, del donarse,
del comunicar recíprocamente la propia experiencia de fe.
Como conclusión a todo lo visto en este apartado, destacamos que la pedagogía
franciscana tiene muy en cuenta a la persona, protagonista principal de
su propio crecimiento, cuyo proceso se caracteriza por ser dinámico, orgánico,
gradual, coherente, práctico, experiencial, inculturado y abierto a nuevas
formas de vida y de servicio.
2.- La escuela vista por los franciscanos
2.1. Situación de la escuela
Si hace tres o cuatro décadas la escuela significaba posibilidad de
trabajarse una posición social y económica, hoy la universidad, por ejemplo,
se está convirtiendo en algo parecido a una "fábrica de parados" (A. de
Miguel). Por eso se exige de la escuela mayor calidad y cantidad, nuevas
áreas de conocimiento. Pero lo cierto es que la escuela ya no puede cumplir
esas funciones de producción de status social, y se la representa como
la culpable de todas las frustraciones.
Junto a este dato, converge el denunciado por numerosas voces como crisis
de valores. Si hoy se habla de crisis general de la escuela, cuya consecuencia
inmediata es la ausencia de perspectiva desde la cual se pueda señalar
una causa final a la acción docente, no menos seria es la situación que
pone en duda el que haya un mínimo de valores aceptados y compartidos
por todos, provocado en gran medida por la globalización. Su repercusión
en la escuela es inmediata: no se ejerce la función de control moralizador
de la conducta del alumno, pierde relevancia la ejemplaridad del maestro,
y el profesional se centra únicamente en su función enseñante aplicando
una asepsia axiológica. Si unimos este dato al anterior, caemos en la
cuenta de que se está produciendo una esquizofrenia social: la sociedad
vacía primero de autoridad la figura del docente para convertir después
la escuela en una fácil coartada que la libere de sus obligaciones.
Por otro lado, el maestro-profesor se duele de que los alumnos le den
la espalda para dejarse llevar por el hechizo de la televisión o de los
ordenadores. El maestro ha perdido su rol de "medium" único entre el saber
y las nuevas generaciones y no ha logrado dar con los perfiles de un nuevo
papel. Por tanto, hasta que no tomen conciencia de que lo distintivo de
su oficio es que son profesionales de la labor de enseñar, y en tanto
en cuanto no asuman que el saber específico de su profesión no ha de abarcar
únicamente los contenidos de su disciplina sino también el dominio de
los procesos que están en juego en el proceso de enseñanza, no se clarificará
la posición social del docente.
2.2. ¿Qué escuela queremos?
Sin mayores rodeos, diremos que la escuela que pretendemos y anhelamos
es aquella cuyo fin consiste en colaborar a que el educando vaya construyendo
referentes de interpretación de la realidad. Sin tales referentes el joven
podrá tener múltiples conocimientos. Pero la acumulación de conocimientos
por sí misma no llegará a modificar la estructura cognitiva (Piaget).
Ésta se modificará como consecuencia de la interacción que se produzca
con la estructura del medio. Será, pues, de gran importancia decidir en
torno a qué núcleos o criterios se va a estructurar la visión del medio,
es decir, las realidades científicas, históricas, sociales, etc., que
se enseñan en la escuela, porque de ellas dependerá la construcción de
la cosmovisión desde la que el sujeto hará unos juicios de valor u otros.
Por lo tanto, la acción de educar se constituirá en una tal que va más
allá de los procesos institucionales y de los procesos de socialización.
Habrá de ser entendida como la acción de la influencia ejercida sobre
el educando con el fin de ayudarle a llevar a cabo su proceso de personalización.
Este proceso de personalización no se produce como consecuencia de un
proceso espontáneo, sino que es el resultado de la específica relación
dialógica constante del sujeto con el contorno físico, cultural, social,
existencial.
A su vez, este proceso requiere la presencia de valores de sentido.
El valor integrador de todo aprendizaje del estudiante habrá de recaer
en la misma persona. Si creemos que toda educación es valorativa y ha
de tener una orientación moral, será preciso ayudar al alumno a interiorizar
los fundamentos o referentes desde los que emerge toda moral liberadora.
Tal fundamento radica en considerar a la persona como un valor absoluto
y fin en sí misma, de que la persona no tiene precio sino dignidad, que
es única, singular, original y autónoma. Será preciso, por tanto, enseñar
al alumno a leer, analizar, interpretar y posicionarse ante toda realidad
desde la perspectiva del valor persona.
Es necesario, por tanto, apostar por personalidades maduras, autónomas,
lo que supone formar personas capaces de pensar por sí mismas. También
se hace urgente enfatizar valores como la tolerancia y el respeto. Esto
último supone aceptar al otro como persona, lo que apunta claramente hacia
una escuela cada vez más integradora. Pero para que haya una educación
para la sociedad pluricultural y pluriétnica exige que las personas sepan
mantener sus convicciones o sus señas de identidad dentro de esa pluralidad.
"Aprender a vivir juntos" no es aprender a vivir en promiscuidad indiferenciada,
sino saber valorar la diferencia con mentalidad crítica, con pensamiento
flexible, con ánimo abierto.
En conclusión, el modelo de escuela con el que hemos de comprometernos
ha de ser aquel que privilegia el ámbito del sentido, el que la considera
comprometida con el mundo y no separada de él, aquel que se compromete
con los nuevos saberes e integra a la familia en los procesos educativos.
Una escuela comprometida con la educación personalizadora-evangelizadora
no podrá jamás cumplir su misión si no es capaz de integrar a la familia
en los procesos educativos. Hoy la escuela es un lugar de evangelización,
no en virtud de actividades extraescolares, sino por la naturaleza misma
de su misión, por ello, cada educador se convierte en dinamizador de la
implicación de los padres en los procesos educativos del niño o del joven.
2.3. El papel de la comunidad educativa
Eligiendo la opción de una educación alternativa que emana del humanismo
cristiano-franciscano, hay que reflexionar sobre los "modelos conceptuales"
que han de estar presentes al mostrar cualesquiera de las realidades que
queremos que los educandos aprendan. De manera que, comprometerse con
una opción educativa supone una comunidad básica en la cosmovisión.
Otro tanto ocurre con los referentes axiológicos: ante cualquier realidad,
no hacemos sólo un juicio intelectual, sino de valor. Si el conjunto de
educadores que confluyen en la educación del niño se muestran ante él
con sistemas de valores dispersos, encontrados, es probable que la vida
y realidad se vaya presentando ante el educando carente de referentes
de valor y termine por atenerse a pautas de valor más instintivas.
Una educación que preconiza el humanismo cristiano-franciscano (que
evangeliza) no pasará de ser una bella expresión si no cuenta con un equipo
docente que en alguna medida cultiva, comparte y vive los valores del
humanismo cristiano-franciscano con todas sus consecuencias.
Por otra parte, el educador profesional participa de una serie de delegaciones
a las que debe ser fiel:
delegación de la familia:
la formación integral de la persona es de tal manera compleja, que precisa
colaboración desde fuera. Ese papel de ayuda lo realiza el profesional
de la educación. Pero nunca es sustituto de la familia.
delegación de la Iglesia:
el educador cristiano, laico o religioso, es un enviado que lleva un mensaje
que no es suyo. No es su palabra la que cuenta, sino la "buena nueva"
que Jesús viene a ofertar al hombre. Esta consideración es sublime y sobrecogedora:
sublime porque el educador cristiano se convierte en una especie de mano
histórica de la acción de Dios sobre los hombres a través de su palabra
y presencia; sobrecogedora porque adquiere una enorme responsabilidad,
es decir, el educador cristiano será lo que tiene que ser, dirá lo que
tiene que decir, hará lo que tiene que hacer, o no será, dirá o hará nada.
delegación de la institución:
si una congregación o instituto religioso es tanto más eficaz y más útil
en la Iglesia cuanto más fiel es a su carisma específico, habría que afirmar
que el laico es tanto más eficaz y más útil en la labor evangelizadora
de la escuela cuanto más fiel es al carisma de la institución en la que
trabaja.
delegación de la sociedad
concreta en la que está inserto: la labor educadora del educador cristiano
tiene una dimensión social. La sociedad también tiene derecho a establecer
un cuadro de objetivos y encomendar al educador su consecución. El educador
cristiano está llamado a colaborar con todas las causas justas que emanan
de la sociedad civil.
Preguntas para la reflexión:
¿En qué medida
te ves identificado con el planteamiento expuesto?, ¿totalmente, en
parte, en nada? ¿Qué crees que tendrías que hacer tú mismo y qué pedirías
a tus compañeros y frailes para que esa identificación fuese cada vez
mayor?
¿Crees que en tu
colegio se tienen presentes los criterios pedagógicos franciscanos arriba
expuestos?, ¿en qué medida?, ¿qué habría que revisar o cambiar si es
que se considera necesario realizar una nueva orientación?
¿Crees que todos
los que formáis la comunidad educativa tenéis garantizada vuestra participación
en esos valores que dan identidad y personalidad al colegio en el que
desarrolláis vuestra tarea y misión?
¿Cumple tu colegio
con su función humanizadora y evangelizadora?, ¿qué iniciativas habría
que llevar a cabo para que esta dimensión tan fundamental sea revitalizada
o para que siga creciendo?
TEXTOS:
CARTA DE SAN FRANCISCO DE ASÍS A UN SUPERIOR RELIGIOSO
Al hermano N., ministro: El Señor te bendiga. Te hablo, como mejor puedo,
del caso de tu alma: todas las cosas que te estorban para amar al Señor
Dios y cualquiera que te ponga estorbo, se trate de hermanos u otros,
aunque lleguen a azotarte, debes considerarlo como gracia. Y quiérelo
así y no otra cosa. Y cúmplelo por verdadera obediencia al Señor Dios
y a mí, pues sé firmemente que ésta es verdadera obediencia.
Y ama a los que esto te hacen. Y no pretendas de ellos otra cosa, sino
cuanto el Señor te dé. Y ámalos precisamente en esto, y tú no exijas que
sean cristianos mejores. Y que te valga esto más que vivir en un eremitorio.
Y en esto quiero conocer que amas al Señor y me amas a mí, siervo suyo
y tuyo, si procedes así: que no haya en el mundo hermano que, por mucho
que hubiere pecado, se aleje jamás de ti después de haber contemplado
tus ojos sin haber obtenido tu misericordia, si es que la busca. Y, si
no busca misericordia, pregúntale tú si la quiere. Y, si mil veces volviere
a pecar ante tus propios ojos, ámale más que a mí, para atraerlo al Señor;
y compadécete siempre de los tales. Y, cuando puedas, comunica a los guardianes
que por tu parte estás resuelto a comportarte así.
(Francisco de Asís)
La Escuela se encuentra ante la necesidad urgente de redefinir su función
social. Se advierte ahora con claridad que su tarea no puede ser plegarse
mansamente a los dictados y exigencias de la producción; es mucho más
amplia e importante. Está llamada a colaborar en la construcción de una
alternativa a la sociedad de la producción/consumo. La Escuela tiene que
ser una pieza importante en la reformulación de una nueva utopía, de una
idea motriz capaz de entusiasmar e integrar las energías y capacidades
de los seres humanos de este cambio de milenio o, dicho más modestamente,
capaz de colaborar en la creación de un modelo social humano donde quepan
todos socialmente. (...) La Escuela con vocación humanista -y con mayor
razón si se dice cristiana- tiene que colaborar para forjar personas solidarias.
Frente al peligro de vivir un clima de darwinismo social donde se ejercite
el "sálvese quien pueda", o la dentellada social para hacerse un hueco,
¿cómo contribuir a despertar la compasión solidaria y la cooperación como
modo de construir una sociedad con menos dolor e injusticia? Las interpelaciones
de la nueva situación son muchas. Si algún educador pensaba, acaso, que
su tarea había venido a menos, se equivoca. La situación actual demanda
su cooperación y esfuerzo creativo con más urgencia y necesidad que hace
años. No es tiempo de nostalgias, sino de prosalgias, de mira hacia adelante
y hacia los desafíos del momento.
(J. M. Mardones)
Debemos abandonar completamente la simplista idea de que la escuela
libera automáticamente la mente y sirve a la causa del progreso humano.
Puede servir a la tiranía como a la libertad, a la ignorancia como a la
ilustración, a la falsedad como a la verdad, a la guerra como a la paz,
a la muerte como a la vida. Puede incitar a los hombres al pensamiento
de que son libres, aun cuando los ate a cadenas de esclavitud. La educación
es sin duda una fuerza de gran poder, particularmente cuando el término
abarca todos los agentes y procesos organizados para moldear la mente,
pero si es ella buena o mala depende, no de las leyes del aprendizaje,
sino de la concepción de la vida y de la civilización que le da sustancia
y dirección. En el curso de la historia, la educación ha servido a todo
género de objetivos y doctrinas tramados por el hombre. Si debe servir
a la causa de la libertad humana, tiene que ser explícitamente pensada
para ese propósito.
(G.S. Counts)
¿Qué es un hombre culto? A mi modo de ver, esto: un hombre capaz de
dar razón de lo que él es y de lo que es el mundo en que vive. El humanismo
por extensión consiste en saber responder con una mínima precisión a cinco
interrogantes: 1) ¿En qué mundo vivo en tanto que ciudadano de él? Creencias,
ideas, esperanzas, tensiones, conflicto y temores en él vigentes. 2) Haciendo
mi vida en el mundo me encuentro con cosas. ¿Qué son las cosas desde el
"Big-Bang" originario hasta el universo actual, desde la partícula elemental
hasta el antropoide? 3) Haciendo mi vida en el mundo me encuentro también
con los demás hombres, organizados en grupos humanos. ¿Qué son los grupos
humanos y cuáles son los más importantes? ¿Qué soy yo en tanto que hombre?¿Qué
enseñan hoy a tal respecto las ciencias positivas y la filosofía? 5) Para
que yo sea el hombre que soy, ¿qué ha tenido que pasarle a la especie
humana, desde su aparición hasta hoy?
Tras este humanismo por extensión o básico, el humanismo por intensión
o en profundidad que el profesor debe poseer, consiste en saber responder
a los siguientes interrogantes: esto que yo sé y enseño, ¿cómo echa raíces
en la realidad del hombre y, por lo tanto, cómo puede contribuir a un
conocimiento cabal de lo que el hombre es?
A mi juicio, cinco actividades intelectuales requieren tal humanismo:
1) preocupación por el "qué" de lo que se sabe y enseña; 2) preocupación
por el "para qué" de lo que se sabe y enseña; 3) preocupación de la historia
de lo que se sabe y enseña; 4) preocupación por la sucesiva representación
extratécnica de lo que técnicamente se sabe y se enseña; 5) preocupación
por el cómo se dijo antaño y se dice hogaño lo que se sabe y enseña..."
(Laín Entralgo, ABC, 19 de julio de 1996).
El hombre verdaderamente personalizado sabe lo que piensa,: tiene convicciones
sólidas. Sabe lo que quiere; permanece fiel a sí mismo. Emplea todas las
fuerzas de que dispone para realizar el proyecto de su ser. No cambia
de la noche a la mañana. La impresión que nos da es de fortaleza, de claridad,
de precisión. Además, nos e pierde en la masa. No se deja seducir por
el prestigio. Es verdaderamente independiente, es alguien que obra por
sí mismo, en posesión de sí mismo con toda su capacidad y su fuerza; alguien
que tiene el dominio de sí y que sigue siendo lo que es, fiel a sus convicciones,
a su ideal, a su plan de vida, a pesar de sus diferentes estados de ánimo,
de sus emociones transitorias, de sus impulsos naturales; sean cuales
fuere, por otra parte, las reacciones de los demás, los cambios de la
opinión pública o la evolución de las circunstancias. Está por encima
de las fuerzas de la naturaleza en sí mismo; tiene las riendas en sus
manos, ve claro, domina la situación, se sirve de los medios, sabe dirigir.
Se mantiene igualmente por encima del juego incierto del mundo. Es independiente,
libre, concentrado en su propia fuerza. Es y sigue siendo él mismo
(J.A. Walgrave)
Necesitamos educadores, no meros enseñantes. Nuestra sociedad actual
tiene sed de personas que se entreguen con modestia y cierto temblor,
pero con entrega y arrojo, a la humana tarea de acompañar en la construcción
humana de sí mismo. No hay tarea más valiosa -y quizá ardua- como la de
ser pedagogo: enseñar a ser persona al "animal más difícil" (Platón),
que es el ser humano en ciernes. Requiere una persona con capacidad de
escucha para captar los pliegues de la libertad y el pensamiento incipientes,
y la flexibilidad y capacidad de juicio para discernir lo más adecuado
para promover el crecimiento del otro. Educar es estar vertido hacia el
otro y su bien, sin dejar de ser uno mismo y sin olvidar el mundo que
nos rodea. Educar en un momento de seguridades y carencia de certezas
es entregarse en debilidad a la gran tarea de ayudar a recrear opciones
y decisiones. (...) Esta situación exige un educador abierto, él mismo,
a la exploración de la vida. (...) El educador tiene en la mano el grano
que mañana alumbrará espigas o cardos venenosos.
(J. M. Mardones)
EL LAICO CATÓLICO COMO EDUCADOR
El mismo Concilio Vaticano II pondera de manera especial la vocación
del educador que es tan propia de los laicos como de aquellos que asumen
otras formas de vida en la Iglesia.
Siendo educador aquel que contribuye a la formación integral del hombre,
merecen especialmente tal consideración en la escuela por su número y
por la finalidad misma de la institución escolar, los profesores que han
hecho de semejante tarea su propia profesión. A ellos hay que asociar
a todos los que participan, en distinto grado, en dicha formación, bien
sea de manera eminente en cargos directivos, bien como consejeros, tutores
o coordinadores, completando el trabajo educativo del profesor, bien en
puestos administrativos y en otros servicios. El análisis de la figura
del laico católico como educador, centrado en su función de profesor,
puede servir a todos los demás, según sus diversas actividades, como elemento
de profunda reflexión personal.
Efectivamente, no se habla aquí del profesor como de un profesional
que se limita a comunicar de forma sistemática en la escuela una serie
de conocimientos, sino del educador, del formador de hombres. Su tarea
rebasa ampliamente la del simple docente, pero no la excluye. Por esto
requiere, como ella y más que ella, una adecuada preparación profesional.
Ésta es el cimiento humano indispensable sin el cual sería ilusorio intentar
cualquier labor educativa.
Pero además la profesionalidad de todo educador tiene una característica
específica que adquiere su significación más profunda en el caso del educador
católico: la comunicación de la verdad. En efecto, para el educador católico
cualquier verdad será siempre una participación de la Verdad, y la comunicación
de la verdad como realización de su vida profesional se convierte en un
rasgo fundamental de su participación peculiar en el oficio profético
de Cristo, que prolonga con su magisterio.
(Congregación para la Educación Católica: El laico católico, testigo
de la fe en la escuela, Roma, 1982, págs. 15-16).
BIBLIOGRAFÍA:
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pazientare e guardare nel cammino formativo, Vita Minorum 59 (1999)
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GREGORIO GARCÍA, A. de La escuela católica... ¿Qué escuela?, Anaya,
Madrid 2001.
MARDONES, J. M., Desafíos para recrear la escuela, PPC, Madrid 1999.
Ratio Formationis Franciscanae, Curia General de la OFM, Roma 1991.
VAUGHN, J. La formación franciscana, obra del Espíritu en la Fraternidad,
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ZAVALLONI, R. Apuntes de pedagogía, Selecciones de Franciscanismo
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