
31. Dios mío,
Dios mío,
hoy eres hijo mío.
En el silencio inmenso
de la noche, Dios mío,
me pareces más débil
y hasta más pequeñito;
y en este desamparo
te descubro tan mío
que me quema tu sed
y me hiela tu frío.
Dios mío,
Dios mío.
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